lunes, 6 de diciembre de 2010

FdI Final I: Año 44 a.C Roma

Es lunes y por tanto, tiempo de Forjadores de Imperios. Con este cuento concluye el ciclo romano y la narración del camino hacia la gloria de esa ciudad y sus ciudadanos. Por supuesto, la conclusión es muy distinta de lo que podría suponerse, aunque los que hayan leído estos cuentos saben por donde van los tiros. Sin embargo, ha pasado ya tanto tiempo desde que escribí este cuento final que no sé si mi conclusión seguirá siendo válida. Eso sí, es de lo mejor que haya escrito, lo cual tampoco es decir mucho.


Año 44 a.C Roma


La multitud me rodea y aprisiona. Me ahogo en su hedor acre y penetrante. Los que tengo detrás me empujan, clavan sus codos en mis costillas tratando de hacerse sitio, o me utilizan como apoyo para encaramarse y ver lo que ocurre en la rostra. Me revuelvo y me encaro con ellos, pero ninguno repara en mí. Su atención esta fija en lo que sucede en la tribuna. Sus ojos no ven nada más. Están embrujados. Sus rostros, curtidos por el sol, surcados por profundas arrugas, destruidos por la vida y el sufrimiento, pasan sin transición alguna del odio a la compasión, del entusiasmo a la desesperanza.

Yo también me vuelvo. En lo alto de una plataforma erigida sobre la tribuna han colocado una camilla. En ella se adivina la forma de un cadáver envuelto en un sudario. Dispuestos a su alrededor, se halla un grupo de ciudadanos, vestidos de luto, que lloran en público sin ningún pudor, como mujerzuelas. Sus ropas son ricas y caras, nuevas y limpias, en contrastaste con los andrajos grises y raídos que porta la muchedumbre que les escucha.

Uno de esos ciudadanos respetables se ha recogido la toga sobre los hombros y ha ascendido hasta las parihuelas. Allí arriba comienza a gesticular y retorcerse como un alienado. Su rostro, congestionado por el esfuerzo, se contrae en una mueca tras otra. Tan pronto se abraza al cadáver y llora sobre él, hundiendo la cabeza en su pecho, como se alza de repente, con los ojos llenos de furia, y extiende sus manos hacia nosotros, señalando alternativamente el cielo y el cuerpo que yace a sus pies. Su agitación es tan grande que parece que va a desplomarse ante nosotros en cualquier momento. Por último, aparta el sudario, toma el manto que cubre el cadáver y lo extiende ante nuestros ojos, mientras pasa las manos por las rasgaduras que hicieron los puñales y señala cada una de las manchas de sangre que produjeron las heridas.

Ninguna palabra acompaña a estas imágenes. La multitud ruge y gime enloquecida, acallando todo sonido que no sea el suyo, semejante al estruendo del mar que rompe furioso contra las rocas. La boca del orador se abre y cierra mecánicamente, como la de un muñeco. Sus movimientos son también los de un muñeco, torpes, incoherentes, desmañados. A nadie le importa. Las emociones saltan sobre nosotros, incontenibles, contagiando a un muñeco tras otro de los que se hacinan en el foro, corroyendo y traspasando con su potencia mi inútil máscara de escepticismo. Ya no lucho. Me dejo llevar. Yo también grito. Yo también lloro. Me inunda la rabia. Deseo matar y vengarme.

Han alzado un muñeco auténtico sobre la tribuna. Reconozco la efigie del muerto, representada tal y como era en vida, sólo que ahora su rostro muestra la expresión incrédula con la que le sorprendió la muerte. Aún cuando se estaba desangrando, no podía concebir que alguien se atreviese a levantar la mano contra él o que armas humanas pudieran herirle, cuando de tantos combates había escapado ileso. Sobre el maniquí de cera también han sido representadas las heridas que le robaron la vida, con sus bocas frescas y sangrantes. Sin que sepamos cómo, dan la vuelta al muñeco, levantan sus brazos y lo inclinan para que podamos contemplarlas mejor. El orador las señala una tras otra, deteniéndose en cada una de ellas. Sus ojos se inflaman, su boca se retuerce. Está nombrando a quién la causó, cubriéndole de insultos, azuzando a la multitud contra él.

