miércoles, 11 de julio de 2012

The Good Ruler






















Curioso que esta entrada haya coincido con el suicidio completo de nuestra clase política, incapaz de darse cuenta de su propia ceguera y limitada a repetir siempre los mismos dogmas, aunque la realidad los demuestre una y otra vez falsos.

Pero a lo que iba.

Muchas veces puede parecer injusto mi tirria contra el anime reciente y debo decir que en demasiadas ocasiones me dejo llevar por mi propia pasión por ese estilo de animación, condenando a obras que no se merecen un juicío tan duro, ya que nunca aspiraron a ser más allá que un breve entretenimiento, una hamburguesa visual que se olvida tan pronto se ha consumido. Sin embargo, sea quizás esa falta de aspiraciones la que constituye su mayor defecto, como mi visionado reciente de Juuni Kokki viene a demostrar.

Seamos sinceros. El mayor defecto de esta serie del 2002, vista 10 años más tarde es que su animación es irregular y se notan demasiado las diferentes manos que en ella han contribuido, de forma que a secciones magníficas le suceden otras francamente mediocres, que quiebran el impacto emocional de la serie. Sin embargo, desde un punto temático, la serie está muy por encima de casi cualquiera de las presentes, ya que en vez de mostrar a adolescentes descerabrados que no son sino el reflejo distorsionado de las fantasías de sus creadores maduros, los jóvenes protagonistas que pueblan esta serie se ven obligados en abrirse camino en el mundo de los mayores al que pronto pertenecerán, experimentando en sus propias carnes su injusticia y su crueldad, que no respeta a nada ni a nadie.

La historia de esta serie es eminentemente política, con evidentes raíces en las teorías estatales surgidas en la larga historia del extremo oriente. En pocas palabras, toma el ideal confuciano del buen gobernante sancionado por los cielos y le da completamente la vuelta, para sumir al espectador en un mar de dudas que le obligan a cuestionarse la justicia y sociedad del ambiente político en el que él mismo vive. Esta revisión crítica se realiza describiendo un mundo imaginario al que se ven arrastrados los protagonistas, en que los cielos, como digo, eligen un gobernante absoluto cuya autoridad debe ser acatada sin reservas y bajo cuya égida el país habrá de alcanzar un estado de perfección absoluto, donde el dolor, el hambre y la explotación serán desterrados para siempre.

Muy sencillo ¿No es cierto? Sin embargo, el mundo de Juuni Kokki es cualquier cosa menos ordenado y perfecto. Con demasiada frecuencia esos gobernantes pierden el norte y en vez de preocuparse por el bienestar de su pueblo, utilizan ese poder absoluto hasta sus últimas consecuencias, convirtiéndose en auténticos tiranos, o peor aún, intentan construir ideales imposibles para los seres humanos, de manera que el paraíso soñado acaba tornándose infierno. Invariablemente los gobernantes acaban muriendo, destruidos por sus propios vicios, o son depuestos y asesinados por la población oprimida de su reíno, una conclusión que debería constituir un inicio de esperanza al abrir el paso a un nuevo gobernante más justo y escarmentado, sino fuera porque el método de sucesión es tan complicado que pueden transcurrir decenios de interregno, en los que los cieloos mandan toda suerte de calamidades sobre unas poblaciones inocentes e indefensas.

No es de extrañar que en vez de agradecimiento y adoración hacia esos cielos, en Juuni Kokki predomine un sentimiento de desconfianza hacia ellos que, a pesar de todos los hechos milagrosos que los habitantes de ese mundo presencian, desemboca en negación e incredulidad, en la conclusión de que no existen ni jamás existirán, ni los cielos, ni su providencia. El extremo de esta actitud de nihilismo se alcanza con ciertos personajes poderosos que intentan demostrar esa inexistencia de los cielos, entregándose a todo tipo de excesos y crueldades, para forzarles a ejecutar un castigo que nunca llega y que es la mejor prueba de que sólo son una fantasía conveniente.

Este es uno de los modos en el que la crisis del sistema político de Juuni Kokko se manifiesta: en la aparición de estos tiranos que ven justificada la opresión que ejercen en la ausencia de castigo divino, pero hay otros tiranos peores, aquellos que justifican sus acciones en los más bellos ideales, en la protección de sus subditos, en la búsqueda de su bienestar y que, como digo, cuando la realidad les falla y contradice, castigan a los que pretendían proteger con la misma ira de unos cielos traicionados, o bien acaban destruyendo aquello mismo que decían proteger, cuando sus enemigos amenazan la base de su poder, revelándose como hipócritas para los que la justicia no era sino un baluarte con el que defender su dominio absoluto.

Por eso, no es de extrañar que los mejores gobernantes de Juuni Kokki no sean los más virtuosos, ni siquiera los más inteligentes o hábiles, sino aquellos que han tenido que luchar con su propio reflejo tenebroso, otro gobernante que les disputó el poder, pero fracaso y que les muestra todos los errores, todos los vicios en los que ellos mismo podrían caer.

Sentimiento de su propia debilidad, de la facilidad con que las cosas pueden torcerse, especialmente las mejores, que parece ausente en todos nuestros gobernantes, tan seguros de sí mismo y tan dispuestos a castigarnos cuando les fallamos en sus propósitos.