domingo, 10 de junio de 2012

100 AS (XCIII): Felix in Exile (1994) William Kentridge

Como todos los domingos,  ha llegado el momento de revisar un corto de la lista de 100 mejores recopilada por el festival de Annecy hace ya unos años. En este caso, le toca el turno a William Kentridge y su Felix in Exile, realizado en 1994.

Desgraciadamente no dispongo de una copia de calidad, de ahí que no haya podido adjuntar capturas, a lo que hay que unir que la versión que corre por esas Internets de dios, ya saben el repositorio de toda la cultura de la humanidad desde sus inicios hasta hoy, es simplemente un screener tomado en una proyección pública. En cualquier caso, les dejo con ella y nos vemos después del corte.





Como ya sabrán muchas veces se tilda a la animación de forma menor, algo que se crea simplemente para entretener a los niños. Sin embargo, en cuanto se explora un poco el mundo de la animación, se descubre que no pocos artistas de vanguardia han decidido expresarse utilizando este medio, entre ellos el sudafricano William Kentridge, ante todo pintor y dibujante, con obra expuesta en la Tate Londinense, y a quien su curiosidad e inquietud le ha llevado incluso a la dirección escénica operística.

La técnica elegida por Kentridge para sus producciones animadas es una de esas invariantes desconocidas en la historia de la animación, la pintura sobre cristal en la que la animación se consigue a medida que el pintor va borrando unos elementos o añadiendo otros nuevos. Aunque un tanto estática, como muchas de las variantes del stop-motion, la gran virtud de esta técnica es su capacidad para transformar de manera suave y orgánica unas formas en otras lo que permite la consecución de comparaciones, símiles y metáfores visuales que de repente se despliegan ante los ojos del espectador.

Como ya he indicado, Kentridge es un pintor con más que talento, de forma que cada una de las imágenes de su cortos es ya, en solitario, una obra de arte, así como el modo en que este artista las manipula para transformárlas unas y otras, haciendo surgir unos elementos de otros y, sobre todo, jugando con que el entero espácio fílmico es ya un dibujo, para romper los límites entre los objetos representados, haciendo por ejemplo, que los elementos de un dibujo dentro de otro dibujo, escapen e invadan todo el plano.

Como siempre, la importancia de este corto no se reduce simplemente al reto técnico o estético (lo cual no sería tampoco un desdoro) en el caso de Kentridge, debido a su provenencia de un país como Sudáfrica, escindido por el largo régimen del Apartheid y que aún no ha sido capaz de sanar sus heridas, todos sus cortos tienen una evidente intencionalidad política, que aparece representada de forma críptica y simbólica, de manera que no quede restringida a un aquí y ahora que pudiera pronto ser olvidado, sino que puede aplicarse fácilmente a la experiencia común de la humanidad.

En este caso, el corto gira alrededor de un hombre que permanece encerrado en una habitación vacía, cuyas paredes va cubriendo poco a poco con imágenes de una mujer, que suponemos su amante, y de las que se nos cuenta que trabajaba como topógrafo. Es la representación de las actividades de esta profesión la que abre una ventana fuera del estrecho espacio en el que este hombre se haya enclaustrado, una esperanza de libertad que se revela pronto engañosa, ya que los protagonistas y espectadores ven a través del objetivo del teodolito es mundo en el que la protesta política es habitual y en el que la resistencia acaba en represión salvaje cuyo fin es la eliminación física de los opositores.

Resistencia, opositores, que pronto desaparecen de nuestra vista, convertidos en un paisaje idílico donde no quedan huellas de su sufrimiento, sino es en la memoria de los pocos supervivientes que aún así, se verán obligados a callar si no quieren seguir su mismo destino.