Entonces estalla. Tan inesperado como el primer trueno de una tormenta, el alarido atronador de la multitud congela en sus posiciones a todos los que se hallan sobre la tribuna. Sus miradas se vuelven bobas y vacías, las de gentes que no saben si deben alegrarse o aterrorizarse, que desconocen sí la fuerza que acaban de despertar va a volverse contra ellos y consumirles. Antes de que puedan reaccionar, la multitud ha roto sobre la rostra y les ha arrebatado el cadáver. La pira destinada para él ha comenzado arder al mismo tiempo, con llamas salvajes y furiosas, las mismas que están devorando el edificio del senado. El fuego se extiende por la ciudad, transportado por la muchedumbre rabiosa que abandona el foro, que se disuelve de dentro hacia fuera, como una casa que se derrumba sobre la calle. Todos corren, los primeros empujados por los que les siguen, sin saber a dónde, pero en cada uno anida el deseo de matar a alguien, a los conjurados, a sus parientes, a sus amigos, a cualquiera que les conozca o haya cometido el error de saludarles amistosamente.

Silencio.

La riada me ha arrastrado hasta el foro Boario. Estoy solo. Mis oídos aún zumban, mis manos tiemblan, pero a mi alrededor todo está tranquilo y silencioso. Tengo la impresión de estar en otra ciudad, una ciudad en paz. Sólo las columnas de humo que comienzan a elevarse sobre las colinas traicionan la realidad en la que vivo.

Abandono el foro. Me pierdo por las callejuelas vacías, llenas de sombra. Apenas vislumbro una estrecha franja de cielo azul entre los tejados. No tengo ninguna referencia de lo que sucede en la ciudad fuera de las paredes que me rodean. Espero llegar a tiempo, ya voy con retraso, pero al torcer una esquina, me topo con un control. Ellos también me han visto. No tengo más remedio que acercarme y esperar que los dioses me protejan. Los hombres que me han detenido están muy irritados. Preferirían estar con sus compañeros, cazando a los conjurados, incendiando casas, en vez de permanecer aquí de guardia, en este rincón perdido de la ciudad. Tiemblo al percibir que están dispuestos a tener su parte de diversión, pese a quien pese.

Comienzan a interrogarme, uno tras otro, interrumpiéndose entre sí, disputando agriamente entre ellos sobre las preguntas que deben dirigirme. Tengo que demostrarles que no estoy relacionado con ninguno de los asesinos de César, que ni siquiera les conocía de vista. No les convenzo. He salido a la calle y no estoy colaborando en la captura de los culpables. Eso basta para convertirme en sospechoso. Quizás lleve algún mensaje a algún conjurado escondido, o puede que esté comprobando la ubicación de los puestos de control para facilitar la huida de otro.

Tras mucho rato de discutir, optan por dejarme marchar. Mi aspecto me ha salvado.  Soy igual que ellos. Visto ropa pobre y raída, mi cabello y barba están mal cuidados, no tengo barriga. Evidentemente, no soy uno de los hombres adinerados que han concebido y apoyado la muerte de César. Me permiten continuar mi camino. Cuando cruzo entre los guardias dirijo una mirada de reojo a los cuerpos que se amontonan en el arroyo. Otros no han tenido tanta suerte. No me detengo, sé que tras de mí hay quien vigila mis reacciones.

No es el último control que encuentro y en cada puesto se repite la misma historia. De nada me sirve haber franqueado los otros, hay que empezar desde cero. Cuando llego al burdel dónde trabajas, se me ha hecho ya muy tarde. Lo encuentro lleno de clientes.

