sábado, 15 de octubre de 2011

Realism, Politics and Aesthetics




Parece una constante del panorama expositivo madrileño que regularmente aparezca una exposición dedicada al arte revolucionario ruso, especialmente a la década de los 20 y la explosión de las vanguardias en esa época antes de que el martillo de Stalin las aplastase literalmente en la década siguiente. Pare de ese evidente cariño se debe a su doble cualidad de "antes de.." y " quizás sí..." que las convierte en un terreno propicio a especular con los derroteros que habría alcanzado si no hubiera destruido, disociando al mismo tiempo ese arte de lo que habría de ocurrir después.

Es por eso que esta exposición de la Juan March sobre Alexandr Deineka, una de las figuras sobresalientes del Realismo Socialista en pintura puede resultar un tanto polémica, ya que ese artista fue pintor oficial del régimen y propulsor de ese arte con marchamo ideológico que substituyó a la variedad, efervescencia y rebeldía anterior.

Pero vayamos por parte.

Es cierto que el desmoronamiento del modernismo a partir de los 70 ha hecho cambiar el paradigma con el que se enjuiciaba el arte del siglo XX. Su historia ya no se reduce a una serie de revoluciones, de cambios fundamentales que ponían patas arriba los conceptos del arte, y donde los artistas que no seguían manteniéndose en la vanguardia eran calificados de pasados o incluso de traidores, por mucho que su aportación hubiera sido fundamental en la transición anterior (elijan los nombres que quieran, hay para aburrir). Ahora se acepta que junto al frondoso trono de las vanguardias historicas existieron otras muchas líneas artísticas, que no se pueden dejar un lado sin correr el riesgo de empobrecer nuestra percepción del siglo pasado.

Así, en la exposición Mímesis, Realismo Modernos que organizara el Museo Thyssen hace unos años se exploraba la pervivencia del realismo en el arte del siglo XX, centrándose en el periodo de entreguerras y su "appel à l'ordre" tras el trauma de la primera guerra mundial. Un periodo en el que todos los artistas de antes del conflicto, los que habían dinamitado los fundamentos del arte occidental atravesaron una recaída neoclásica, que en algunos casos llevó al abandono completo de la modernidad o su continuación en formas atenuadas, continuando una pintura tradicional con fuertes e innegables prestamos modernos.

No es el momento aquí de enjuiciar la calidad de esas obras ni de condenarlas por antimodernas. Dado que este "movimiento de retroceso" fue una escisión de la modernidad, cada una de sus personalidades es única y actua en solitario, casi como guerrillero, con lo que cada figura debe ser estudiada por separado. Lo importante, la atronadora omisión de la exposiciçon Mímesis es que se nos ocultó que el Realismo fue el estilo elegido por los totalitarismos, como su arte oficialya fueran de derechas o de izquierdas, para lo cual no titubearon en aplastar cual quiere otra manifestación discordante... y cuando digo aplastar ya pueden imaginarse a lo que me refiero.



Ese realismo totalitario ha permanecido mucho tiempo oculto a los ojos del público y parece justo revisarlo, en un tiempo postmoderno como en el que vivimos en que los pintores relamidos y académicos coetáneos de los impresionistas han vuelto a ocupar su lugar en los museos. En ese sentido, y desde un punto méramente estético la obra de Diameka o de sus homólogos nazis es la obra de pintores especialmente notables que en muchos casos, como el del ruso, son capaces de adaptar la enseñanza de las vangüardias a esa funcionalidad política que les imponía el régimen en el que vivía, contribuyendo en cierta manera a hacer sobrevivir el arte que consideramos definitorio del siglo XX.

Sí, todo muy bonito, pero permanece lo esencial. Este es un arte de la mentira en tanto que pretendía propagar un mundo que no existía y convencer al público interior y exterior de las bondades y logros de regímenes cuyo fundamento era la explotación y el terror.

No muy diferente, se podría replicar, de dos fenómenos muy similares, uno contemporáneo, la publicidad, otro clásico, la pintura de corte, que pretendían exaltar las bondades y beneficios de un producto, llámese bebida refrescante o rey autócrata, hasta llegar al extremo de casos como el emperador Carlos V cuyas facciones desconocemos, puesto que todos los pintores, Tiziano, el primero, embellecieron sus facciones para ocultar sus deformidades, de las que sólo podemos hacernos una pequeña idea gracias a un dibujo abocetado de Sebastiano del Piombo.

Cierto, pero no es menos cierto que en el caso de los pintores clásicos no existía otro modo de trabajar y que eran incapaces de concebir algo distino, para lo cual tendrían que producirse radicales cambios sociales que llevaría siglos, mientras que en el caso de la publicidad, no es menos cierto que existen otra opciones y que esos otros caminos son posibles y permanecen abiertos.

Y es que el problema de raíz permanece. El hecho de que ese arte realista no fue producto de una mutación del gusto o de los esfuerzos de unos artistas. Su imposición se realizó por medio de la fuerza, prohibiendo la práctica de otras formas que no fueran las bendecidas por el estado, y encarcelando o incluso asesinando a los que pretendieran seguir otros caminos. Una represión en la que muchos artistas notables devinieron muertos en vida, incapaces de crear ni siquiera cuando mucho tiempo después se les dio la oportunidad, mientras que otros, los que se subieron al carro de los vencedores y dijeron que sí a todo, no pararon de recibir premios, parabienes y recompensas.

Por ello, al contemplar estos cuadros, a pesar de la evidente belleza de muchos de ellos, no puedo evitar un escalofrío al pensar en el sufrimiento y la crueldad que se oculta tras su superficie.