domingo, 16 de octubre de 2011

100 AS (LXX): Atama-Yama (2002) Yamamura Koji






En mi revisión semanal de la lista de mejores cortos animados recopilada por el festival de Annecy, le ha llegado el turno a Atama Yama, realizado en 2002 por Yamamura Koji.

Una de las grandes injusticias de la animación radica en que a pesar del predicamento y aceptación del anime, a sus admiradores y seguidores el nombre de Koji Yamamura les sonará literalmente a chino, cuando se trata de uno de los grandes nombres de la animación japonesa, que no del anime, con más de un cuarto de siglo de carrera a sus espaldas y una creatividad inigualable que consigue que sea de los pocos animadores experimentales/independientes capaces de producir un corto cada año o incluso varios.

Un animador, por otra parte, que se caracteriza no por haber creado un estilo definido y reconocible sobre el cual dormirse, sino que, como los auténticos genios intenta explorar nuevas vías con cada corto, cambiando de técnica y de estilo, lo cual siempre constituye un riesgo, pero que en su caso parece no representar ningún problema, puesto que ha sido capaz de moverse sin dificultades del stop-motion a la animación tradicional o la incorporación del ordenador, mientras que temática sabe moverse igual de bien en la narración infantil como en el relato adulto con tintes sociales y surrealistas.

Atama Yama pertenece a este último modo de su producción, aunque no llegue a los extremos de arrebato de su adaptación de El médico Rural de Franz Kafka, Sin embargo, a pesar de esa cualidad de relato contemporáneo, este corto tiene fuertes conexiones con lo que sería el relato infantil, en su versión de leyenda y cuento popular. En efecto, lo primero que sorprende de este corto es el hecho de que su narrador no es otra cosa que una especie de juglar popular moderno, que canta las peripecias del protagonista utilizando un estilo musical tradicional, acompañado  por intrumentos también tradicionales.

Es una jugada audaz, pero especialmente eficaz. Nos enfrentamos a un narrador autónomo, procedente del medio del teatro y que sería capaz de narrar esa misma historia sin necesidad de otros recursos que no fueran los de su voz y sus gestos. En sí, las imágenes serían innecesarias, sobrantes. Es sin embargo esta teatralidad flagrante, la certeza de que estamos en un medio que no busca crear un ilusión de verosimilitud, la que refuerza esta y permite que las peripecias narradas, a pesar de su surrealidad sean perfectamente creíbles y aceptables. Es más, el hecho de que ambas narraciones, la cantada y la ilustrada, trascurran en diferentes planos, tengan diferentes ritmos permites que ambas se conviertan en comentario la una de la otra, utilizando las diferentes pausas requeridas por cada uno de sus lenguajes para desarrollar y completar lo que la otra calla.

Un corto, en definitiva, que es de una brillantez técnica y estética apabullante y que en su condición de cuento moderno para adultos, se las arregla para realizar una velada pero poderosa crítica social, tanto en la figura del avaro protagonista incapaz de tirar nada, pero que al final acaba destruyendo (y destruyendose) el único tesoro que tiene, como el de una sociedad en la que todas sus pretensiones de belleza no son más que mentiras convenientes en donde queda poco de su significado original.

Y como siempre, les dejo con el corto, para que lo disfruten, porque ésta, sin lugar a dudas es una de las obras mayores de la animación.

Esta vez no puedo incrustarselo, pero aquí se lo dejo. http://youtu.be/UuM8xHQSUEM