lunes, 8 de noviembre de 2010

FdI Cuento XVIII: Año 82 a.C. Roma

Lunes, Forjadores de Imperios. En esta ocasión, volvemos al ciclo romano y para mí, estos tres cuentos finales figuran entre lo mejor que haya escrito, especialmente porque como decía un amigo mío, en ellos comenzaron a filtrarse los sentimientos, mientras que los anteriores eran especialmente fríos.

Así que les dejo ya con el de esta semana, el peor de los tres que cierran el ciclo romano.

Año 82 a.C: Roma

Coronáis la última colina. La vista de la ciudad de la que habéis sido expulsados os da nuevo brío y coraje. Descendéis como un alud sobre las murallas, rota vuestra formación, arrastrados por vuestro propio entusiasmo. Vuestros gritos de júbilo y triunfo llegan hasta nosotros, pobres mujeres que os observamos desde las murallas, y nos encogen el corazón.

El enemigo también os ha oído. La alarma ha sido dada. Salen a vuestro encuentro en pequeños grupos. Demasiado tarde. Uno tras otro los rodeáis y desbaratáis. La resistencia cesa. La desbandada se generaliza. Vuestros oponentes corren hacia las puertas, presa del pánico, buscando la protección de las murallas. Os mezcláis con ellos, vais a entrar a su lado, vais a tomar la ciudad.

Alguien cruza corriendo a nuestra espalda – ¡Cortad la cuerda! ¡A qué esperáis! – Unas ruedas chirrían. Una cadena se desenrolla fuera de control. Una masa de hierro se desploma. Un alarido de dolor surge bajo nuestros pies, taladrando nuestros oídos. El rastrillo ha caído sobre amigos y enemigos. La ciudad está cerrada.

Un grupo de arqueros toma posiciones junto a nosotros y comienza a disparar hacia el interior de la ciudad, contra los pocos de vosotros que han conseguido franquear las puertas. Sus rostros son fríos e inexpresivos, ojos fijos en el objetivo que están cazando, dientes apretados. No se apresuran. Toman una flecha del carcaj, apuntan y disparan. Toman una flecha del carcaj, apuntan y disparan. Nada en su expresión muestra si han acertado o no. Nada indica si tendremos que llorar a un ciudadano muerto por otro  ciudadano.

Llegan más soldados. Sudorosos, pálidos, aterrorizados. El adarve se cubre de ellos. No nos prestan atención. El asalto es inminente. Sin embargo, vosotros os habéis detenido. No sabéis que hacer. No tenéis máquinas de asalto, no tenéis escalas. Los enemigos que han quedado afuera arrojan sus armas, tienden sus manos hacia vosotros y os imploran compasión, arrodillados, postrados, cubiertos de lágrimas, gimiendo como niños.

Es sólo un instante. Un momento perdido. Basta una lanza arrojada desde las murallas, es suficiente que uno de vosotros se desplome atravesado, para que la ira vuelva, ese odio maldito que ha ensangrentado a Italia entera y sembrado de cadáveres sus campos. Giráis a la derecha, atravesando entre los suplicantes, cortando las manos que os tienden, aplastando las cabezas que os ruegan. Corréis a lo largo de la muralla, barriendo lo que encontráis a vuestro paso, buscando una brecha, una puerta menos protegida que ésta. Desde el adarve, todos, soldados y mujeres, observamos vuestra progresión hipnotizados, sin reaccionar, igual se contempla la marcha de una bestia enfurecida.

Alguien tira de mi manto. Sigo con la vista la dirección de una mano. En el horizonte, en la misma dirección por la que habéis venido, se aproxima otro ejercito a marchas forzadas, precedido por el estrépito de timbales y cornetas. Es Sila. Sila que acude en socorro de la ciudad. Sila que viene a destruiros. Sila, a quien no vais a descubrir hasta que le tengáis encima, hasta que nada pueda ya salvaros.

Me dejo caer al suelo y me acurruco contra el parapeto. Cierro los ojos y me tapo los oídos. No quiero ver más. No quiero oír más. Estoy asqueada de muertes, harta de matanzas, harta de ver como os destripáis día tras día, sin pausa, sin fin, sin que cejéis en vuestra locura. No quiero encontrarme con tu rostro, hijo mío, mi bien, mi tesoro, en medio de la refriega que va a tener lugar. No quiero descubrir la lanza que va a atravesarte, la espada que va a hendirte, sin poder avisarte, sin poder interponer mi cuerpo en su camino, sin poder salvarte.

