lunes, 22 de noviembre de 2010

FdI Cuento XX: Año 123 a.C Roma

Lunes, día de Forjadores de Imperios. Entramos ya en la recta final, en los dos últimos cuentos del ciclo romano, para mí los mejores, aunque otros técnicamente hayan quedado mucho más logrados. No les digo  más, juzguen por uds. y sobre todo disfrútenlos...


Año 123 a.C. Roma

Sólo tengo una misión. Consiste en acompañar a mi ama a dondequiera que va, atenta a servirla si así lo requiere. Cuando recibe a alguien debo permanecer a su lado, sentada en el suelo, aunque un poco apartada y en completo silencio e inmovilidad. Mi presencia no debe distraer a sus visitas. Tengo que ser semejante a una pieza más del mobiliario, hermosa e invisible, de forma que los clientes de mi ama no tengan reparo en hablar delante de mí con entera libertad.

Otras razones debieran haber refrenado la lengua de nuestros visitantes. Hubiera bastado la más simple y elemental prudencia, pero el negocio de mi ama se basa precisamente en el placer.  Los hombres acuden a ella para hacer realidad lo que su vida diaria no les ofrece. Protegidos por nuestras paredes, separados de amigos y parientes, de superiores e inferiores, de mujeres e hijos, se desvisten de los disfraces que les defienden durante del día. Hablan, hablan, hablan, sin término, sin medida, con la seguridad de no ser contrariados, con la certeza de que sus palabras no saldrán de esta casa.

Mi ama guarda el secreto porque la prosperidad de su negocio depende de su discreción.  Las chicas que trabajan en nuestra casa lo hacen porque su vida no valdría nada, si dejasen filtrar algo de lo que oyen aquí. Mi caso es distinto. No he pronunciado una sola palabra desde que llegué a esta ciudad, e incluso antes, durante la travesía en el barco de esclavos que me condujo hasta ella.

No se debe a ignorancia. Mi primer amo me enseño a hablar y a escribir la lengua que utilizan en esta ciudad. Es una de las muchas cosas que le debo. Si se me antojara, podría dejarles con la boca abierta, pero me niego a hacer uso de mis conocimientos. Las personas con las que querría hablar están todas muertas o es como si lo estuvieran, pues me separan de ellas el mar y los desiertos.

Cuando mi ama me compró lo hizo atraída por mi juventud y por el desusado color de mi piel. Yo debía ser un artículo de lujo para su negocio, una rareza exótica que atrajera nuevos clientes y aumentase los ingresos, así que no le importó pagar el precio exorbitado que el tratante le reclamaba. No tardó en darse cuenta del error que había cometido. Yo permitía que los clientes hicieran en mí todo lo que se les antojara, sin oponerme a su violencia ni participar en sus juegos. Permanecía inmóvil, distante, replegada en mí misma, mientras ellos se afanaban sobre mi cuerpo. Los hombres no soportan eso. No tardaron en renunciar a mí y decantarse por otras bellezas más corrientes, pero en compensación más fogosas.

Mi ama pensó muchas veces en deshacerse de mí, pero siempre cambiaba de opinión cuando consideraba la pérdida de dinero que le ocasionaría mi venta. El tiempo que duró su indecisión permitió que descubriera las ventajas de mi silencio y mi frialdad. Era muy útil tener a alguien como yo a su lado para se ocupase de los pequeños detalles fastidiosos, como preparar la mesa, mezclar el vino o encender las lucernas. De esa manera, ella quedaba libre para concentrarse en los clientes que recibía en su habitación y, como consecuencia, éstos se iban más satisfechos y las propinas aumentaban.

