martes, 11 de octubre de 2011

Evolution or Revolution? (I)

The Guilty thief is produced, is interrogated as he deserves; he is tortured, the torturer strikes, his breast is injured, he is hung up... he is beaten with sticks, he is flogged, he runs trough the sequence of tortures and he denies. He is to be punished, he is led to the sword. Then another is produced, innocent, who has a large patronage network with him, well-spoken men are present with him. This one has good fortune, he is acquitted


This is an extract from a Greek-Latin primer for children, probably of the early fourth century. It expresses, through its very simplicity, some of the unquestioned assumptions of the late Roman Empire. Judicial violence was normal, indeed deserved, (in fact, even witnesses were routinely tortured unless they were from the elite); and the rich got off. The Roman world was habituated to violence and injustice.

Chris Wickham, The Inheritance of Rome.

Se lo había insinuado ya con mi entrada sobre el Atlas Histórico Mundial, pero por si no se habían enterado, le comunico que la historia que se estudia ahora poco tiene que ver con la que se estudiaba en mi niñez, los años 70. En pocas palabras en estos cuarenta años se han producido una serie de revoluciones que han cambiado la faz de la disciplina, aunque algunas ya estaban en marcha desde los años 60 y sólo la inercia de los sistemas educativos, especialmente en un país postdictatorial como España, las hacía invisibles.

La primera de ellas surgió en los años 60 en el marco de la arqueología. Los de mi generación recuerdan que la prehistoria se narraba en lo que se conocía como "culturas", agrupaciones de yacimientos que eran caracterizados por unos hallazgos directores (por ejemplo un tipo de cerámica). En sí, esto no era malo metodológicamente y de hecho sigue siendo una herramienta útil para el estudio de la prehistoria (corregida y actualizada, eso sí), sino fuera porque eas culturas se asociaban con "pueblos", entidades definidas por unas características étnicas, lingüisticas y culturales definidas, de forma que la subsitución de unas "culturas" por otras no era menos que producto de la expansión violenta de unos pueblos a costa de otros, entendiendo por expansión algo muy parecido a lo que llamaríamos ahora limpieza étnica.

Por supuesto esto es un error gravísimo y resulta extraño que nadie se percatara desde un principio. Un area puede cambiar de constumbres, incluso de religión y lengua, los elementos culturales más perdurables, sin que esto suponga que unos habitantes han sido expulsados por otros. Basta, como es bien sabido, que las modas cambién o que ciertos rasgos aparezcan más atractivos o provechosos social o económicamente, o lo que es lo mismo, el que adoptemos las modas que vienen de los EEUU no signfica que nuestro país haya sido invadido por hordas venidas de las Américas.

Si esta revolución se puede calificar de positiva, excepto en sus excesos, la segunda revolución, la postmoderna tiene rasgos muchos más sombríos, ya que en sus posturas más extremas supone el fin de la disciplina.  En breves palabras, el postmodernismo descubrió otra de esas obviedades que nadie quería ver, el hecho de que todas las fuentes históricas, son también obras literarias, por lo que sus escritores parten de una ideología personal y lo destinan a un público determinado, factores que voluntaria o involuntariamente la hacen perder objetividad. O lo que es lo mismo, como yo creo que las cosas deberían ser así y escribo para tales y cuales lectores, omitiré unos datos y resaltaré datos, desequilibrando la percepción de lectores posteriores, como los historiadores actuales, que no están en el ajo.

Por supuesto, esta toque de atención del postmodernismo podría quedarse en sólo eso, un más que necesario toque de atención que nos obligase a mirar con cuidado las fuentes, a enterarnos de quiénes eran sus escritores y que pretendían antes de dar crédito a lo que nos cuentan. El problema, como apuntaba son las posturas extremas según las cuales si las fuentes no son fiables, es imposible la historia como disciplina, ya que nunca se podrá reconstruir el pasado, como mucho crear una forma erudita de novela histórica.

Dejando atrás esta polémica, que aún arder y lo hará por muchos años, y que de rebote ha servido para dar nueva vida a la disciplina al obligarla a revisar todo recibido y dado por supuesto. El efecto del desplome de la arqueología cultural y de la modernidad provocó que el modelo utilizado para narrar la Alta Edad Media (o Antigüedad Tardía y Edad Media Temprana en sus nombres recientes) dejara de ser el de unas tribus bárbaras que derribaron el edificio del Imperio romano y de rebote la civilización entera, hasta que fuera descubierta con el renacimiento (o en otra versión más nacionalista y asociada con los fascismos de mediados del XX, unos bárbaros  germanos que vinieron a renovar la sangre estancada de los romanos) substituida por otra en la que la Romanidad siguió existiendo en los nuevos estados germanos hasta muchos siglos después de su caída oficial, mientras que la irrupción de esas tribus gérmanas se limitó a transferencias mínimas de personas, nada de hordas invasoras, que fueron invitadas y aceptadas en las fronteras del Imperio por sus habitantes.

Una visión por tanto en la que se ponía el acento la evolución pacífica y se ponían en tela de juicio las fuentes que sostenían la visión tradicional. De esta manera, durante la década de los 90 y principios de este siglo el paradigma explicativo  de este tiempo basculó por completo, hasta hacerse irreconocible para los que como yo estudiamos antes de su victoria... y así habría continuado durante mucho tiempo sino fuera por un librito mínimo, The Fall of Rome and the End of Civilisatio, publicado en 2005 por Bryan Ward-Perkins, en el que demostraba con pruebas arqueológicas contundentes que el paso de la Antiguedad Tardía a la Edad Media Temprana había sido traúmatico y violento. En resumen, que un abismo cultural y económico separaba ambos mundos.

Algo que todos sabíamos y que habíamos olvidado. De nuevo.

Y aquí finaliza esta introducción. ¿Pero cómo? - se preguntarán - ¿y la cita que abre la entrada? Pues les digo que es de uno de muchos libros escritos tras el terremoto provocado por el opúsculo de Ward-Perkins, y que intenta reconstruir la historia de ese  tiempo (en este caso, la Europa del 400 al 1000) recuperando muchas de las ideas descartadas en estos cuarenta años, pero atemperándolas con las herramientas metodológicas de las revoluciones intelectuales de ese periodo.

Una lectura apasionante. No menos por tratarse de un tiempo al que normalmente se le decica poca atención y cuyas fuentes son escasas, pero que es crucial para entender el nacimiento de Europa, de nuestra Europa, durante el siglo XI.