jueves, 7 de febrero de 2013

A parallel history (y I)





















La historia del cine puede contarse de tres maneras distintas. En primer lugar, está la visión de acuerdo con ese estilo que ha dado en llamarse clasicismo y cuyas constantes cristalizaron en EEUU en los años 50 y 60. De acuerdo con ese nudo temporal y espacial, el resto del cine se distribuye en antes y después de la constitución de ese estilo, en precursores y seguidores, en crecimiento y decadencia, siempre midiendo toda nueva obra para ver si se ajusta a los parámetros del modelo y, en cierta manera, convirtiendo esa tarea en una crónica de la decadencia del cine, tras su mayor momento de gloria.

No es de extrañar, por tanto, que en los años 50 y 60 se produjera una rebelión contra ese modo único, encabezada por los críticos de Cahiers, que a su vez eran también cineastas - aunque en muchos casos la secuencia fuera la contraria, cineastas metidos a críticos. Como todo movimiento que hace de la rebeldía su bandera, lo que sería la Nouvelle Vague, convierte también el clasicismo en su modelo - hasta el extremo de que que el canon clásico fue fijado por esta revista - solo que para negarlo, realizando una translación temporal y espacial del momento culminante del cine - Francia, años 60  - solo que este instante no constituye una cima, sino un nacimiento, un punto de partida que señala un camino por explorar y cartografiar, incluso aún hoy en día, a más de medio siglo de esa explosión y aunque muchos de los seguidores nominales de este movimiento abjuren de los modelos que sus padres espirituales elevaron a los altares.

Existe, no obstante, una tercera vía: la del cine experimental. Nos guste o no, ambas vías anteriores buscan hacerse con el público de las salas de cine, en un caso pretextando hablar el lenguaje del común, en el otro intentando apelar a la inteligencia y capacidad del respetable. El cine experimental, por el contrario, no busca ese reconocimiento masivo, o al menos no lo considera su principal y único objetivo. Suyo es el ámbito de lo pequeño, de las asambleas reducidas, donde los espectadores pueden considerarse casi como conspiradores, miembros de una sociedad secreta e iniciados en ritos incomprensibles para los extraños. Una pasión por lo reducido, por lo mínimo que se extiende generalmente a su formatos, prefiriendo la condensación temporal del corto, que exije el mismo esfuerzo de destilación conceptual y estética que la poesía, unido a los formatos baratos, las cámaras de aficionado, todo aquella que permiten rodar en cualquier momento y lugar, sin depender de otro aparato de producción que no sea el propio ojo del artista, su capacidad para encontrar - o crear - la imagen distinta y única.

Debido a estas características, el corpus experimental toma unas características poco comunes en lo que las otras dos historias del cine consideran como normal y propio.Ya he indicado su preferencia por los formatos cortos y pobres, pero es que esa misma exiguidad se extiende a la obra de los directores auténticamente experimentales, frecuentemente reducida a unos pocos cortos que podrían caber fácilmente en un DVD. Estos creadores por tanto, tienden a adoptar características de Guadiana, con largos espacios de silencio, separado por repentinos estallidos de actividad, lo que contribuye a su desaparición de la memoria de un público, tanto aficionado como cultivado, demasiado aconstumbrado a que los creadores creen obras como rosquillas, confundiendo prolífico con calidad. Ese ocultamiento, las búsqueda de la anonimato es buscado en muchas ocasiones por los mismos cineastas experimentales, que como también he señalado anteriormente, buscan crear para el pequeño grupo de iniciados que pueden entender su obra, y que incluso llegan a despreocuparse del destino final de sus criaturas, sea la desaparación o la mutilación, como si esas cicatrices fueran precisamente el signo de que la obra está finalmente terminada.

Son estas características, su condición de territorios inexplorados, al igual que la animación, las que convierten cualquier encuentro con el corpus experimental en algo irrepetible, especialmente cuando se encuentra ese corto que parece responder aquello siempre habías deseado ver y nunca antes había sido reflejado.

Como es el caso del  Mechanics of Love cuyas capturas anteceden esta entrada y del que les he dejado el link unas palabras atrás.