Gritos de desesperación y agonía. Pasos apresurados que cruzan a mi lado sin detenerse. Juramentos, órdenes. Alguien zarandea mi cuerpo y se marcha.

Silencio.

Vuelvo a abrir los ojos. Ya no hay soldados. Las mujeres que me acompañaban siguen aquí, a mi lado. Su mirada se pierde en algún lugar situado fuera de las murallas, en la explanada que se extiende al pie de ellas. Una de las mujeres repara en mí y me ayuda a levantarme. Ahora yo también lo veo. Debería llorar, debería gritar de dolor, arrancarme los cabellos y arañarme la cara, pero ninguna actuamos así. Ya no podemos sufrir. Vuestra locura también nos ha hecho insensibles. Todos los campos de batallas son iguales. Escudos, cascos y espadas esparcidos. Hombres yacientes, solos, abrazados en el momento de darse muerte, apilados en montones. Siempre la misma escena, eternamente repetida, eternamente mostrada.

Descendemos de la muralla, pero los guardias nos impiden salir a la explanada. Orden de Sila. Nadie puede salir. Deberemos esperar hasta mañana para buscar entre los cadáveres el que nos pertenece. Da igual que entre nosotros haya madres y esposas de los vencedores. De igual que supliquemos y lloremos. Da igual que recordemos a los guardias que ellos también tienen madres y esposas. Si cedieran, si se comportaran como seres humanos, si nos mostraran misericordia y nos franquearan el paso, su vida no valdría nada. Eso es lo que espera a todo aquél que desobedezca una orden del nuevo amo de Roma.

El sol se está poniendo. Vuelvo a casa. Sé que si estás ahí afuera, nadie tocará tu cadáver. Sila ha prohibido que se dé sepultura a sus enemigos. Sin excepción alguna. Si te encuentro mañana, me obligarán a abandonarte, prenda mía, mi vida. No lo haré. Me quedaré contigo. Te haré compañía el año que tu sombra debe vagar antes de serle concedido entrar al Hades. Ya soy vieja y no tengo nada que me retenga aquí. Tu padre ha sido ejecutado. Tú has desaparecido. Ojalá te encuentre. Así podré dar término a esta espera que me consume, a esta angustia continua que me roe, a ése agudo no saber si vives o mueres.

Entro en nuestra casa, este cascarón vacío que fue nuestro hogar. No hay nadie, los esclavos han huido, nuestros parientes la evitan. Mis pasos resuenan en las habitaciones desnudas. No enciendo ninguna luz. ¿Para qué? Conozco perfectamente el camino hasta mi cubículo. Me basta con seguir las paredes con la mano. Me acuesto sin desvestirme, sin prepararme nada de cenar, de tan cansada como estoy. El sueño sobreviene casi de inmediato, pesado y vacío como dicen que debe ser la muerte. Liberador. Redentor.

Te llevo en mi vientre. Ya falta muy poco para el día. Tu peso me abruma. Tengo que pasar la mayor parte del tiempo sentada o tumbada. A veces siento como te mueves en mi interior. Entonces acaricio mi vientre y te hablo. Tu padre se ríe de mí cuando me ve hacer esto, pero yo continuo sin prestar atención a sus reproches. Te hablo de nosotros, de la ciudad y los campos, del futuro que te espera, de las grandes cosas que habrás de hacer.

Me encuentro mirando al techo. Me parece que acabo de acostarme, pero la luz de la mañana entra en mi cubículo. Sé que estoy sonriendo. Me siento feliz. Por unos instantes, creo que voy a oír tu voz, discutiendo con tu padre sobre temas que no comprendo. Creo que cuando abra la puerta, se me aparecerá tu rostro, aún el de un niño, pero ya serio y preocupado, como el de un hombre.

La realidad se derrama en mi consciencia. No estás aquí. Nadie me acompaña. Estoy sola. A merced de los enemigos que te han proscrito y condenado a muerte. Pendiente de que vengan a tomar posesión de esta casa que han ganado con su denuncia. Aún no me han comunicado tu muerte, aún no he tenido que soportar que alguien se glorie de haber terminado con un enemigo de la patria, mientras pronuncia tu nombre. Todavía no me ha tocado sufrir esa humillación, pero no creo que tarde mucho. Te atraparán. Por muy lejos que huyas, por muy bien que te escondas, te encontrarán. Italia está repleta de cazadores que esperan hacer su fortuna presentando tu cabeza.