Tras matar, incendiar y saquear, estos ciudadanos han decidido otorgarse una recompensa. Risas y cantos llenan el lugar. Hombres y mujeres se retuercen entrelazados sobre los lechos, sobre el pavimento, allí dónde el deseo les ha alcanzado, allí dónde queda un sitio libre. Las eslavas recorren la sala llevando ánforas de vino, bandejas de carne, cestas de fruta. Caminan con cuidado, vigilando donde ponen los pies, para no pisar los cuerpos que yacen en el suelo, inconscientes por el vino o debatiéndose aún en los espasmos del amor. Un grupo de músicos toca en un rincón pero nadie les presta atención, puesto que el rumor de tantas voces aplasta su música. La obscuridad vela sus caras, sólo se alcanza a ver las manos que recorren incansables los instrumentos.

Cruzo la sala y asciendo corriendo por la escalera, hacia tu aposento. Temo que no me esperes. He tardado demasiado. Un día tan bueno para el negocio como hoy no puede desaprovecharse, debes estar trabajando. No te tendrá cualquiera, sin embargo, y menos uno de los don nadie que se revuelcan en la sala común. Tu precio es alto y sólo los más acaudalados pueden presumir de haberte tenido entre sus brazos. Nunca he llegado a explicarme por qué te has encaprichado conmigo, por qué me reservas un día entero cada semana, cuando un pobre poeta como yo jamás podrá pagarte ni la décima parte de una de tus horas.

Cuando abro la puerta, me saluda tu sonrisa, más preciosa que todas las sedas y todas las joyas que cubren tu cama. Es nuestro día, aquél en que podemos olvidarnos de nuestras miserias y de nuestras decepciones. Tú me has aguardado y yo he venido. Nada más importa.

Hemos terminado, pero en vez de apartarme, me quedo un rato más en tu regazo. Me estrechas contra tu pecho y me acaricias el cabello. Tu calor adormece y embota mi cuerpo, difuminando el contacto duro y estrecho de tus brazos y tus piernas contra él. Rompo a llorar. No me preguntas nada, sólo me abrazas aún más fuerte. No hubiera sabido que responderte.


El revoque aún está fresco. Si lo tocase, la huella de mis dedos quedaría impresa en su superficie. Sin mirar, extiendo el brazo hasta uno de los cuencos y remojo el pincel en la pintura. Al alzarlo hacia el techo, una gota cae sobre mi frente. No me la limpio. No tengo tiempo. Debo acabar antes de que el techo se seque o tendríamos que picarlo entero y empezar de nuevo.

Con mucho cuidado trazo el perfil de un pájaro, siguiendo los puntos que indican su contorno. Sus alas están extendidas para remontar el vuelo. Lleva una baya en el pico con la que va a alimentar a sus polluelos. No me ocupa mucho dibujarlo, así que tomo otro pincel y comienzo a rellenarlo de color. El pico, el punto de los ojos, las plumillas de la cabeza y el cuello, el plumón del pecho, las largas remeras, las escamas de las patas.

Me vuelvo de repente, sobresaltado. El maestro está detrás de mí, observando mi trabajo.

“Me habéis asustado, maestro. Quería terminar esta parte del techo antes de que nos fuéramos”

“No está mal. Vas cogiendo soltura, pero déjame”

Toma otro pincel y comienza a dibujar una maraña de líneas sin sentido. De vez en cuando se detiene, medita un instante y añade una nota de color.

“Mira ahora y dime que te parece”

Se aparta para dejarme ver. Su pájaro está volando sobre nuestras cabezas. Recoge sus alas y se lanza como una flecha sobre el arbusto que está pintado más abajo en la pared. Comparado con éste, el que yo he pintado no es más que un garabato informe.

El maestro apoya su mano en mi hombro.

“ Acaba de pintar el fondo del techo antes de que se seque.”

Termino y desciendo del andamio. El maestro está pintando el rostro de un niño. El pequeño acaba de descubrir la escena que se desarrolla junto a él y se vuelve sorprendido. Tan absorto está, que no se da cuenta de que ha inclinado demasiado el cesto de frutas que lleva y que éstas se están precipitando al suelo, rodando y esparciéndose por doquier.

