jueves, 13 de octubre de 2011

Inherit the Earth








Araya, dirgida por Margot Benacerraf en 1959 es una película completamente olvidada a pesar de haberse llevado algunos de los premios más codiciados del festival de Cannes, de ese mismo año. Hay razones para ese olvido, aunque quizás no las que puedan imaginarse.

La primera razón es bastante obvia, ya que se trata de la segunda y última película de esta directora venezolana. Por razones varias, nunca pudo volver a ponerse detrás de las cámaras, con lo cual su nombre nunca volvió a figurar en las listas de festivales o en las de "posibles", dada la fuerte competición en este mundo del cine (más sobre ello en unos instantes) y el hecho de pertenecer a una cinematografía periférica, que nadie mantuviese el recuerdo esta película y sus directora es más que comprensible... con el riesgo añadido de que al figurar en el palmarés Cannesiano pero no el Canón, se le podría asignar la etiqueta de película premiada por equivocacíon, indigna de sus galardones, lo cual no podría ser más injusto.

La otra razón es más compleja. Si volvemos a mirar la fecha, 1959, veremos que es cercana a un cambio de paradigma en la vangüardia de la cinefilia, la Nouvelle Vague, un estilo o pseudoestilo (ya he dicho que para mí no es más que una etiqueta conveniente para agrupar personalidades dispares) que aún hoy se toma como piedra de toque de lo que es digno o no es digo de hacer en cine, hasta el extremo de haber dividido a esa cinefilia crítica en clásicos y modernos, cuya vehemencia y obcecación en defender sus posturas no encuentran medida ni punto medio.

En este sentido, comparada con lo que vendría normal, la película de Benacerraf tiene muchos elementos que la situarían en las antípodas del cine promovido por la Nouvelle Vague y que por tanto, llevarían a su consideración inmediata como obra a atacar, al ser un exponente del cine caduco y viejo contra el que se levantaban. El primero por supuesto, es su más que evidente clasicismo, su voluntario preciosismo, a pesar de la dureza de la situación que retrata. Cada plano, cada encuadre está perfectamente calculado, rodado en un elegante blanco y negro que en ocasiones alcanza una calidad pictórica. Es precisamente ese acabado formal, esa preocupación por sus cualidades estéticas el que la coloca en las antípodas del cine no premeditado y casual de los nuevos autores que surgieron hacia 1960.

¿Es esto un defecto? No para mí. De hecho, si se piensa en el lugar en el que se podría colocar estilísticamente esta película es fácil darse cuenta que Araya cierra una tradición de larga solera en la historia del cine, la del documental/poema que inaugurase la mítica Nanook of the North de Flaherty. Un documental donde la imagen capturada de la realidad sirve al documentarista para escribir un ensayo sobre esa misma realidad, utilizando como armas el montaje y el encuadre. Un modo que busca al mismo tiempo transmitirnos esa realidad pero hacerlo de una forma bella y que por eso no podía ser más extraño a la búsqueda de proximidad y espontaneidad de la Nouvelle Vague... y a nuestra sensibilidad actual, que busca hacer ver la cámara y sus defectos, mientras que los clásicos como esta película, pretendían emular la mirada.

Tras  esta larga introducción, pueden preguntarse cual es mi opinión sobre la película. Les diré que es de una belleza poco aconstumbrada, como muestran las capturas que encabezan esta entrada, pero también que es una película que transmite una angustia poco común, ya que la representación minuciosa y detallada del trabajo agotador  y embrutecedor de los salineros que la protagonizan alcanza por instantes una cualidad de condenación eternas, al comtemplar como repiten una y otra vez los mismos gestos, las mismas acciones sin sentido, atrapados en un auténtico círculo del infierno, del cual no pueden escapar.

Y ése es quizás el único pero que se le puede poner a esta obra tan hermosa, tan grande y tan injustamente olvidada. El que su belleza niegue la injusticia social que muestra, y viceversa.

Aunque quizás sea ñese el objetivo de la directoria, ya que la manera en que su cámara contempla a estos hombres y mujeres, llena de respeto y admiración, los convierte en auténticos héroes, más grandes que cualquiera de nosotros que entramos en crisis si la conexión a Internet no funciona.