Aunque no den contigo, aunque tengan que desistir en tu búsqueda, eso no significa que sigas con vida. Toda Italia ha sido un campo de batalla. Tu cuerpo puede estar tirado en cualquier parte, a merced de lobos y cuervos. Al borde de un río, cazado cuando descendías a buscar agua. En el fondo de una zanja, pisoteado y aplastado al huir de la caballería. Al pie de alguna muralla en alguna ciudad sin nombre, despeñado al defenderla o a asaltarla.

Quizás al pie de las nuestras.

Me levanto y me arreglo el vestido. Las calles están desiertas. Nadie se atreve a aventurarse por ellas. El miedo a encontrarse con una patrulla nos mantiene encerrados en nuestras casas. Un manto llamativo, una mirada a destiempo y la detención está servida. Una vez en poder de los soldados, ni dioses ni hombres pueden adivinar lo que ocurrirá contigo. Si tu nombre se parece a alguno de los que figuran en la lista, si tienes alguna posesión que pueda despertar su codicia, tu suerte estará echada. Nadie se opondrá a su veredicto. Nadie les reprenderá por lo que han hecho. Ellos mismos se ocuparán de ejecutarte y arrojar tu cuerpo a algún vertedero.

Yo no corro peligro. Soy demasiado vieja. Para mí, cada día que amanece es un regalo que los dioses hacen a este anciana. Si no fuera porque ansío ver tu rostro de nuevo, cariño mío, ya hubiera abandonado este mundo. Cuando esté segura de que tú también me has sido arrebatado, no aguardaré más. Por ahora, mi cuerpo marchito de anciana es mi mejor defensa. Vestida con las ropas que dejaron mis esclavas, camino entre las patrullas sin temer nada de ellas. Nada tengo que pueda excitarles.

Cuando llego a las puertas de la ciudad, me permiten franquearlas, sin oponer ninguna dificultad. Otras mujeres se me han adelantado y se han puesto a buscar a los suyos. Sus siluetas negras se recortan sobre el cielo límpido y claro de la mañana. El sol aún no ha fundido la escarcha. Todo el campo de batalla está cubierto por un manto blanco y brillante, que difumina los cuerpos y suaviza su horror, pero pronto se habrá fundido como todas las mentiras y patrañas que se cuentan, que contáis todos, tú también hijo mío, sobre la guerra.

Ésta es su auténtica belleza. Éste es el honor y la gloria que espera a los que caen por la patria. Venid ahora con esas palabras tan grandes que no caben en vuestras bocas. Llamad a vuestros poetas para que reciten sus versos sublimes, convocad a vuestros filósofos para que hilvanen sus razonamientos vacíos. Intentadlo. Intentad explicar a esos cuerpos muertos porque es bueno que hayan perdido su vida. Intentad convencer a esas mujeres que rebuscan entre los cadáveres que ha sido necesario que sus hijos mueran. No podréis, pero nosotros tampoco podremos cambiar vuestras ideas. Hay que estar aquí para entenderlo. Ninguna palabra puede explicarlo. Ninguna imagen puede transmitir lo que veo ahora mismo.

Camino entre los cadáveres sin poder asentar bien el pie, temerosa de pisar algún brazo o una pierna. Observo los rostros de los caídos. La mayoría son niños sin experiencia. Algunos tienen los ojos abiertos, fijos en el cielo, perdidos en la inmensidad, contemplando respuestas que al fin les han sido reveladas. Otros parecen dormir como recién nacidos, los puños medio cerrados, las bocas entreabiertas. Han vuelto a sus cunas y esperan una mano que les acaricie el cabello.

Muchos están de espaldas y tengo que arrodillarme para darles la vuelta. No es raro que encuentre que ese cuerpo está entrelazado a otro. Se han dado la muerte mutuamente.  Tengo que desenredar sus miembros rígidos para conseguir separarlos. Mis manos tiemblan. La nausea crece en mi vientre. La mente se me llena de niebla. Muy lentamente les giro, temiendo a cada instante encontrar los ojos que me sonrieron al despedirse, los labios que me besaron para tranquilizarme.

