jueves, 19 de julio de 2012

Back to the roots
















Creo que, como aficionado a la animación, es conocida mi admiración por Jan Svankamajer, director al que conviene como ningún otro la etiqueta de "último de los surrealistas". La fama y el prestigio de este animador checho no admite discusión, pero tengo la impresión de que para muchos, ha resultado difícil asimilar el abandono desde los años 90 por parte de este artista del género que le dio renombre, el corto, y su dedicación casi exclusiva al largo de animacion, como si algo importante se hubiera perdido en el camino.

Es cierto que los largos realizados por los directores especializados en el corto tienen a parecer una colección de pequeños cortos, recosidos con más o menor gracia, y que en el peor de los casos se asemejan a un tejido lleno de parches y no a una unidad completa, homogénea y armoniosa. Así ocurre con las peliculas de Bill Plymptom y así sucedió también con los dos primeros filmes de Svankmajer, Alice y Faust, a pesar de contarse entre lo mejor de la obra del maestro. Otro problema que los admiradores del director checho encuentran en sus largos es cierta pérdida de intensidad, comparado con la densidad conceptual y visual de sus cortos, pequeños milagros de relojería, pero en este caso creo que esta comparación es ciertamente injusta, ya que si esa tensión puede mantenerse en los 10 minutos de un corto, es imposible de alargar durante media hora, exigiendo momentos de relajación entre los diferentes climax, si no se quiere construir un engendro sin pies ni cabeza

Přežít svůj život (teorie a praxe), que se puede traducir por Sobrevivir a la Vida (teoría y práctica) es la última obra de Svankmajer y primera tras el fallecimiento de su mujer Eva, coautora de todos sus cortos y filmes hasta el último momento. Lo que podría haber sido una obra de duelo y de lamento, se convierte curiosamente en una creación de intensa energía, casi como propia de un adolescente, y por eso mismo dotada de un espíritu jovial y cómico, que puede chocar a muchos de los seguidores de Svankmajer, más aconstumbrados a sus atmósferas tétricas e inquietantes, pero que conviene no olvidar que es otro de los modos del surrealismo, siempre preocupado por encontrar las paradojas de la vida cotidiana, como esa puerta a la realidad más real que da nombre al movimiento.

 Ya desde la introducción a cargo del propio Svankmajer, la segunda tras Sileni en lo que parece haberse convertido en otra de las constantes de su estilo, la atmósfera lúdica queda de manifiesto, con un director que tiene que disculpar haber elegido la técnica del cut-out, para abaratar costes, riéndose así de su propio prestigio como maestro de esa técnica, y que confiesa que su comedia psicoanalítica, ni es comedia ni es divertida, todo lo cual, como se verá a medida que avanza la película no deja de ser una sarta de mentiras. La película, por tanto, va a utilizar con profusión esta técnica del cut-out, utilizando fotografías fijas de los actores que se mueven sobre fondos genéricos, y subrayando todos los supuestos medios que se han utilizado para reducir costes, como reducir los diálogos a primerísimos planos de una boca o el caminar de los protagonistas, a otro primer plano de sus pies, que se repite siempre que necesitan desplazarse.

Como ya habrán supuesto, esas supuestas medidas de ahorro no son tales, ya que la animación fotograma a fotograma que se puede ver en esta película tiene claramente la huella de un maestro, de quien sabe utilizar las carencias de la técnica elegida para convertirlas en virtudes, y de hecho esta tosquedad y pobreza podría construirse como un ataque directo a un público y una industria que sólo concibe la calidad de una obra en función de las carretadas de billetes que se han quemado en su producción... pero esto también sería salirse un poco de madre, puesto que el tono general de esta película, como digo es lúdico y jovial, y aunque estas preocupaciones políticas estén claramente presente, no constituyen su único objetivo.

¿Y cuál es ese entonces? Pues resulta difícil decirlo, más allá de que el mundo que propone Svankmajer es uno donde las fronteras entre la realidad y los sueños han comenzado a difuminarse, y en el que los personajes y el mismo espectador empiezan a tener dificultades en distinguir uno del otro. Un juego de espejos y apariencias, en el que Svankamajer se coloca claramente del lado de aquellos que consideran el mundo de nuestras fantasías nocturnas como un espacio tan importante y real como el de nuestra vigilia, posicionamiento que le lleva a lanzar toda clase de puyas visuales contra una sociedad como la actual en la que sólo tiene valor aquello que se puede comercializar, mientras que el resto es ignorado y despreciado.

Puyas que no sólo se limitan a estos enemigos tradicionales sino que se extienden a uno de los pilares del surrealismo, la teoría psicoanalítica, reducida aquí a querellas de viejos que nunca no se ponen de acuerdo en lo que dicen y sólo dan palos de ciego, mientras que la auténtica llave de ese otro mundo casi más real que el percibido por los sentidos se encuentra en los escritos de un viejo aristócrata francés del XIX, el Marqués de Saint-Denys, único en cartografíar sus regiones