martes, 19 de junio de 2012

First Experiences










Hace ya tiempo hablaba de mis sentimientos ambivalentes hacia una serie como Amagami SS. O como un producto de consumo rápido, orientado a satisfacer las apetencias más primarias de los otakus, se me revelaba especialmente atrayente, al representar de forma inesperada esa irreprimible curiosidad sexual que es inseparable de la adolescencia. No obstante, en la segunda parte de esa misma serie, Amagami SS plus, cualquier interés había desaparecido, ya que los autores daban un paso atrás y preferían seguir el trillado camino de tantas otras series, que basan su encanto en hacer cobardes de los hombres y furias histéricas de las mujeres.

Muy distinto es el caso de Kazo no Kanojo X (algo así, como mi misteriosa novia X), otra de las notables series de esta primavera. En este caso se parte de una premisa completamente absurda, una relación cuyo vínculo consiste en compartir saliva entre los dos amantes, que además sirve de medio de comunicación entre ambos, permitiéndoles comprender directamente y sin intermediarios lo que el otro siente. Punto de partida que, dicho así, no pasaría de ser otra más de los muchas ideas inusitadas tan corrientes en el manga, las cuales, pasado el impacto inicial, se pierden en la conocida senda de los estereotipos, los tópicos y la habitual food for otakus... y nada parecía indicar que con esta serie fuera a ocurrir lo contrario.

Sin embargo, así fue, porque desde el primer momento esta pequeña serie se distinguió de sus muchos parientes animados. Una diferencia que estribaba en que las relaciones entre sus personajes, a pesar de ese punto partida inverosimil y otros pequeños detalles no menos increíbles, tenían un punto de verdad que no encuentra demasiado a menudo, la representación de ese torbellino sentimental, de ese infierno de nuevas sensaciones que llamamos adolescencia.

Me explico. En la mayoría de las series, a pesar de van dedicadas a satisfacer el hambre de hembra del público otaku, que no espera comerse una rosca en un tiempo razonable (o quizás precisamente por eso) las relaciones entre estas parejas jóvenes, normalmente de la misma edad de sus espectadores, quedan reducidos y petrificados en dos estereotipos que se repiten una y otra vez: el del joven libidinoso que nunca se atreve a nada aunque se lo pongan en bandeja y el de la doncella de hierro inalcanzable que responderá violentamente a cualquier intento de aproximación, tanto más violento cuanto mayor sea su pasión/deseo por la persona que pretende romper esa barrera.

Esta dinámica prefijada, que podría ser una excusa para la comedia más desenfrenada, al estilo antiguo, acaba normalmente por convertirse en una estática, en el sentido de que esa premisa no se desarrolla en absoluto, de manera que el conflicto latente queda postergado a un futuro que nunca llegará, mientras que la acción queda a cargo de nuevos personajes que entran en escena, dicen su frase, y pasan inmediatamente a segundo plano, mientras ese erotismo vergonzoso y una inocencia imposible se confunden en una incómoda mezcla.














Muy distinto es el caso de Kazo no Kanojo. En este caso la relación, el vínculo entre ambos personajes, está definido desde un principio, así como el destino final al que acabarán por llegar. De hecho la historia no es más que el camino que tienen que recorrer desde el reconocimiento de sus sentimientos mutuos hasta la consumación de los mismos. Una ruta que no es recta ni sencilla, sino llena de vericuetos y bifurcaciones, de intersecciones y callejones sin salida, laberíntica y sin puntos de referencia.

Es aquí donde entra esa sensación de verosimilitud a la que hacía referencia al principio. Es común pensar en la adolescencia como la mejor etapa de la vida, pero la mayoría de nosotros, en el estrecho círculo de nuestras preocupaciones adultas, hemos olvidado el infierno que suponía atravesar ese periodo. El verse atrapado por pulsiones completamente nuevas, que exigían una única respuesta y no podían admitir ninguna otra, pero que al mismo tiempo su satisfacción constituía un enigma sin solución, al cual sólo se podía resolver tras múltiples intentos, errores, fracasos y recomienzos, tantos que podía llegarse a perder la fe por completo y dejarlo por imposible.

No otro es el escenario donde se ve obligada a actuar la joven pareja protagonista, sin que ninguno de ellos haya podido ensayar el papel que le toca representar, ni siquiera aprenderlo. Ambos se ven obligados a improvisar y su inexperiencia, sus miedos y su ignorancia de lo que el otro pretende o desea, se tornan en su peores enemigos en este aprendizaje sin guías ni maestros. Terribles momentos que sólo el paso del tiempo puede colorear de la felicidad y la gloria que se anhelaba entonces, puesto que lo cierto es que en el momento en que el deseo se hacía realidad, el terror, el pánico, la dolorosa consciencia de no saber lo que se estaba haciendo o cual sería la reacción de la otra persona, mataban cualquier placer que pudiese derivarse de ese momento de triunfo.

Felicidad, gloria, triunfo que sólo retornarían mucho después cuando aquello que en ese instante era excepcional se transformase en habito, en algo que se pudiese tomar cuando se quisiese con toda naturalidad, como cuando se abre el armario de la cocina y se toma un vaso para llenarlo de agua en el grifo.