Desconocidos. Sólo hay desconocidos. Todos los rostros están aquí, menos el tuyo. Ninguno eres tú. Debería alegrarme. Debería saltar y bailar, puesto que tú no estás aquí  entre estos muertos, pero no puedo. El dolor es demasiado grande. Por ti. Por todos.  Tomo a estos desconocidos y les estrecho en mis brazos, como si fuera su propia madre. Limpio con mi manto sus rostros embarrados y ensangrentados. Arreglo su cabello, acaricio sus mejillas y les beso suavemente en la frente. Quizá esas manos que estrecho entre las mías, dirigieron la lanza que horadó tu escudo y tu coraza, vida mía, la espada que cortó tu carne. No me importa. Todos son ahora mis niños. Todos necesitan alguien que les llore y se ocupe de ellos. Ojalá que alguien haga lo mismo con el mío cuando lo encuentre en vez del suyo.

El día ha pasado sin que yo lo notara. El sol se acerca al horizonte. La neblina lo cela y difumina. Cierro los ojos y agacho la cabeza. El desaliento me invade. Apenas he comenzado a buscar, los muertos son incontables y los que yacen aquí son sólo una pequeña fracción de los que se pudren por todos los rincones de Italia. Quisiera quedarme, seguir buscando, pero no puedo. Me siento agotada, incapaz de moverme. He gastado mis exiguas fuerzas de vieja. El frío aumenta por momentos y se filtra a través de mi manto empapado, helando mis miembros. Mis dedos están entumecidos. Siento un escalofrío.

Al pasar junto a los guardias, uno de ellos desliza una hogaza de pan en mis manos. Tardo en reaccionar y, para cuando me vuelvo a darle las gracias, no consigo encontrarle. Sólo me rodean miradas fatigadas e indiferentes. Quienquiera que haya sido, teme ser visto ayudando a un familiar de los vencidos.

Llego a casa agotada. Hoy tampoco me desvisto, ni preparo algo de cenar. Sólo deseo dormir, caer en la inconsciencia, olvidar, olvidar.

Estoy en cuclillas. He dejado de sostenerte. Tú avanzas por ti solo, alejándote de mí con pasos vacilantes. Sonrío llena de orgullo mientras te sigo con la mirada, presta a sujetarte si veo que vas a caerte. Te detienes de repente. Te vuelves hacia mí, el rostro lleno de tristeza y comienzas a llorar.

Los golpes resuenan en toda la casa. Uno, dos, dos tres, cuatro. Se detienen y vuelven a empezar. Uno, dos, tres, cuatro. Ahora se escuchan también voces. No acierto a entender lo que dicen, pero el odio y la ira son patentes en ellas. Vienen de la puerta de la calle. Me levanto y corro hacia ella a través de la casa a obscuras. Me acurruco contra la hoja y espero. Se han detenido. Deliberan. ¿Quiénes son? ¿Qué quieren?

- Sabemos que hay gente dentro. No nos hagáis tirar la puerta. Será peor para vosotros.

Los golpes vuelven a arreciar. La puerta retiembla con ellos. Entreabro la hoja para ver quién está fuera, pero la empujan violentamente y me arrojan contra la pared. El dolor del golpe casi me hace perder el sentido. Incapaz de moverme, permanezco allí dónde he caído, hecha un rebujo.

La luz de una antorcha me ciega. Aparto la mirada. Uno tras otro los veo surgir de las sombras y volver a perderse en ellas. Los cascos ladeados, las corazas mal ceñidas, los ojos vidriosos, el aliento fétido. Se tambalean y se apoyan los unos en los otros. Avanzan y retroceden sin concierto. Les oigo vagar por la casa, derribar las puertas que se les resisten, descerrajar los arcones y esparcir su contenido, volcar mesas y sillas, haciendo añicos lo que sobre ellas se encuentra. Discuten sobre cómo se repartirán los cubículos, con voces roncas y desabridas, con lenguas torpes y estropajosas que apenas alcanzan a pronunciar las palabras.

