lunes, 27 de diciembre de 2010

Mechanical Tricks













Para la mayoría de los aficionados y gran parte de los críticos, el nombre de Charley Bowers no sonara a nada.

Hay razones muy poderosas para ello. Bowers pertenece a la segunda generación de cómicos mudos, la que comenzó su carrera hacia 1920. La mayoría de los grandes nombres que conocemos, Keaton, Chaplin, Lloyd, habían comenzado en los años 10 y para 1920 estaban transitando a la realización de largometrajes, hecho que les hizo permanecer en la memoria de todos, incluso cuando la llegada del sonoro acabó con su edad de oro. Además, los cómicos de los años 20 se vieron en la necesidad de crear un personaje que fuera distinto de los esterotipos ya en en circulación (el vagabundo de buen corazón chapliniano, el solitario inexpresivo Keatoniano, el hombre común en situaciones inverosímiles de Lloyd) pero la mayoría fueron incapaz de conseguirlo. En el caso, de Bowers, por ejemplo, su personaje era demasiado parecido a Keaton, con el agravante de que sus dotes interpretativas eran bastante limitadas, lo cual provocaba y provoca el rechazo de un público aconstumbrado a conectar con las andanzas del protagonista.

En sí, esto no debía haber constituido mayor problema. La mayoría de los cómicos mudos desparecieron hacia 1930 (incluso Chaplin redujo su ritmo de producción década tras década) y sólo el revival crítico de los años 60, junto con el hecho de que sus producciones habían seguido sirviendo de relleno cinematográfico en la salas de sesión continua, permitió que fueran rehabilitados. Un rescate del olvido en el que ayudo que muchos de ellos continuaban aún vivos, algunos trabajando como Chaplin y Keaton, y otros se habían preocupado de guardar su obra, permitiendo así un rescate que respondiese a las intenciones de los propios creadores.

Para su desgracia, Bowers había muerto en los años 40 y aunque había seguido trabajando, sus obras desde 1930 en adelante habían sido productos de tercera fila, rápidamente olvidados, desprecio que afecto también a sus producciones mayores de los años 20 y principios de los 30, de manera que hacía 1950, sus cortos podían considerarse perdido... sino fuera por una serie de descubrimientos afortunados en el mercado de segunda mano realizados en los años 70 por la cinematecas de Tolouse y Quebec, y que al ser proyectados en el festival de Annecy, fueron recibidos con tanto entusiasmo dieron lugar a una búsqueda intensiva de obras de Bowers por los archivos de medio mundo, saldada con el hallazgo de una docena escasa de cortos suyos, en mejor o peor estado de conservación.

¿Y qué motivó ese entusiasmo? Ya hemos dicho que como cómico, Bowers no paso de ser una mala copia de Keaton. Sin embargo como animador es uno de los grandes de la stop-motion y puede considerarse como el primero que consiguió que sus criaturas animadas se moviesen en el mismo mundo que los personajes realess de su cortos, relacionándose y actuando con ellos. Vistos hoy en día, ochenta años después del momento de mayor gloria de Bowers, sus cortos siguen sorprendiendo por una técnica impecable, que sólo los CGI y la 3D han sido capaces de igualar, pero sobre todo por una inventiva y una imaginación escasísima en estos días, mediante la cual los artilugios más disparatados, las criaturas más delirantes cobran vida y se hacen reales, como muestra la secuencia que encabeza esta entrada, desafiando toda lógica y sumergiendo a el espectador en una ambiente surreal, que entre otros muchos, fascinó al propio pope del surrealismo, André Bretón, que escribió líneas más que elogiosas sobre Bowers, sin llegar a saber nunca su nombre.

Baste por ahora, hablaré más de el, en el contexto de la lista de cortos de Annecy, quédense con esta obra tardía suya de 1940, Wild Oysters, un corto de stop-motion que parece salido de la Warner o Tom y Jerry.