Sigo la mirada del niño. Un héroe y una diosa acaban de encontrarse. Esta zona aún no ha sido pintada. Sólo las siluetas de los personajes han sido trazadas sobre la pared aún desnuda, con leves indicaciones que muestran la posición de las manos, la situación de boca y ojos, la expresión que adoptarán.

El maestro da la última pincelada. Seca el pincel con un paño y se levanta. Mi presencia no  le sorprende.

“¿Qué piensas?”

“Si sólo pudiera pintar como vos…”

“Lo harás. Yo también tuve que pintar muchos techos cuando era aprendiz. Al menos ya no te toca moler los colorantes y aplicar el revoque. Algo has avanzado”

Ambos guardamos silencio.

“Señor…”

“Dime”

“¿Cuándo vais a pintar la escena principal? Estoy ansioso por verla, con el esfuerzo que ponéis en los detalles, estoy seguro que será algo fuera de lo común.”

“Es la parte que menos me importa”

“¡Pero es la escena central! ¡La que da sentido al resto!”

“Y por la que me pagan. Cierto, Esa escena será lo primero que se verá cuando se entre por la puerta. Por eso no puedo defraudarles”

“¿Defraudarles?”

“Exactamente. Aunque nadie lo diga, todos esperan que esta escena se represente de una forma precisa. El héroe debe mostrar bravura y fortaleza. La diosa, nobleza y sabiduría. Todos los gestos, todos los colores deben subordinarse a este fin. Ninguna  fantasía está permitida.  Siempre debe aparecer lo mismo, como si se aplicase el mismo calco una y otra vez. Para eso mi talento no es necesario. Cualquiera de vosotros, hasta el menos dotado, podría pintarla igual de bien que yo. Muchas veces he pensado en dejarlo en vuestras manos, pero creo que los clientes no se sentirían muy contentos si lo descubrieran…” Se sonríe para sí “Si sólo tuviéramos que pintar lo que a ellos les place…”

“¿Qué hay que pintar entonces?”

“Lo que nos haga aprender. ¿Por qué crees que le doy tanta importancia a los detalles? Otros colegas dejan toda esa labor a sus ayudantes, al fin y al cabo no da dinero y ocupa demasiado tiempo, el tiempo que necesitan para aceptar otros encargos. Así les va. Nunca dejarán de ser unos pintamonas. Se han sentado en su arte y sólo les preocupa en la medida en que cubra sus gastos. Es una actitud muy apropiada para un bodeguero, pero si quieres llamarte pintor… Escucha bien, lo serás cuando pintes una casa sumergida en la luz del verano y te acuerdes de incluir en ella un toldo hinchado por el viento, cuando logres que un perro mire lleno de admiración a su amo, o que un gato aceche con ojos desorbitados a la presa que está a punto de atrapar. Entonces podrás llamarte pintor, si encuentras el color verdadero de la carne, si cuatro líneas tuyas bastan para crear un rostro y en él se refleja el temor, la espera, la meditación, la tranquilidad, el odio o la resignación. Todos tus colegas se tirarán de los pelos, incapaces de descubrir tu secreto… Pero ten cuidado, mucho cuidado”

“¿Con qué?”

“Nunca hay que olvidar a los ignorantes. Si no les das lo que piden, no te lo perdonarán. Pon lo que exigen en el lugar más visible, ahí donde no puedan dejar de encontrarlo. Lo que te interesa, no lo subrayes ni lo destaques. Sitúalo en el lugar que le corresponde, con sus tonos apropiados, no otros. Aquellos que saben, aquellos que entienden, sabrán qué buscar y cómo.“


La obscuridad nos rodea y separa, pero me bastaría estirar el brazo para tocarte. Escucho tu respiración, lenta y pausada, al igual que tú escuchas la mía. Sé que estás despierta, pero no quiero hablarte. Dejo pasar el tiempo, sabiéndote a mi lado, seguro de que no te marcharás, olvidado del mundo que se derrumba fuera de estas cuatro paredes.