Terminan por reparar en mí. Me rodean. La luz temblorosa de las antorchas cae sobre mi cuerpo. Retrocedo. Me arrastro a lo largo de la pared hasta que mi espalda toca con un rincón. Me acurrucó contra él, tratando de cubrirme con mi stola. Ellos me observan con sus ojos bobos de borrachos, sus bocas abiertas y babeantes, sin que sus mentes lleguen a decidir que hacer conmigo.  Sólo se escucha el crepitar de las teas.

La idea cruza, salvadora, tentadora. Saltar sobre ellos ahora que están desprevenidos. Vengar vuestras muertes. Hacerles pagar cara la mía y luego terminar de una vez, arrojándome sobre la punta de sus espadas mientras me río en sus caras, mostrándoles de lo que es capaz una anciana. Tenso mis músculos, pero mis manos se cierran en el vacío. No tengo ningún arma, ni siquiera el más fino estilete. La oportunidad se ha perdido. Soy demasiado vieja para arrebatarles una de sus espadas. En cuanto intentase levantarme, les bastaría un solo golpe para quebrar mis huesos.

Uno de ellos se agacha, me toma del brazo y me levanta en vilo. Sus dedos se clavan en mi brazo como si fueran garfios. No encuentro fuerzas con las que oponerme. Intenta ponerme en pie, pero mis piernas no me obedecen, se doblan una y otra vez, sin que pueda hacer nada por evitarlo. Otro soldado acude en su ayuda. Entre los dos me arrastran y me arrojan a la calle. Caigo como un muñeco, sin poder pararme con los brazos. Mi cabeza se golpea contra el pavimento. Cierran la puerta tras de sí y me olvidan.

No siento el agua que lentamente empapa y cala mis vestidos, ni el frío que la acompaña. No percibo ningún dolor. Me hundo. Un sopor cálido y bienhechor se extiende por todo mi cuerpo. Lento y traicionero. Agradable y mortal. Mi cuerpo no me obedece. Intento cerrar la mano, girar la cabeza, pero nada de eso sucede. ¿Para qué? Nada tiene sentido, nada merece la pena. Me dejo arrastrar.

La escarcha. La escarcha sobre los cuerpos. Muñecos humanos abandonados. No quiero, no quiero que me encuentren así. No quiero que eso me suceda. Mi brazo pesa como si fuera de plomo, pero lentamente, palmo a palmo a palmo, arrastro la mano hasta mi hombro, la coloco bajo él y elevo mi cuerpo hasta que éste bascula y me encuentro sentada.

Eso es todo. No puedo continuar. Los ojos se me cierran. Jadeo por el esfuerzo. Estoy empapada en sudor frío. Tiemblo sin poderme controlar. Me enjuago el rostro y descubro que mi mano está llena de sangre. ¿Dónde estoy herida? Sigo sin sentir dolor. La modorra vuelve. Hay que reaccionar. Reúno las pocas fuerzas que me quedan y me pongo en pie. Avanzo apoyando mi peso en las paredes de las casdas, raspándome con ellas. Tengo que llegar. Cómo sea.

Mis manos arañan la puerta. No puedo sostenerme, quedo de rodillas junto a ella. Llamo. Una y otra vez. Una y otra vez, pero mis golpes son demasiado débiles. Nadie me oye. No consigo despertarlos. Gimo como un animal herido. De repente, escucho unos pasos al otro lado, la respiración de alguien que acecha. – ¡Abridme! ¡Por el amor de los dioses! ¡Abridme! –  No hay respuesta –  ¡Abridme! ¡Soy la hermana de vuestra ama! – Silencio. Los pasos se alejan. – ¡No me dejéis aquí! ¡Tened compasión! –  Otros pasos vuelven. La puerta se abre.

Veo frente a mí el rostro desencajado de mi hermana. No me reconoce. Vacila. Apenas tengo fuerzas para extender los brazos hacia ella y pronunciar su nombre. Ya no duda más. Me toma en los suyos, me aprieta contra sí y me entra en su casa, llevándome en volandas. La escucho llorar. Siento su pecho contraerse con los gemidos. Intento tranquilizarla. – No es nada, no ha pasado nada. Estoy bien.

Ella misma me desnuda y me mete en el baño, cuando el agua ya está caliente. El calor me hace temblar violentamente. Emito un gemido ahogado. Con sumo cuidado me lava, mientras sigue llorando en silencio. La observo en silencio. Toma mi cabeza entre sus manos y examina cada uno de mis cortes, cada uno de mis moratones. Procurando no apretar demasiado, los limpia con el borde de su stola y los venda.