Entre sus visitantes los hay de todas clases. Mientras tengan dinero que gastar, a mi ama no le importa si son jóvenes o viejos, senadores o caballeros. La popularidad de nuestra casa es tan grande, que incluso se han formado pequeñas tertulias, que debaten sus asuntos en nuestros salones, antes de hacer uso de las chicas. En todas ellas se reclama la presencia de mi ama, pero aunque ella trata de complacer a todos, procura reservarse para una especial, la formada por los ciudadanos más poderosos e influyentes, los viejos senadores que tienen en sus manos el gobierno de esta ciudad. De ellos depende también que nuestro negocio siga abierto.

Entre nuestros muchos clientes, sólo hay uno que sea pobre. Se trata de un viejo soldado curtido por el sol y cubierto de cicatrices, que viene a visitarla cada vez que su legión vuelve a Roma tras una campaña. La primera vez que lo vi, me sorprendió que aquel desharrapado tuviera la osadía de solicitar ser recibido por mi señora, pero aún me sorprendí más cuando ella lo abrazó y estrechó fuertemente contra su pecho, mientras lloraba en silencio.

Aquel hombre era su hermano, al que no había visto en años.

A ambos les costó mucho empezar a hablar de algo que no fueran trivialidades. El soldado tenía miedo a las reacciones de mi ama y se esforzaba en evitar que la conversación tomase ciertos derroteros. Sin embargo, cuando él menos lo esperaba, fue mi señora quién dio el primer paso y abordó el tema. No les guardaba ya ningún rencor, dijo para tranquilizarle. Comprendía que su hermano mayor y él no habían tenido otra opción. Si no la hubieran vendido a aquel burdel, ella habría muerto seguramente de hambre. De todas formas, al final la jugada no había salido tan mal. Había progresado mucho en esos años. Aquella casa en la que estaban, prospera y conocida, era propiedad suya. Muchas mujeres trabajaban a sus órdenes y era raro que tuviera que ejercer de nuevo a su oficio, excepto en ocasiones muy especiales o si ella así lo deseaba.

Tras aquella confesión, el silencio se instaló entre ellos. Para que el tiempo transcurriera rápidamente, mi ama me ordenó que tocara algo con la cítara. Sin pensar en lo que hacía, comencé a rasguear una melodía triste y melancólica. Era una de mis favoritas. Con ella, mi primer amo me había enseñado a tocar el instrumento. Su sonido me ayudaba a olvidar y me permitía volver brevemente a los tiempos felices, a las épocas perdidas. Cuando levanté la mirada, descubrí que había surtido el mismo efecto en mi ama y en su hermano. Sus ojos estaban cubiertos de lágrimas.

Comenzaron a hablar de la familia que una vez habían tenido. Invariablemente, mi ama respondía con negativas a las preguntas del soldado. No, no había tenido noticias de su hermana menor desde que se extravió en las puertas de Roma. En cuanto tuvo ocasión, había realizado pesquisas por todos los burdeles de Roma, sin obtener nada claro de ellas. No, el hermano mayor no había vuelto de Pérgamo con el ejército. En realidad, no había vuelto ninguno de todos los que tuvieron que alistarse a la fuerza. Se habían librado de ser ejecutados como cómplices en la sedición de Tiberio Graco, pero no de la muerte.

Ambos se perdieron en sus propios pensamientos. Desde mi rincón, les observaba de reojo, sin poder evitar sentir una cierta simpatía. No era tanto lo que nos separaba a amos y esclavos. Como yo, ellos también habían sido despojados de su hogar y sus seres queridos. El destino les había obligado a vagar por el mundo hasta encontrar este refugio, frágil y temporal, es cierto, pero lleno de protección y consuelo en comparación con el desolado mundo exterior. Estuve a punto de romper mi silencio, pero por suerte pude contenerme. La visión de sus rostros me salvó de cometer ese error. Envejecidos prematuramente, endurecidos por el desprecio y la amargura, en ellos sólo tenía cabida su propio sufrimiento. No podían acogerme, ni a mí ni a nadie. En ese preciso momento, menos que nunca, no podía permitirme abandonar mi silencio.

