jueves, 2 de diciembre de 2010

Reading the Bible (y XIV)

Cuando abrió el séptimo sello hubo un silencio en el cielo como de media hora.

Apocalipsis, 8, 1

Con esta entrada finalizo mi lectura completa de la biblia, la tercera creo, dos en mi juventud y esta en mi madurez, completado mi tránsito de creyente a ateo. No sé si habrá una cuarta, entre otras cosas porque mi edición de Nacar Colunga empieza a perder integridad, a desencuadernarse y soltar hojas como árbol en otoño. ¿Una nueva? Creo que no sería capaz de acostumbrarme a otro estilo, otra cadencia y otro lenguaje, especialmente una edición modernizada.

Pero volviendo al tema. Con el libro del Apocalipsis, parece que los editores de la Biblia hayan querido hacer realidad la parábola de las bodas de Caná. Ya saben, dejar para el final de la fiesta el mejor vino, porque lo cierto es que éste libro atribuido al apóstol Juán es una de las cumbres del libro de los libros.

Ya he comentado en otras ocasiones como de joven de toda la Biblia solía centrarme en el Nuevo Testamento, y de éste, en cuanto acababa los Evangelios y los hechos de los apóstoles, saltaba directamente al Apocalipsis, evitando los sermones de las diferentes epístolas, y lo leía una y otra vez, fascinado por sus imágenes, intentando buscar un sentido a la acumulación de sucesos futuros que ese supuesto Juan había anunciado. No he sido el único que se ha sentido cautivado y obsesionado por ese libro, multitud de sectas cristianas han intentado hallar la clave que les permitiese averiguar cuando esas profecías iban a cumplirse, situándolo inevitablemente en su propio tiempo histórico, mientras que la profusión de imágenes a las que hacía referencia, la potencia y el detalle con que están descritas, han servido de inspiración a un milenio de arte cristiano.

Incluso, tan turbador llega a ser el libro, que padres de la iglesia y reformadores, como el caso de Lutero, lo han encontrado sospechoso y han pensado en eliminarlo del Cánon, mientras que la iglesia católica post Vaticano II, lo ha dejado un poco en segundo plano, ya que no coincide mucho con la (supuesta) postura tolerante y ecuménica del catolicismo contemporáneo... que ha llevado, por cierto, a que obrás máximas del Gregoriano, como el Dies Irae, no sean ya interpretadas en la liturgia, y si no lo creen, comprueben sus ediciones de Silos, serán incapaces de encontrarla.

No es extraño ese reparo de la iglesia frente al Apocalipsis. En él nada queda del supuesto amor de dios por sus criaturas, excepto unos pocos justos que son arrebatados al principio, el resto de la humanidad se ve sometido a la venganza y la ira divina, destruido y aniquiliado, sin posibilidad de perdón y remisión, pues incluso antes de que los tiempos se consumen, se envían las diferentes bestias (la del mar y la de la tierra( para que extravíen a los hombres y así se justifique el castigo que los espera.

Sin embargo, y más allá de este fin de los tiempos situado en un futuro desconocido, vale la pena examinar el apocalipsis como se suele hacer como cualquier profecía, es decir, como una alegoría del tiempo presente. Es entonces cuando descubrimos esa otra vertiente del cristianismo de la que ya he hablado en otras ocasiones, opuesta a la Paulina y a la mayoría de la doctrina cristiana, puesto que si Pablo intenta que la estructura social no sufra ningún cambio y que los cristianos sean respetuosos y obedientes con el poder romano, lo que el Apocalipsis muestra, sin ningún genero de dudas, es el odio de la masa cristiana, pobre y desheredada, frente a los ricos y potentados, los cuales serán aniquilados con todo lujo de torturas y castigos en ese final de los tiempos, en los que pediran a las montañas que caigan sobre ellos y les oculten de la ira del señor.

Un odio que se dirige así mismo contra el poder romano, contra esa marabunta que se había hecho dueño del espacio mediterráneo, con un inmenso coste humano y rapiñando todo lo que encontraba (no olvidemos, los mismos romanos consideraban digno de admiración que un gobernador volviera menos rico de una provincia que cuando se fue, por alfo que sí). Una Roma a la que se dirigen los peores insultos, que será la guarida de las bestias que dominarán el mundo y perseguirán a los creyentes, y que se derrumbará en la peor de las catástrofes para dejar paso a la Jerusalén Celestial.

Así que ya saben, si tienen una biblia al lado, tómense se un rato para leer el Apocalipsis. Déjense arrastrar por las brillantes imágenes, piensen que todo eso es un trasunto de la situación de la Iglesia hacia el año 100 d.C. y sobre todo descubran el genio poético y visual, digno de los mejores escritores, de esa persona que llamamos Juan el Apóstol.

Un genio que no sólo se destaca en las imágenes más desaforadas, sino en pequeños misterios insondables, como ese silencio que sucede a la apertura del séptimo sello, tras que lo anteriores hayan arrasado el mundo y sus habitantes.