Ahora reposo en su propio lecho. Todo lo que me envuelve es limpio y cálido. Mi hermana vela sentada a mi lado. Con ternura acaricia mi frente, mientras canturrea una nana, como haría con uno de sus hijos. Ya puedo abandonarme. Por ahora estoy segura, nadie se atreverá a forzar la puerta de la familia de uno de los vencedores. Por el momento no pueden tocarme, al menos hasta que el marido de mi hermana vuelva de la guerra y me expulse de su casa, pues no puede acoger a ningún traidor bajo su techo. Ambas sabemos que ocurrirá así, nada de lo que hagamos podrá evitarlo, pero ninguna piensa en ello. Estamos juntas, aquí y ahora. En este momento nada más tiene importancia. Mañana ya llegará, si llega. Por eso me abandono, sin miedo, sin temor, me abandono, me abandono.

Hoy es el último día. Aún eres un niño. Todavía llevas la toga pretexta que así lo indica, pero apenas quedan unas breves horas hasta que la ofrendes a nuestros lares y vistas la toga viril. Unas cuantas horas más y te unirás al ejército. Sin embargo, durante estas horas que faltan, aún sigues siendo mi niño, mi pequeño. Nada podrá impedirme, por mucho que te moleste, por mucho que te repugnen todas estas mis sensiblerías, que te tome en mis brazos y te estreche contra mi corazón, que te acaricie y te cubra de besos. Por última vez antes de que te marches, antes de que te pierda.


Mi hermana ha intentado retenerme, pero no ha podido convencerme. La he visto sacudir la cabeza entristecida mientras me alejaba, pero su dolor no puede disuadirme de intentar cualquier cosa, hasta las más descabelladas, por ti, mi única alegría, mi único gozo. Por ese motivo permanezco frente a la casa de Sila desde antes del amanecer, aguardando a que salga, aunque todos mis huesos me duelen, aunque mi rostro está hinchado y amoratado.

Desde que tomó la ciudad, todos los días, hacia el final de la hora segunda, sale de esta casa y marcha hacia el senado. Le gusta fingir que es el cónsul elegido por el pueblo y que debe informarles puntualmente del estado de los asuntos de la ciudad. Sin embargo, sólo va a sumergirse en su aprobación servil y cobarde a cualquier capricho que les proponga. Nada le complace más que ver como se humillan en su presencia.

Ya no tardará mucho en salir. No paran de entrar senadores y optimates a la casa, deseosos de acompañarle en el camino y arrancarle algún favor. La mayoría temen tanto llegar tarde e incurrir en su disfavor, que no prestan atención alguna a la anciana que espera en el pórtico. ¿Por qué deberían? Sólo soy una más entre los muchos pedigüeños que llenan la calle, esperando ansiosos poder acercarse al amo de Roma.

La puerta se abre y un grupo de soldados se precipita fuera de la casa. Sin ningún tipo de miramientos, nos empujan con sus escudos y dejan libre la calle. El nuevo dueño de Roma va a salir. Ya le veo. Sonríe, bromea con los que le rodean, pero sus ojos son fríos e implacables, los de una fiera que puede saltar sin previo aviso sobre ti. Los aduladores que le acompañan también ríen y aparentan tranquilidad, pero cuando él no les mira, el temor y la tensión afloran a sus rostros.

Aclamaciones. Vítores. Sila se detiene un instante para saludar con su mano a sus partidarios. Los soldados vuelven fugazmente la cabeza para ver que sucede, dejando un hueco entre los escudos. Me escurro por él. Un soldado intenta agarrarme y detenerme, pero otros curiosos han visto mi maniobra y siguen mi ejemplo. Ellos acaparan la atención de los guardias que intentan recomponer la barrera.

Yo sigo corriendo, la vista fija en mi objetivo, temiendo ser golpeada y derribada en cualquier momento, pero nadie se interpone en mi camino, nadie me detiene. Me arrojo a los pies de Sila y me abrazo a sus piernas. Un instante solamente. Los que le rodean me apartan violentamente y me inmovilizan. Uno de ellos desenvaina el gladio y se acerca a mí, pero Sila dice que no con la cabeza.

