lunes, 30 de julio de 2012

Visions of England



















Desde un punto de vista artístico, la década de los años 60 fue un momento crucial, aunque quizás no por lo que la mayoría supone.

En las artes plásticas, esta década es el momento en que la modernidad alcanza sus limitaciones, cuando el pop art se atreva a poner en tela de juicio el mismo concepto de arte, iniciando un periodo de disolución que desembocará en la victoria total del postmodernismo en los años 80.  En el cine, asímismo, esta década es la de la muerte del clasicismo y la del sistema de estudios hollywoodiano que sirvió de marco perfecto para su definición estética, para dejar paso en primer lugar a la Nouvelle Vague, sea cual sea la definición que queramos darle, y a la plétora de fenómenos cinematográficos que ahora vivimos.

Este último aspecto anticipa lo que quizás sea lo más importante de ese tiempo, y su consecuencia más duradera, una vez pasada su efervescencia juveniles: el hecho de que desde ese momento no es posible habla de Arte, sino de artes, de manera que no ya existe ni es necesario un consenso sobre qué es lo relevante de un tiempo, lo que debería ser admirado por todos, unido a una creciente democratización/masificación de las experiencias culturales, que ha terminado por invadir los ambientes más elitistas y compromentidos, y que hubiera provocado el pánico y el error entre nuestros predecesores de principios del siglo XX, como la lectura más descuidada del La rebelión de las masas de Ortega y Gasset vendría a confirmar.

En este sentido, la década se caracterízaría asímismo por el ascenso del Rock y la victoria de la musica popular, relegando la música clásica (y toda la tradición que representa desde el año 1000) a un lugar secundario del cual no ha vuelto a salir, en una cisura que se ha convertido en definitiva. No obstante, esta no había sido la primera vez que el predominio de la música clásica había sido puesto en entredicho, como demuestra la irrupción en los años 20 y 30 del Jazz y su constitución como estilo musical como todos lo honores, pero esa confirmación de una ruptura en la historia musical tuvo lugar en los años sesenta, de forma que a partir de ese momento nadie pudo ya negar lo que acababa de acontecer.

Para bien o para mal, esa ruptura quedó encarnada en un grupo mítico, The Beatles, que sin entrar en discusiones sobre su calidad objetiva, vino a encarnar a la perfección el espíritu de los tiempos: la revolución de la juventud contra sus mayores para construir un nuevo mundo donde los prejuicios sociales y culturales se desvanecieran por completo. Paradójicamente, esta revolución tuvo su centro en un país, Inglaterra que se encontraba en plena agonía, la antigua metrópolis de un imperio mundial en disolución, que seguía soñando con sus glorias imperiales en medio de una pobreza social y cultural más parecida a la de los países atrasados de Europa que a la de sus naciones líderes, de manera que esa explosión de juventud que asombró al mundo acabó siendo como la mejoría de un agonizante justo antes de fallecer.

Paradoja sobre paradoja, uno de los efectos menos conocidos de esta revitalización de una Inglaterra en decadencia sirvió de chispa al nacimiento de algo casi inexistente hasta ese entonces: una escuela británica de animación, en cuyas filas figurarían nombres como George Dunning, Alison de Vrie, Richard Williams, Bob Godfrey o Terry Gilliam, todos los cuales, en mayor o menor medidas estarían relacionados con un película mítica, Yellow Submarine, que pondría patas arriba el mundo de la animación tal y como se conocía entonces y que aún hoy sigue siendo inimitable en muchos aspectos, a pesar de la irrupción del ordenador.

Como ya he señalado, los 60 fueron un tiempo de disolución de los estilos dominantes y de aparición de nuevos soluciones. En el mundo de la animación tanto el estilo Disney, la animación por antonomasia para demasiados, como la forma alternativa de la Warner llegarón a un punto en que sólo podían repetir una y otra vez los logros pretéritos. Intentos de romper ese bloqueo de la animación USA, como los filmes de Ralph Bashki, se revelaron huecos, mostrando que el único camino posible era el marcado por la UPA en 1950, la incorporación definitiva del modernismo artístico en el mundo animado. Desgraciadamente, el mercado y el público americano se mostraron refractarios a ese camino y la semilla plantada sólo consiguió germinar en tierras extrañas y lejanas, como fue el caso de este Yello Submarine.

No debería haber sido así, ya que este Yello Submarine sólo debía haber sido la película de la más que olvidable serie de animación de los Beatles, donde el grupo se dedicaba a repetir la manida fórmula de salvar a personas en dificultades con su música. Por alguna extraña razón, quizás la magia de esa década, el grupo de animadores dirigido por Dunning tuvo absoluta libertad creativa, lo que aprovecho para construir un auténtico muestrario de técnicas y posiblidades animadas, las más avanzadas de este momento, dejando de lado cualquier intento de construir una historia coherente, para dejarse llevar por la fiebre de la creación animada.

Y ese es precisamente el mejor modo de ver ese Yello Submarine, olvidarse de que existe una historia y dejarse cautivar y arrastrar por el torrente de imágenes, disfrutando de esa oportunidad mágica en que la animación vangüardista pudo encontrar el cauce de una producción comercial, para mostrar todo su potencial y su fuerza al público que fuera capaz de liberarse de sus prejuicios.