martes, 25 de octubre de 2011

Against all odds




















Como ya he comentado muchas veces, una de mis grandes contradicciones es mi amor tanto por la animación como por el documental, formas que se suponen en los extremos opuestos de la cinematografía. En el curso de mis exploraciones, he revisado este domingo pasado a un documental soviético que desconocía, TurkSib realizado en 1929 por Victor Turin, al cual he llegado simplemente porque una edición de la BFI lo señalaba como influencia de Night Mail de la GPO, el cual ya había visto anteriormente, con lo cual mi curiosidad se vio picada (y ya les contaré un día como llegué a saber de la GPO).

En sí, temáticamente, el documental de Turin, no es otra cosa que otro film propagandístico soviético, en el que se resalta y ensalza la modernización del país con el nuevo régimen, en este caso encarnada en la construcción del ferrocarril entre Siberia y el Turquestán, el cual permitiría llevar el algodón de Asia Central a Rusia a cambio de trigo... permitiendo así que las tierras de Asia Central se reservasen sólo para un cultivo de alto precio. Por supuesto, aunque en su momento no se supiese o se quisiese mirar hacia otra lado, todas los inmensos proyectos estatales de aquel tiempo se realizaban con mano de obra forzosa, los prisioneros del Gulag, con un coste humano incalculable y un sufrimiento difícil de concebir para nosotros, los europeos occidentales, que durante varias generaciones no hemos conocido ni guerras, ni penurias ni penalidades.

El hecho de que se realizase con mano de obra forzosa niega de plano ese entusiasmo y esa entrega de la que tanto presumían los planificadores estalinistas (y que extrañamente, copían ahora los jefes de personal de nuestras empresas ultraliberales). Aún así, aunque ese mito soviético hubiera sido cierto, la consecuencias económicas del TurkSib dejarían una herencia aún más perniciosa que sólo saldría a la luz a finales del siglo XX, cuando ya era irremediable. Me refiero, como pueden imáginar a la catástrofe ecológica del mar de Aral, provocada por el uso sin límites de sistemas de irrigación para cultivar algodón, arróz y caña de azúcar en pleno desierto. Un desastre sin paliativos, no sólo por la desecación del Mar de Aral, sino por la acumulación de pesticidas en toda la zona y su efecto sobre la salud de la población, además de su condición de irreversible, ya que renunciar a los regadios supondría el hundimiento económico de los países regados por el Sir Daria y el Amur Daria.

No obstante, dicho esto, hay que ser justos y añadir que cinematográficamente TurkSib es una obra maestra del género documental, una de tantas que se quedan en el tintero cuando se habla de la década prodigiosa del cine soviético, antes que Papá Stalin metiese orden de la manera que todos conocemos. Una obra maestra no por sus innovaciones, sino por su condición de resumen de todo los logros y acvances que había traído ese periodo de experimentación y exploración, que en este documental aparecen llevados a su más  exquisita perfección.

Dividida en cinco partes, dos dedícada a como era el Turquemistan antes de Turksib, otras dos a su construcción, unidas por una sección intermedia dedicada a la estudio topográfico previo a los trabajos, el resultado final no es una película de episodios, sino un todo orgánico en el que cada sección parece surgir de forma natural de las otras y el montaje, ese montaje breve ruso tan característico de la época y tan denostado en el presente, se utiliza agotando sus recursos hasta el límite, tanto en su vertiente de extraer ideas de la yuxtaposición de imágenes, como en el intento de descibir completamante una realidad que no es otra cosa que polimórfica, mediante la acumulación de imágenes que van lentamente aclarando y completando lo que se quiere decir (en realidad mostrar).

Es en esta descripción del mundo que nos rodea, objectivo del documental, cuando Turksib alcanza sus mayores alturas expresivas. Tanto al mostrarnos el duro trabajo de los agricultores del Asia Central, siempre esperando que llegue el agua del deshielo para regar sus campos, o las largas caravanas de camellos que tienen que cruzar el desierto para llevar el algodón a Rusia, las imágenes de Turin consiguen que sintamos el calor del desierto, la angustia de la espera por la crecida del desierto, la alegría cuando éste se produce o la desesperación de aquellos atrapados por las tormentas de arena.

Y es cuando la construcción del ferrocarril comienza, cuando vemos las dificultades a las que se tienen que enfrentar los trabajadores, las pilas de material que se necesitan, la actividad incesante, propia de héroes, que esa obra inmensa de ingenieria requiere, es imposible evitar un sentimiento de admiración por el ingenio y la voluntad del género humano, esa voluntad que lleva a superar cualquier obstáculo, por imposible que éste parezca.

Una voluntad, un deseo de superar las dificultades, un optimismo fundado en la creencia de que un mundo mejor es posible, que parecen habernos abandonado para siempre, en estos tiempos difíciles.