- He escrito más versos.
- ¿Y ahora me lo dices? Léemelos. A qué esperas.

Doy lumbre a la lucerna y me levanto por el rollo de poemas que guardo entre la ropa. Cuando vuelvo al lecho, te has incorporado y sentado sobre la cama, cruzando las piernas. La débil luz de la llama tiembla sobre tu rostro, sobre la fina red de arrugas que comienza a formarse en tu piel, sobre tus pechos que empiezan a vencerse. La impaciencia te consume, Te abalanzas sobre mí, con la intención de arrebatarme el rollo, y forcejeamos juntos por su posesión.

Casi se nos olvidan los poemas, pero logras calmarte y vuelves a sentarte. Jadeas y en tu rostro se refleja el agotamiento de tantos años, la monotonía, la frustración. Es sólo un momento. Cuando descubres que te miro, vuelves a sonreírme, tu rostro se ilumina, retornas a tu juventud. Eres cruel, sabes que no puedo soportar el brillo de tu mirada cuando te pones así, y, sin embargo, no tienes reparo en jugar conmigo. Aparto la cabeza para no verte, pero cada vez que la levanto, estás ahí esperándome, vuelvo a encontrarme con tus ojos, con tu sonrisa maliciosa y picara, y no tengo otro remedio que hurtar de nuevo la mirada. Ríes despreocupada y confiada, como una niña.

- Vas a dejarlo ya o no.
- Vale, vale, no te pongas así.

Finges ponerte seria, aparentas arrepentimiento e inclinas la cabeza, contrita, pero lo haces mal a propósito, apenas puedes controlar la risa que te domina. Me acerco a ti y rozo tu mejilla con el puño cerrado. No me miras. Te esfuerzas en permanecer seria y digna. Rompo en carcajadas.

-¿A que esperas? – susurras

Me recuesto contra la pared y desenrollo el papiro. Tú te acurrucas contra mi hombro. Siento tu pecho rozar contra mi brazo. Comienzo a leer.

Primero dame un beso y luego dos más
Continua con mil y sigue con cien
Y luego otros cien y después otros mil
Hasta que perdamos la cuenta
Y no nos importe tener que ignorarla
Entonces empieza de nuevo
Primero dame un beso y luego dos más

Tu risa me interrumpe.

-¿Qué pasa ahora?
-¿Cómo puedes escribir algo así? – dices mientras tus brazos se enroscan alrededor de mi torso
-¿Qué tienen de malo?
-¿Qué qué tienen de malo? Son una cursilada. Peor que eso, seguro que estabas pensando en mí cuando los escribiste. ¿Aún no te has dado cuenta de con quién estás ahora mismo? – tu voz se quiebra. Nunca la había oído en ese tono.

Tú eres una prostituta que me recibe una vez a la semana. Yo soy un poeta a quien sus versos no le van a sacar de la miseria, pero ahora, sobre este lecho, somos iguales que los reyes.

¿Cómo era aquello?

“Ni toda la gloria de Alejandro, ni todas las riquezas de los reyes, valen lo que el lento transcurrir de una tarde de verano o el secreto frescor de un vaso de agua”

Mi mano está en tu mejilla. Cierras los ojos y te aprietas contra ella.

“No pienso volver a pintar. Jamás en la vida. Es inútil que intentes convencerme.”
 

“¿Te crees que nadie sufre en este mundo, aparte de ti? ¿Te acuerdas de Cina? Has leído sus versos, incluso un día os presente. Ahora está muerto, su nombre era demasiado parecido al de un conjurado”

“Cina ha tenido mucha suerte. Ha muerto antes que su obra. Yo he tenido que ver como esos bárbaros asaltaban la casa de Bruto y la prendían fuego. No he podido hacer nada por evitarlo. En el lugar donde estaban mis frescos, ahora sólo quedan escombros requemados. Me había dejado la vida en ellos, había puesto todo de lo que soy capaz y ahora no queda nada. ¿Te enteras? ¡Nada en absoluto!”


