sábado, 9 de febrero de 2013

Back to the past


Lygia Clark
En el MNCARS madrileño (Sofidú para lo amigos) coinciden en estas fechas dos exposiciones dedicadas al arte contemporáneo en America Latina, ese otro continente que los españoles nos empeñamos en ignorar a pesar de todas nuestras de orgullo por la supuesta comunidad de lenguas entre ambos lados del Atlántico. Solo por el hecho de hacernos reparar en la existencia de esos otros nosotros, especialmente como productores de un arte tan válido como el de la vieja Europa y sus herederos de Norteamérica, ambas exposiciones ya merecerían la pena, pero en mi caso tienen el valor añadido de constituir una vuelta al pasado.



La primera exposición, que acaba de ser inaugurada, tiene el nombre de La invención Concreta, y reúne una amplia selección de la colección Patricia Phelps de Cisneros, centrándose en los muchos caminos y facetas de la abstracción en la segunda mitad del siglo XX. No hace mucho, en la fundación March, se presentó una exposición con el mismo tema y (casi) el mismo objetivo, de manera que mis impresiones de entonces son en buena manera extensibles a esta nueva muestra. Como en aquella ocasión, he sentido como si una máquina del tiempo me hubiera llevado atrás cuarenta años, a los primeros años ochenta y al museo predecesor del MNACRS, el antiguo MEAC sito en un notable edificio de estilo internacional de la ciudad universitaria madrileña (que comenté hace poco con ocasión de una de la exposiciones de la Caixa dedicadas a la arquitectura).

A primeros de los ochenta, el modenismo ya había muerto, pero aquí en España aún no nos habíamos enterado. De hecho, gracias a la inestimable ayuda de la larguísima dictadura franquista, aún seguíamos discutiendo sobre si Picasso era pintor o pintamonas, de manera que la colección del MEAC consituía un curioso reducto de lo poco de arte vangüardista que se conservaba en la colecciones públicas españolas, con un fuerte enfasis en lo que se consideraba la quintaesencia del modernismo: la abstracción en todas sus formas y variantes.

Por ello, pasear por la salas de esta exposición es en cierta manera como pasear por las antiguas salas del MEAC, con esa turbadora e inquietante impresión de observar - y estar siendo observado - por obras cuyo sentido no es posible descifrar y ante las cuales no sabemos como emitir un juicio de calidad, no ya referido a estilos anteriores, sino entre ellas mismas. Un sexto sentido que sólo es posible desarrollar a base de volver una y otra vez a estas obras enigmáticas - a las que muchas veces se les ha acusado de autismo, de apartamiento frente a las auténticas necesidades y problemas de la sociedad - al tiempo que se olvida todo lo que uno pudiera haber aprendido, a lo que pudiera haberse acostumbrado.

Una muestra, por último, que en mi opinión es mucho mejor que la previa de la Juan March a la que hacía referencia, ya que aquella, la multitud de obras, apiladas en el siempre angosto espacio expositivo de esa fundación, producían una sensación de agobio, de opresión, que en este caso, con muchas menos obras y el espacio suficiente para centrarse en cada una de ellas, permite disfrutarlas a placer, realizar ese proceso de (des)aprendizaje al que me hacía referencia.


Vallejo, Revolución-Destrucción
Un poco antes había hablado del autismo de la pintura abstracta, de su encierro frente al mundo, de su silencio ante las injusticias y las transformaciones sociales. La segunda exposición sudamericana del MNCARS, la muestra Perdiendo la forma humana, se encuentra en las antípodas de esa opción artística, ya que relata los modos en que los artistas latinoamericanos se enfrentaron en los 80 a las múltiples dictaduras que en los setenta habían convertido el continente entero en una inmensa cárcel, con la connivencia de los EEUU y la excusa de combatir la infiltración comunista en la región. Un proceso represivo, que recibió el acertado nombre de guerra sucia, en el que decenas de personas inocentes fueron hechas desaparecer en violación de las mínimas garantías judiciales y democráticas.

Como pueden imaginar, estamos hablando de un arte comprometido, arte de combate y reivindicación, en el que lo importante no son tanto las virtudes estéticas - si es que esos conceptos aún siguen siendo válidos a estas alturas - sino el mensaje, la lucha contra el enemigo político, en el que el arte no es otra cosa que un arma más. Es en este punto, como alguien cuya adolescencia tuvo lugar en los ochenta, que tengo de nuevo esa impresión de haber realizado un viaje en el tiempo. Ese ambiente de lucha continua, de la definición y militancia política como centro alrededor del que giraba toda la existencia era algo vivo y demasiado cercano, para una España recién salida del Franquismo y que en 1981 a punto había estado de sufrir una regresión al pasado dictatorial, con el intento de golpe de estado del 23-F.

Es ambiente de exasperación política desapareció paulatinamente a medida que la década de los ochenta avanzaba - coincidiendo con la agonía terminal de comunismo soviético - para transformarse en el hedonismo dominante - y casi tan militante como el anterior compromiso político -de las últimas tres décadas, hasta que la peor crisis económica desde 1929 lo ha destruido como tantas otras cosas, inculcando en una nueva generación el compromiso político propio de sus abuelos de los años 60 y 70. Una repolitización que, curiosamente, se plasma en estrategias de agitación similares a las ilustradas por esta exposición, favorecidas por la facilidad que ofrecen las nuevas tecnologías para poner en contacto mentalidades afines.

Ese es precisamente el gran interés de la exposición: mostrar como se podía expresar el compromiso político mediante medios simples y baratos, pero no por ello menos eficaces; aunque al mismo tiempo condución a una conclusión especialmente amarga y desesperanzada: el olvido que se ha adueñado de las creacciones de este arte de combates, frágiles y atadas a un instante concreto, fuera del que no dejaron ni herederos ni seguidores, sin que haya un lazo de unión que ligue las formas de rebeldía de antaño con las presentes, en las que cualquier analogía con las pasadas, es simplemente un producto de una evolución convergente.