martes, 23 de noviembre de 2010

The Most Holy War (y I)

As we shall see, militants remained the minority, largely experiencing  the wars as observers or victims of defeat and displacement. Nonetheless, then as now, militancy proves specially dangerous when combined with political power. It creates a delusional sense in those who rule of being chosen by God for a divine purpose and reward. It encourages the conviction that their norms alone are absolute, their form of government is automatically superior to all others and their faith is the only really true religion. Such fundamentalists demonize the other as evil in the psychological equivalent of declaring war, cutting off all possibility of dialogue or compromise. They no longer feel obliged to treat their opponents as human beings. But such self confidence is inherently dangerous to themselves as well as their enemies. The belief in divine assistance encourages fundamentalists to take risks, convinced that mounting odds are merely part of God's plan to test their faith. They remain convinced that ultimate victory is theirs by right. This can stiffen resolve and motivate stubborn resistance, but this is poorly suited to achieve military success.  Fundamentalists have no real knowledge of their opponents, whom they make no effort to understand.

Europe's Tragedy. Peter H. Wilson.

El libro al que pertenece el párrafo citado es una larga (más de ochocientas páginas) y detallada crónica de el conflicto por antonomasia del siglo XVII. Una guerra que supuso un auténtico first en la historia, no sólo por ser la primera de las grandes guerras generales que ensangrentaron Europa hasta 1945, sino especialmente porque la devastación que produjo y la devastación que desató casi no se superaron hasta la llegada de las guerras mundiales del siglo XX, lo cual unido a su larga duración, casi interminable para sus contemporáneos, de los que muy pocos llegaron a verla empezar y terminar, hizo que su sombra planease durante siglos sobre la historia europea, como ejemplo de los extremos a los que la locura  humana en general y la intolerancia religiosa en particular podía llevar (por supuesto, la locura y la intolerancia de nuestros enemigos).

Sin embargo y a pesar de que el Imperio Español en Europa casi se derrumbó de resultas del conflicto, la visión que tenemos los españoles de esa guerra es la de algo muy gordo que sucedió muy lejos, rodeado por una obscuridad casi impenetrable, de la cuál surgen acontecimientos aislados, la ocupación del Palatinado, Nordlingen, Rocroy, para desaparecer casi inmediatamente. Por supuesto, sintetizar en unos cuantos párrafos de un texto escolar un conflicto de treinta años de duración que acabó involucrando a casi toda Europa y sus incipientes imperios coloniales, es una tare imposible, pero aún así ni siguiera se nos llegó a transmitir la importancia de ese conflicto que quedaba, como digo, completamente desdibujado (y no creo que las cosas hayan mejorado en los últimos años, con esa tendencia hacia una soft education al alcance de todos los públicos).

Con ese background, pueden imaginarse mi sorpresa y emoción cuando, unos años más tarde, leí las cuatro páginas que se dedican a esa guerra en el famoso Atlas  Histórico Mundial, de Kinder/Hilgemann. Es cierto que la obra ha envejecido mal desde su publicación en los años 60, que ciertas partes necesitarían una profunda revisión, y que aún entonces, ciertos periodos y países no era tratados como deberían, mientras que en la historia de otros quedaban clamorosos espacios en blanco. Sin embargo, el hecho de venir acompañado por una apabullante variedad de mapas, casi la mitad del libro, conseguía que los magros y áridos datos presentados cobrasen vida, que el lector sintiese el peso y la importancia de los hechos históricos, al verlos dibujados sobre la superficie terrestre.

En el caso de la guerra de los treinta años, ese efecto era especialmente sobrecogedor. Los ejércitos enemigos se trasladaban a lo largo y ancho del Imperio Germánico, que en aquel tiempo englobaba no sólo Alemania, sino Chekia, Austria, Bélgica y Holanda, además de amplios territorios de Polonia, Hungría, Eslovaquía, Francia e Italia. Esa movilidad era inusitada desde tiempos del Imperio Romano y recordaba las invasiones catástróficas de bárbaros y nómadas que habían constituido la norma durante la edad Media. Ya sólo ese detalle bastaba para sentir, como digo, la magnitud del conflicto, pero esta sensación se convertía en sobrecogedora, si a eso se unía una larga lista de batallas decisivas que ponían fueran de combate a uno de los protagonistas, pero que a la larga sólo servían para extender y ampliar el conflicto, implicando a Suecia, España, Francia, alargando la guerra y exigiendo gastos y sacrificios constantes, que a su vez provocaban que las estructuras de esos estados se resintiesen, de forma que la guerra exterior se transformaba en guerra interior, en forma de Fronda o rebeliones en Portugal y Cataluña.

Así, de la forma más gráfica posible, se podía ver como una guerra local se transformaba en una guerra casi mundial, en una vorágine de destrucción y crueldad, donde los objetivos primigenios, la defensa de la fe y la libertad de los estados, acababan por ser olvidados y terminaban sustituidos por la más descarnada razón de estado, la mera supervivencia, el simple yo no perderé pase lo que pase, después de todo lo que llevamos luchado.


Con esto baste para esta entrada, pero,  dado que esto pretende ser una serie de artículos ,cabe preguntarse qué interes tiene ahora este conflicto,cuando a nadie le importa ya lo que crea o deje de creer su vecino (o al menos no va embarcarse en una guerra por ellos) y cuando las guerras generales europeas son una cosa del pasado, substituidas por esta larga paz de la Unión Europea.

Simplemente porque, como bien indica el párrafo, gran parte de la tragedia y la desolación de esa guerra fue obra de fanáticos de ambos bandos, y aún cuando hoy ya no existan esos fanáticos, su espíritu sigue habitando entre nosotros, expresado en la certeza de tener razón, de que la victoria final será nuestra, y de que el enemigo será derrotado finalmente, por lo que no es necesario negociar con él, ni por supuesto llevar cuenta de los sacrificios se necesiten para destruirle.

Y si alguien quiere ejemplos, no tiene más que mirar alrededor suyo. Demasiados hay, de uno y otro bando.