jueves, 9 de diciembre de 2010

Tolstoi in the Pacific






"¿Qué me sucede? ¿Me caigo? las piernas me vacilan", pensó y cayó de espaldas. Abrió pesadamente los ojos, con la esperanza de ver como terminaba la lucha de los franceses con los artilleros; deseaba ver si el pelirrojo había muerto o no si los cañones estaban en poder de enemigo o habían sido salvados. Pero no vio nada. Sobre él no había más que el cielo, un cielo alto, sin brillantez, pero infinitamente alto, sobre el que se deslizaban unas  nubes grises. "Qué paz, qué calma, qué serenidad; todo es distinto a como era hace un momento, cuando yo corría, - pensó el príncipe Andrei -, cuando corríamos, gritábamos y combatíamos; cuando, con aquellas caras furiosas y asustadas, el francés y el artillero se disputaban el atizador, las nubes no se movían así por ese cielo alto e infinito. ¿Cómo no me he fijado antes en esa profundidad del cielo? ¡Qué feliz me siento de haberlo sabido al fin! Sí, todo es vacío y engaño, menos ese cielo infinito. No hay nada más que él. Pero ni eso existe. No hay más que paz, reposo... Y muy bien que así sea.

Guerra y Paz, Tercera Parte, Capítulo XVI, León Tolstoi.

A finales de los años 90 se estrenaron dos grandes películas de guerra, Saving Private Ryan de Steven Spielberg y The Thin Red Line de Terrence Malick. Ambas observaban este fenómeno desde supuestos estéticos y filosóficos casi completamente opuestos, por lo que no es  de extrañar que esa misma polarización se reprodujera entre público y crítica.

Yo tengo que decir, antes de continuar con esta entrada, que soy más de la rama de Malick. En su tiempo, la película de Spielberg me impresionó profundamente debido a su naturalismo extremo en la representación de las experiencias físicas de los soldados rasos y no se puede negar que ha sido el modelo constante de todas las producciones bélicas posteriores, como las famosas Band of Brothers o The Pacific. Evidentemente, yo, ni la mayoría de los que puedan leer este blog, he participado en un conflicto bélico, así que no puedo juzgar la precisión de lo allí contado, pero a cada visionado, la anécdota narrada en la película de Spielberg se me hace más intrascendente, noto más errores de guión, que parece haber sido recosido para que tengamos el máximo de experiencias fuertes , y lo que sucede en la pantalla ya no me afecta, sino que incluso me mueve a la risa, especialmente en su tramo final de hazañas bélicas, aunque pueda parecer cruel e inhumano.

Sin embargo, este no es un post sobre Saving Private Ryan, sino sobre The Thin Red Line. Debo decir que a cada visionado la película se me hace más grande en el sentido de que siempre acabo por encontrar algo nuevo, por fijarme en detalles que se me habían escapado antes, o veo lo ya conocido bajo una nueva perspectiva, especialmente con la ultimísima edición en Blue Ray de Criterion. Como pueden ver, son sentimientos muy subjetivos y personales, que obviamente no son aplicables a todos los espectadores, y si los estoy utilizando es simplemente por el ethos de Malick y el modo en el que lo plasma en la pantalla, son muy similares a lo que yo siento y a los que yo utilizaría.

Por no alargarme, digamos que siempre he sido un fan de las obras contemplativas, de aquellas que son capaces de dar un paso atrás con respecto a lo que está sucediendo, abstraerse de ellas y meditar sobre su significado, importancia y repercusiones. Ésto es precisamente lo que realiza Malick, escribir un ensayo en imágenes sobre la naturaleza humana, su razón y su destino, que da la casualidad que transcurre in tempore belli, aunque este punto de vista sólo haya servido para confundir a muchos que esperaban el consabido espectáculo de acción, testosterona y explosiones, o, si eran un poco más cultos o sofisticados, una reconstrucción minuciosa de los hechos históricos que permitiese al espectador contemporáneo hacerse la ilusión de que él también estuvo allí... cosa imposible por cierto, ya que toda obra de ficción de tema histórico inevitablemente proyecta el presente, sus prejuicios y errores, sobre el pasado.

No obntante, nadie tenía que haberse visto defraudado o haber atacado la propuesta de Malick. No es nueva, ni supone una ruptura con nuestra tradición cultural. Todos tendríamos que habernos acordado de que existe una novela que se llama Guerra y Paz, escrita por un tal León Tolstoi, donde bajo el aparente disfraz de una reconstrucción veraz y realista de las campañas napoleónicas, lo que se está realizando es un profundo análisis de la naturaleza humana, de ese por qué y para qué, que siempre ha obsesionado a la humanidad, representado en los diferentes descensos al infierno de sus protagonistas y las maneras en que alcanzán redención y salvación.

Y este no es una comparación que se me halla ocurrido a mí, estoy seguro que cuando se estrenó la película alguien publicó un artículo con el mismo título de esta entrada, pero nunca está de más, como he querido hacer, comparar cuan cercanas está las imágenes de Malick, su atención a esa naturaleza observada por los soldados y que asiste silenciosa a los conflictos humanos, con las palabras de Tolstoi, de manera que en realidad, el ruso parece haber migrado a los mares del sur.