La posición en la que se encontraban mi ama y su hermano era muy distinta de la mía. En cierta manera, era incluso mucho mejor que la que disfrutaban en su aldea antes de que la catástrofe les golpease. Ambos estaban dispuestos a defender a cualquier precio lo que habían conseguido, incluso contra los suyos, si éstos pretendiesen arrebatárselo. Sólo la posibilidad de la venganza podría llevarles a rebelarse contra los que causaron su desgracia, pero el olvido crecía lentamente dentro de ambos, embotando el dolor, borrando los motivos. Los que les habían ofendido habían ido muriendo uno tras otro, arrastrados por el tiempo, y mi ama y su hermano no tenían nada contra los que les habían substituido.

El negocio era lo primero. Mi ama siempre estaría del lado de los senadores que se dejaban el dinero en su establecimiento. Por esa razón, suspiró aliviada al comprobar que su hermano compartía sus mismas opiniones. Él siempre marcharía a dónde su legión marchase. Era previsible, porque ella le daba de comer. Los sueños de una reforma que quebrantase el dominio de los poderosos eran únicamente vanos espejismos, un error que se había llevado por delante a su hermano mayor hacía diez años. Un error que parecía volver a renacer entonces, como una pesadilla que te asalta cada vez que intentas conciliar el sueño.

La inquietud que mi ama sentía no era exagerada. Meses antes, desde nuestras ventanas, les habíamos visto pasar. Durante horas cruzaron bajo nuestros pies, multitudes interminables, aterradoras en su silencio y organización, camino del campo de Marte, dónde se iban a celebrar las elecciones a tribuno de la plebe. Provenían de todos los rincones de Italia, las nutrían todos los desposeídos y desheredados de la península. Se proponían elegir a Cayo Graco, el hermano de aquel Tiberio que había impulsado la reforma hacía diez años, y que parecía el único hombre capaz de consumarla al fin. Si esas muchedumbres hubieran tomado la ciudad por asalto y entregado al saqueo, el miedo de aquellos que, como mi ama, poseían algo no hubiera podido ser mayor. Aquella calma y disciplina proclamaban seguridad en la victoria, certeza en la aniquilación del enemigo.

El miedo se había extendido también entre el grupo de hombres poderosos que tenían su tertulia en nuestra casa. Algunos ya se veían con el cuchillo en la garganta. El pánico les hizo perder la compostura. Se insultaban abiertamente entre sí, acusándose de haber permitido la ascensión de Cayo. Según algunos, la culpa estaba en la excesiva crueldad con que se había reprimido la sedición de Tiberio. Tal rigor sólo había servido para atraer el odio del pueblo sobre los senadores. Según otros, el problema estaba en la indulgencia de los últimos años. Para atenuar el encono de la plebe, se había desterrado a aquéllos que habían abatido a Tiberio. No se juzgó suficiente, así que también se restituyó el tribunado con todos sus poderes e incluso se inició una tímida reforma agraria. Si habían creído poder aplacar a la plebe con todas esas medidas, ahora lo estaban pagando bien caro.

Día tras día perdido en discusiones sin resultado y debates estériles. Esa era la tónica de sus tertulias. Lo único cierto era que Cayo estaba reuniendo en sus manos un poder inmenso, mucho mayor que el que jamás pudo soñar su hermano, y frente al cual los senadores no tenían defensa. Su mala conciencia les perdía. Las leyes que habían propugnado en los últimos años les impedían oponerse a las nuevas que propondría Tiberio, pues el pueblo las vería como su ampliación y continuación lógicas. Además, la vergüenza de lo sucedido hacía diez años pesaba como una losa sobre ellos. Cualquier intento de derribar a Cayo recordaría a todos quiénes habían asesinado a un magistrado en ejercicio. Roma entera se volvería en su contra.