- ¿Qué es lo que quieres anciana?
- Clemencia, señor.  Es lo único que pido. Perdón para mi hijo. No me queda nadie más.
- ¿Está en la lista de proscritos?
- Sí señor, pero…
- Entonces no puedo hacer nada. Los traidores no pueden esperar perdón de mí – y hace de ademán de marcharse.

Intento arrojarme de nuevo a sus pies, pero mis captores me retienen.

- Señor, por favor, escuchadme. Él no es un traidor. Él es muy joven, No sabía lo que hacía.
- No está en mis manos perdonar. El partido al que pertenecía tu hijo no ha tenido reparo en ejecutar a sus oponentes sin juicio ni defensa, incluso se ha asesinado a personas cuyo único delito era conocerme. Las familias de las víctimas, la mía entre ellas, exigen justicia. No puedo dejarlas sin satisfacción.
- Pero eso fue obra de unos pocos. No se puede castigar a la mayoría por los excesos de unos exaltados.
- Si una legión retrocede ante el enemigo no castigamos sólo a los primeros en tirar las armas y huir, sino a todos lo que les siguieron. Tu hijo, y con él muchos otros, son culpables por su mismo silencio. Si hubieran puesto trabas a las atrocidades, mi perdón, el perdón de Roma, estaría asegurado, pero no ha ocurrido así. Por el contrario, han aclamado sus decisiones y las han aplaudido, incluso cuando éstas dejaban inerme a su patria ante sus enemigos. ¿Lo has olvidado, mujer? Mitrídates asolaba Grecia y amenazaba Italia. Esos irresponsables me arrebataron las legiones cuando iba a combatirle. Por su culpa, a punto estuvimos de ser derrotados.
- Pero señor, de nada de eso tiene culpa mi hijo. Su único delito ha sido obedecer a su padre. Todo hijo romano está obligado a ello, por la ley y por los dioses. ¿Debe ser castigado por respetar a sus mayores?
- La única fidelidad que cuenta es la del ciudadano a su patria. El resto es secundario. Cualquiera que no comprenda esto y no actúe en consecuencia, debe ser arrojado de la ciudad, desarraigado como las malas hierbas. Sólo así garantizaremos que estas sediciones no vuelvan a repetirse. Sólo así los ciudadanos respetuosos con las leyes podremos vivir en paz.
- Pero él no es ningún peligro. Es sólo un niño. Yo te lo garantizo.
- ¿Y quién me garantiza lo que tú afirmas?  Si accedo a tus peticiones, mañana serán diez lo que me pidan lo mismo y pasado cien. No. No puedo acceder. Liberar a uno es liberar a todos.
- Pero señor…
- Basta. No hay nada más que decir. Que cada cual se atenga a las consecuencias de sus actos.

Echa a andar sin mirarme. Guardias, acompañantes y pedigüeños le siguen. La calle se queda vacía.

Vuelvo a casa de mi hermana cruzando el foro. Pocos se atreven a pasar por él en estos días. Los pocos que lo hacen aprietan el paso y agachan la cabeza, intentando mantener la vista fija en el pavimento y no ver lo que allí se muestra. Sobre el pavimento se han erigido decenas de estacas y cada una de ellas sostiene la cabeza cortada de un vencido. Las aves les han arrancado los ojos, roído las orejas y devorado las lenguas. De algunas sólo queda ya la calavera que, desde la altura, se ríe eternamente de los vivos.

Yo no las tengo miedo. Las contemplo y examino, esperando reconocer tu rostro en alguna de ellas. Nada más. Sólo así me será concedido abandonar este mundo, cuando nada quede que me ate a él, ni siquiera tú, corazón mío.


Nota:  Cuando Sila tomó Roma durante las guerras civiles, mandó ejecutar a todos los miembros del partido contrario y, de hecho, se confeccionó una lista con los nombres de las personas que debían ser eliminadas. Para la mayor parte de la población, la lista constituyó un alivio, pues evito que los soldados se entregasen a una matanza indiscriminada. Los que encontrasen o denunciasen a un proscrito podían quedarse con sus pertenencias. La actitud de Sila no debe extrañarnos, sus enemigos habían hecho lo mismo con sus partidarios. La batalla que se describe sucedió en realidad (batalla de Porta Colina) y el aspecto del foro es exactamente el que tenía en aquella época.