sábado, 14 de julio de 2012

Selling the furniture

En puridad, esta entrada debería tratar sobre la retrospectiva Hopper que hay abierta ahora misma en el museo Thyssen madrileño, pero ciertos sucesos recientes, que me recuerdan los crujidos de una casa que empieza a derrumbarse, me han obligado a cambiar de objetivo. Así que si se quieren ahorrar la diatriba, denle al scroll, y vayan al final de la entrada, donde sí hablaré de esta exposición.

El caso es que hace unas semanas la baronesa Thyssen vendió este cuadro


Para los que no lo sepan se trata de un Constable, una auténtica obra maestra de ese pintor y su única obra visible en España. La pérdida es tremenda, tanto para la colección, como para el aficionado, y ha sido justificada con un, literalmente, "necesitaba el dinero"... lo cual como digo me hace temer lo peor para otras piezas de la colección.

No debería ser así, porque, supuestamente, la colección Thyssen fue cedida a perpetuidad en los años 90 al estado español, con lo que es inajebable. Supuestamente digo, porque hay una colección de la baronesa que supuestamente sigue siendo propiedad suya y con la que puede hacer lo que le apetezca. Hasta aquí todo es legal y no habría motivos para ponerle ningún pero, si no fuera, porque hace ya unos años se amplio el museo Thyssen, a cuenta del estado, para exponer la colección de la baronesa y, he aquí el problema, todo aficionado que la visitó recién abierta pudo darse cuenta que ciertos cuadros de la colección del barón, habían sido movidos de sala, a la de la colección de la baronesa, estableciendo una curiosa diferencia entre cuadros, por así decirlo, públicos, y cuadros privados.

Debo decirles, y eso lo sabe cualquiera que tenga dos ojos en la cara, que exceptuando esas obras maestras que eran propiedad originaria del barón, muchas de las obras adquiridas por la baronesa son un ejemplo perfecto de su mal gusto, por muchos comentarios elogiosos que figuren en los rótulos que los acompañan. De hecho, si la colección tiene algún valor, es precisamente por esos otros cuadros que han sido extraídos de lo que era, hasta la venta de este Constable, una colección modélica por albergar un cuadro de casi cualquier pintor importante de la pintura occidental y que venía a cubrir las muchas lagunas de las pinacotecas patrias.

Por supuesto, esto podría ser una excepción, pero se empiezan a oir rumores de que otros cuadros, como algunos de Guardi están ya a punto de venderse, temores que he visto acrecentados por mi visita a la exposición Hopper, en la que la planta destinada a la pintura del siglo XX ha sido desalojada para hacer hueco a la muestra del pintor americano, mientras que otras regiones del museo han sido también utilizadas para otras muestras temporales. Lo anterior, como es constumbre reciente en este país, se ha justificado con la excusa de las obras en la cafetería del museo y una reorganización de la exposición para ofrecer una nueva vista de la misma, pero todo me hace pensar que habrá sorpresas y no de las agradables, de forma que otros cuadros capitales habrán desaparecido o migrado inesperadamente.

Hasta aquí la diatriba, pasemos ahora a Hopper.

Debo confesarles que hubiera deseado haber disfrutado esta exposición. De verdad. Hopper es un pintor al que admiró y siempre es agradable encontrarse con algunos de sus cuadros, aunque para mí sus obras maestras no sean las que andan en boca de todos los sicofantes. Ese y no otro es mi problema con esta exposición, que parece haber atraído a todos los sicofantes que pueblan los medios de comunicación de este país, los cuales no han cesado de proferir estupideces que harían sonrojarse a cualquiera que tuviera un poco de vergüenza o conocimiento.

Se ha calificado a Hopper de mejor pintor americano del siglo XX, cargándose de un plumazo el impresionismo abstracto y al pop, que para la gran mayoría de los europeos de la segunda mitad del siglo XX fueron los que realmente encarnaron el espíritu americano y su potencia, mientras que Hopper, a pesar de su talento, nunca pasó de ser considerado como un pintor secundario, hasta su redescubrimiento y reconversión a estrella del pop, por ofrecer realismo pictórico a un público que nunca se había sentido a gusto con las vangüardias.

La exageración anterior podría disculparse como truco publicitario, pero como digo lo peor ha sido ese veredicto unánime de mejor exposición de años y la aparición por doquier de figuras mediáticas cuyos conocimientos artísticos son más que sucintos, intentando encajar el arte de Hopper en la pequeña parcelita que dominan, aunque en el proceso hayan destrozado todo lo que le define y le caracteriza, como los intentos para relacionar a Hopper con el cine y en concreto con el cine negro, que no se sustentan más allá de la obvia coincidencia temporal de la mejor época de Hopper con esos fenómenos cinematográficos.

Un esfuerzo propagandístico que como siempre ha servido para llenar la exposición de multitudes que pasean aburridas sin llegar a apreciar lo que están viendo, agarradas a audioguías que sólo vomitan datos pero no sirven para amar el arte (¿quién puede explicar porque un rojo debe emocionarte o no?), para así llenar las arcas del museo, aunque no lo suficiente para salvar su Constable... ni por supuesto, convertir a un solo visitante a la causa del arte.

Y como digo, estoy siendo extremadamente duro, porque lo cierto es que admiro a ese pintor, y podría quedarme horas y horas mirando alguno de sus cuadros.


en los que supo eliminar lo efímero de las imágenes impresionistas, para conseguir convertir en eternos momentos pasajeros, mejor dicho, encerrarlos en una cápsula en la que el movimiento y el cambio son completamente imposibles.