Las noches que mediaron entre la elección de Cayo y su toma de posesión fueron muy malas, tanto para los senadores como para nosotras. La zozobra en que estaban sumidos nuestros clientes les hizo ser especialmente parcos en las propinas. Mi ama se desesperaba, sin saber que se nos reservaban noches aún peores, las que sucederían a los días en los que Cayo aplicase sus golpes de ariete al poder de los senadores.

El asalto no tuvo lugar inmediatamente. Con especial astucia, Cayo dejo confiarse a sus enemigos. Sus primeros proyectos parecían bromas pesadas más que leyes auténticas. Escocían un poco, pero no hacían daño. Cayo no tiene el nervio de su hermano, comentaban nuestros clientes. No es más que una nulidad que debe el cargo al prestigio de su familia, repetían. Esas convicciones hacían recobrar el buen humor a nuestros clientes y el alivio que experimentaban les tornaba especialmente animados. Aquellos vejestorios, tan serios y comedidos de ordinario, se emborrachaban a conciencia y comenzaban a montar escándalo, obligando a mi señora a imponer el orden, no mucho, pero si lo suficiente para que no se desmandasen.

A mitad de su borrachera, perdidas ya sus escasas energías, hacían participe de sus ilusiones a mi ama y ella les escuchaba con una sonrisa de indulgencia, mientras ellos desgranaban los motivos de su alegría. Ese Cayo, decían con lengua torpe y embotada,  se limitaba a erigir estatuas en memoria de su madre y a alabar la memoria de su hermano fallecido. Peor para él, que perdía el tiempo. Un año pasa muy pronto y cuando quisiera darse cuenta, se encontraría convertido en un simple particular, sin poder ni prestigio.

Adormecidos en esa falsa confianza, la primera estocada de Cayo les pilló desprevenidos. Quedaron paralizados por la sorpresa y a la noche siguiente no se presentó ninguno. El temor a que sus casas fueran saqueadas les retuvo en ellas. No ocurrió nada, ni esa noche ni las siguientes. Uno tras otro fueron retornando, aunque aún no acabaran de creer lo que había pasado y lo relataran a mi ama una y otra vez, intentando convencerse a sí mismos, mientras agitaban los brazos como posesos o paseaban nerviosos por la habitación.

En realidad no les dolía la pérdida de poder. Si Cayo se hubiera arrogado todo y hecho proclamar cónsul sin colega, dictador vitalicio o incluso rey, ellos habrían terminado por unirse a los aplausos. Una vez seguros de que su poder se había consolidado, los senadores, tan orgullosos y arrogantes de ordinario, no habrían tenido reparo ni vergüenza en arrastrarse ante Cayo para mendigarle favores. Al fin y al cabo, Cayo era uno de su misma clase, equivocado, es cierto, pero de los suyos. Lo que les sacaba realmente de quicio es a quién había tenido la desfachatez de transferir su poder. Desde ese día, los senadores no serían los únicos en ocupar el puesto de jueces en los tribunales. La prerrogativa de decidir cómo y en qué forma debían aplicarse las leyes había dejado de ser suya. Deberían compartirla con  los caballeros.

Eso les dolía como ninguna otra cosa podía hacerlo, puesto que para un senador, un caballero no es más que un advenedizo, un don nadie, alguien sin pasado, familia o nombre. Gente que se había enriquecido con medios deleznables y que creía tener derecho a todo, especialmente a codearse con los senadores, sin darse cuenta de que éstos arrugaban la nariz al sentir su penetrante olor a sudor. Cayo no podía haber urdido una humillación más efectiva. De ahora en adelante, los senadores no sólo tendrían que dejarse ver en compañía de los caballeros, sino que deberían solicitar su juicio y opinión, e incluso respetarlo.