“¿Eso es todo? ¿Te conformas con no ver ni sentir? Te voy a poner un ejemplo. Dentro de unos años, el nieto o el bisnieto de Bruto se cansa de ver unos garabatos pasados de moda y decide picar las paredes. Eso no debería importante. Tú ya estarás muerto.”


“Eso no va a ocurrir. Las personas que poseen mis pinturas son personas entendidas, no unos incultos que no tienen dónde caerse muertos”


“¿Por qué no va a ocurrir? ¿Por qué tú lo digas? Tú eras el primero en reírte a escondidas de los bocetos de tu maestro. Decías que estaban faltos de inspiración, que eran torpes y repetitivos. ¿Crees que no van a opinar lo mismo de los tuyos? Aunque seas un genio lo harán. Espera a que el último pintamonas haya copiado tus trazos, entonces tus pinturas sólo servirán para aburrir. Preferirán cualquier novedad, aunque la ejecución sea torpe y los colores estridentes. Métete eso en la cabeza.”


“¿Quieres palabras duras? Yo también tengo puedo decirte unas cuantas. Tú y todos los poetas escribís sólo para el momento, para agradar a la mujer con la que queréis acostaros, para adular al rico que os mantiene, para entretener a los comensales de una cena. ¿Crees que alguno recuerda tus versos? A los postres ya se les han olvidado. En cambio, yo y el arquitecto que ha construido la casa donde voy a pintar trabajamos para la eternidad, para personas que van a vivir allí un día tras otro, que van a crecer y envejecer rodeados de nuestra obra, para quienes va a ser tan suyo como su brazo o su pierna. Por eso es tan terrible su destrucción, es como si te lo amputaran.”


“Sin darte cuenta me das la razón.“


“No te doy la razón.”


“Sí me la das. Mira, ¿Crees que me importa que recuerden más una indigestión que mis versos? Si fuera así, me hubiera hecho cocinero. ¿Qué tu arte es más duradero que el mío?. También lo sé. Quizás alguno de mis poemas esté de moda una temporada o dos, pero dudo que la próxima generación recuerde mi nombre. No todos tenemos la suerte de Homero, si es que existió en realidad. Soy consciente de todo eso y sin embargo sigo escribiendo, pues no busco el aplauso, ni la fama, ni la riqueza. Tú haces como yo”


“No hago como tú. Tu actitud es suicida. Hay que contemporizar o si no, te convertirás un paria o un apestado.  Nadie puede colocarse aparte de todo el mundo.”


“Sí que haces como yo, porque tú tampoco pintas por dinero o por fama. Si sólo quisieses eso, te bastaría con calcar patrones en las paredes y colorearlos. Tienes la técnica suficiente para que cada copia parezca una obra nueva y original. ¿Actúas así? No, quieres que tus pinturas estén vivas, al contrario que las de tus competidores que sólo son una colección de monigotes.”
“No puedo pintar de otra manera... El día que no pueda…”


“Romperás tus pinceles. ¿Ves porque digo que somos iguales? Ambos creamos para nuestro propio placer. Lo que nos mueve es  un deber íntimo e ineludible, tan necesario como respirar, comer o dormir. Si fueras un mercader podrías dejar de pintar. Podrías convencerte en cualquier momento de que no merece el esfuerzo, de que lo que ganas no compensa tus sacrificios y de que mejor te iría vendiendo trigo o madera. Por desgracia, esa opción te está vedada.”


”¿Por qué?”


”Porque no está en tu mano cambiar a los hombres, ni impedirles que destruyan lo que es bello. Por el contrario, sí está a tu alcance pintar. Te ha sido concedido, de la misma forma que a mí me ha sido concedido escribir. No puedes traicionar ese don. No puedes rendirte.”


“Pero no puedo soportarlo más, es demasiado doloroso. Creas y luego tienes dejar tu obra a merced de cualquier salvaje que se crea con derecho a mutilarla y desfigurarla. No puedo tolerarlo. No puedo permitir que tengan ese destino.”


