jueves, 7 de junio de 2012

The Worst and the Best











El destino y evolución de Kyoto Animation, KyoAni para los amigos, no puede ser más extraño. Un estudio pequeño, que se limitaba a sacar como mucho una serie al año y poco más, empezó a distinguirse hacia el año 2005 con una serie de producciones que se caracterizaban por unos fondos cercanos al fotorrealismo, en contra del aspecto de acuarela normal en el anime tradicional, pero sobre todo por una animación de una fluidez insospechada en la TV hasta ese entonces y que además revelaba una especial atención al pequeño detalle, a la reproducción minuciosa de movimientos banales que servían para caracterizar con precisión a los personajes y sus relaciones.

Con Air, Kanon y especialmente Haruhi Suzumiya no Yuutsu, KyoAni se hizo un lugar entre los grandes estudios, que de repente empezaron a copiar su estilo, y para muchos, yo incluido, supuso un más que necesario soplo de aire fresco. Puede decirse que hacia esos años se produjo una cisura en la evolución del anime, en lo que los espectadores consideraban como válido y aceptable, como puede demostrar la enorme diferencia entre cualquier serie del 2000 con otra de esta temporada.

Ese giro hacia el hiperrealismo y una animación mucho más fluida en las series de calidad no trajo sólo consecuencias positivas, sino otras mucho más negativas, de las cuales KyoAni no se libro e incluso podría decirse que también fue su impulsor. Hablo por supuesto, de la ascensión del complejo Moe/Kawai y de la infantilización del diseño de personajes, sus mentalidades y los conflictos en los que se hallaban inmersos, una involución que se hacía visible en el hecho de que si en las series de antaño los escolares que poblaban estos universos ficticios aparentaban más edad que la real, en los últimos años ocurría precisamente lo contrario.

En cierta manera, la decadencia reciente de KyoAni estaba contenida en su propio éxito, dos de las obras mayores del estudio, Air y Kanon, eran adaptaciones de juegos eróticos del estudio Key a los que se había borrado esa faceta en su versión televisiva, para dejar sólo los aspectos monos y adorables. Se salvaban como he dicho por ese modo de animar completamente nuevo en ese tiempo y por una tendencia a ilustrar visualmente conceptos abstractos que pocos estudios eran capaces de conseguir (Madhouse y Shaft, principalmente), lo cual se perdería completamente con la larguísima adaptación de Clannad en 2008 que prescindiría de cualquier ambición estética para dar a los otakus simplemente aquello que deseaban: Mundos de fantasía donde sus fantasías eróticas pudieran tener cabida.

Esta involución no fue una casualidad ni una coincidencia, series como Lucky Star o K-On demostraban que respondía a una política premeditada del estudio, la cual traía grandes beneficios a KyoAni, pero no dejaba de constituir una quiebra estética en toda regla. Esta "moeficación" llegó a contaminar otros productos del estudio, como la segunda parte de Suzumiya Haruhi, que aparte de sus problemas estructurales, mostraba unos diseños de personajes que habían perdido el encanto de la serie original y parecían salidos de las otras series del estudio, casi como perdidos en su nuevo ambiente.

A estas alturas, pueden imaginarse que mi entusiasmo original por KyoAni se había enfriado un tanto. De hecho, empezaba a no tenerles en cuenta a la hora de planificar mi ración de anime en cada temporada. Sin embargo, algo seguía aún vivo en ello, como la escepcional película Haruhi Suzumiya no Shoushitso, digna de los mejores tiempos del estudio y por ahora, magnífico cierre de la saga Haruhi, supervivencia que ha venido a ser confirmada por una de las muchas solidas series de esta notable temporada animada, la mejor por lo menos desde 2006.

Hablo de Hyouka, una serie que en principio parecería responder a los parámetros del complejo Moe/Kawai al que KyoAni se ha entregado en cuerpo y alma en los últimos años: ambiente escolar, diseño de personajes mono, rejuvenecimiento aparente de los personajes, pero que en esta ocasión viene acompañada de esas grandes características del estudio, la atención a los pequeñísimos movimientos y actitudes  casi invisibles que hacen creíble una escena y que la magia de la animación convierte en esenciales y fundamentales. 

Pero sobre todo, esa tendencia a ilustrar de forma visual conceptos abstractos, convirtiendo largos monólogos en auténticos cortos experimentales que  muestran las alturas a las que podría llegar el anime si su público fiel fuera capaz de librarse de sus propias ataduras y aspirar sólo un poco más alto.