“Tendrás que acostumbrarte. ¿Crees que no se han reído de mis versos? Los han retorcido y reformado hasta hacerlos irreconocibles, para poder burlarse de ellos o hacerlos pasar por suyos. Sin embargo, me he acorazado. Sus dardos ya no pueden alcanzarme. El mundo es así. Tienes que aceptarlo. No podemos hacer nada. Lo que hoy es adorado, mañana será aborrecido. Esa es la única verdad. No podemos proteger a nuestras obras una vez que han abandonado nuestras manos.”


“Como si fueran nuestros hijos.”


“De la misma forma. Al igual que a ellos, los engendramos, los alimentamos, los vestimos y educamos para entregarlos al mundo, sin saber que les espera allí. Deberíamos negarnos a procrear. Deberíamos negarnos a pintar y escribir. Más aún. Deberíamos encerrarnos en una habitación y negarnos a comer. Sin embargo, nadie obra así. Seguimos aferrados a la vida, por muy dura y horrible que sea.”


“Porque siempre hay esperanza, porque mientras estemos vivos, siempre podremos alcanzar la felicidad.”


“Nosotros o los que nos sigan. Si ven que no nos hemos rendido a pesar de todas las dificultades, a pesar de nuestra frustración y desaliento, ellos continuaran trabajando y luchando.”


“Una sola obra nuestra que les llegue bastará.”





-¿Qué hora es? Me he quedado dormido.
-No te preocupes. Aún queda mucho tiempo. Duerme. Duerme.
-Imposible. Ya no podré. La mañana se acerca. Dentro de poco tendremos que separarnos… A veces  pienso…
-No te lo guardes. No hay nada peor.
-Pienso en cuando lo nuestro termine. En cuando tú no quieras recibirme o yo no desee visitarte. ¿Cuánto tiempo nos queda aún de felicidad? Nada es eterno… Sabes, creo que me gustaría morir antes de… antes de ese día en que comencemos a aburrirnos
-No pienses en la muerte. No pienses en el futuro. Lo que tenga que venir, ya vendrá. Demasiados días nos aguardan para lamentarnos. No es necesario empezar ahora. Ahora es el momento de ser feliz. Aprovéchalo. No lo dejes ir.
-¿Aunque el mundo se esté derrumbando?
-El mundo siempre está derrumbándose.


El maestro ha cambiado en estos últimos meses. Ha despedido a todos sus aprendices.  Mi presencia es la única que no le enoja. Él se ocupa ahora personalmente de todo el trabajo, prepara la pared, mezcla los colores, traspasa los diseños al muro. Todas las tareas monótonas de los aprendices las ha hecho suyas. A pesar de esas nuevas cargas que se ha echado encima, no rechaza ningún encargo. Se ve obligado a pintar cada día más y más horas, robando tiempo al sueño y a la comida, pero no le importa, sólo quiere pintar, pintar, pintar. No sé que genio malo se ha apoderado de su alma.  Cada día está más delgado y las ojeras que cubren sus ojos se han vuelto permanentes. Temo que se desplome frente a mí en cualquier momento, muerto de agotamiento, pero él continúa pintando frenéticamente, sin pausas, sin descanso. La propia tensión que le consume le mantiene en pie.

Nunca había pintado mejor. Nunca había sido tan audaz. Moja la esponja en la pintura y la arroja contra la pared. Salpica con otro color sobre la mancha aún fresca. Sumerge sus dedos en los tintes y recorre con ellos la pared. Cuando se aparta, veo alzarse las montañas, ocres y opacas, en el horizonte ardiente del atardecer. Otras veces, son arboles y casas, rocas y cascadas que se materializan entre la niebla. Ya no hay partes más o menos importantes. Todo es uno. Parece soñar con el momento en que sea imposible eliminar cualquier fragmento de su obra, por pequeño e insignificante que éste sea, como si quisiera dotarla de los medios con que defenderse por sí sola de cualquier agresión.

Desconozco la razón por la que me mantiene a su lado.  “Mira”  me dice  “contempla esto. Esto es pintar de verdad. Mi obra anterior no eran más que pintarrajos de niño.”  y sigue pintando a increíble velocidad, como si quisiera recuperar los años que ha perdido. “Aprende” me advierte “No tendrás una oportunidad igual” pero no me deja tocar los pinceles, ni siquiera acercarme a la pared. Soy un simple espectador de su arte,  un testigo de su gloria.

No puedo continuar así, llevo meses sin pintar nada, me estoy oxidando. Tengo que buscarme otro maestro, me repito todas las noches cuando me acuesto, pero al día siguiente vuelvo a acompañarle y a seguir su juego. Me da pena. Si yo desaparezco, nadie querrá ocuparse de él. Nadie.

Los clientes han comenzado a abandonarle. No pueden soportar su obra, les da miedo. Lo que mi amo pinta no son las imágenes que uno espera ver cuando intenta conciliar el sueño en su cubículo, cuando invita a los amigos a comer a casa o cuando se sienta a tomar el fresco en el patio. Su pintura es demasiado dolorosa, demasiado real, demasiado cercana. La gente sacude la cabeza al verlo, preocupada. Comienzan a hablar de él en tiempo pasado. No le encargan nada.

El trabajo escasea, el dinero nos falta, pero mi maestro no se da cuenta. No puede permanecer inactivo. Ha comenzado a pintar las paredes y los techos de nuestro taller.  “Ahora soy libre” grita “ya no tengo que pintar para nadie, sólo para mí” pero su pasión hace que los pinceles se quiebren en sus manos. Ya no le sirven para nada, no puede plasmar con ellos las ideas que bullen en su mente. Ellos pagan su impotencia y su frustración. Nada de lo que hace le satisface. La rabia y la desesperación le dominan, golpea la pared con sus puños y  hace trizas los tarros de colorantes, como si éstos pudieran sentir dolor o responderle.

Acaba de tener un nuevo ataque. Ahora yace en el suelo, en medio de un sueño inquieto, luchando, combatiendo por su ideal. Le contemplo desde el umbral del taller, por última vez, antes de cerrar la puerta tras de mí.


Las calles de Roma están llenas de legionarios. Se despiden apresuradamente de los suyos y corren a unirse a sus unidades. Luego marchan por las calles, entre los vítores y aclamaciones de la plebe. Las ancianas les arrojan flores, las jóvenes se cuelgan de sus cuellos y les regalan besos. – ¡Vamos a vengar a César! – gritan hasta enronquecer – ¡Ay de sus asesinos! – La ilusión y el entusiasmo brillan en los rostros de todos. Ya ven en sus manos el botín que van a obtener de los enemigos, ya aran las tierras con las que van a ser recompensados tras la campaña. Adiós a la pobreza, hasta nunca a las privaciones, se dicen, mientras sonríen y saludan a los que les vitorean. Sin embargo, su alegría es sobrepasada por la de sus jefes, aunque éstos la oculten celosamente. El mundo es suyo. Una vez derrotados los conjurados, podrán ejercer el poder sin oposición ni impedimentos, como ni Flaminios, ni Escipiones, ni Gracos, ni Silas pudieron soñar jamás.

Yo ya poseo mi propia gloria, mi propio tesoro. No tengo que embarcarme a tierras lejanas, ni arriesgar mi vida. Sólo el breve espacio de una semana me separa de ella. Me basta con esperar para tenerla de nuevo por entero, para mí solo, simplemente porque ambos lo deseamos así. Mientras aguardo, tengo mi oficio, la dura e ingrata labor de pegar palabras una detrás de la otra, para formar versos y con ellos estrofas. Si ella ríe al leerlos o sus ojos se emocionan, merecerá la pena. Esta vida merecerá la pena

Nota: El entierro de César fue así en realidad. El resto de la peripecia es inventado, aunque los frescos que aparecen se corresponden con frescos reales y los versos son de Cátulo.