Resultaba ridículo ver a aquellos hombres maduros y respetables llorar como niños a los que se les quitado un juguete. Resultaba patético contemplarlos mientras buscaban una solución que les permitiera librarse de Graco. Pensaban, meditaban, discutían hora tras hora, noche tras noche, pero todo era en vano. No se les ocurría nada. En su desesperación, llegaron a volverse hacia mi ama en busca de consejo y ayuda, pero se llevaron la gran sorpresa de encontrar que, de vez en cuando, su mente parecía estar en otra parte. En esas raras ocasiones era necesario llamarla varias veces para conseguir atraer su atención y, aún así, enseguida perdía el hilo de las conversaciones. Un cambio le había sobrevenido.

Únicamente yo, que la acompañaba a todas horas, desde que se levantaba hasta que se acostaba, pude notar que aquel aire distraído era solo la cubierta de una alegría nueva, que día tras día crecía y se desarrollaba en su interior. Frente a los clientes intentaba mostrarse igual que estaban acostumbrados a verla, pero no siempre lo conseguía. Cuando entraba en la habitación reservada para una de las tertulias, se esforzaba en saludar uno por uno a todos los asistentes, interesándose por sus diminutos problemas, y procuraba escuchar pacientemente los lloriqueos de los clientes. Sin embargo, cada día se le hacía más difícil mantener esa costumbre y, más de una vez, me había parecido verla reprimir un gesto de repugnancia. No llegó a cometer la imprudencia que la perdiese porque, como yo, mi ama era lo bastante cauta como para saber que siempre es mejor esperar y guardar silencio, hasta que la situación se aclare. Esa prudencia no impedía que la esperanza, tanto tiempo reprimida y oculta, la invadiera paulatinamente. Comenzaba a creer en el día de la venganza.

Sólo mostraba sus verdaderos pensamientos cuando su hermano venía a visitarla. En esas ocasiones, ambos se sentaban en una esquina del viridarium, bajo las columnas del peristilo, acompañados por una crátera de vino bien mezclado con agua. Si era de noche, ni siquiera llegaban a encender las lucernas, para disfrutar de una intimidad mayor. Solían conversar en voz muy baja, casi en un susurro, temiendo que algún extraño que deambulase por las callejuelas adyacentes llegase a entenderles. Para ocultar aún más sus voces, me ordenaban interpretar algo. Entre las notas de mi instrumento se filtraban sus palabras ahogadas.

Gracias a esas veladas, había llegado a conocerles bien. Ambos hermanos eran muy diferentes. Mi ama no había salido jamás de Roma, excepto durante el penoso viaje que la trajo desde su aldea natal, y su horizonte se reducía a las paredes de nuestro establecimiento, al estrecho círculo de clientes y prostitutas que en él se reunían. Sin embargo, desde su encierro y por intermedio de otros, había sido testigo de la ascensión de Tiberio y de como los senadores lo habían derribado y aplastado. Debería haber aprendido lo que era la vida y lo que podía esperarse de ella, pero si así fue, lo había olvidado por completo. Su mente sólo contemplaba las ilusiones que ella misma se fabricaba. La venganza, próxima y posible, la dominaba y fascinaba. Venganza por sus padres, por sus hermanos, por su estado presente.

Al oírla desgranar sus sueños, su hermano sacudía la cabeza, entristecido. Él había recorrido medio mundo, llevando la amarga vida de un soldado. Había sufrido bajo la rutina estéril y embrutecedora del ejército, que se reducía a marchar, construir y vigilar. Poca comida y aún menos descanso, ése era el pago por todas las penalidades. Ambos habíamos presenciado lo que un soldado sujeto a esa disciplina puede llegar a olvidar, cuando se le promete una ciudad entera como recompensa. Ambos sabíamos que los senadores, aparentemente tan débiles en ese instante, seguían siendo los generales del ejército. En el pasado habían probado la sangre de un tribuno. Si llegaban a verse acorralados, no dudarían en repetirlo.

La victoria es un arma de doble filo. Te destruye si no eres capaz de mantener tu sangre fría. Cayo consiguió ser reelegido como tribuno, sin ninguna oposición, pero, mientras el pueblo y sus partidarios lo celebraban, los senadores por fin encontraron el arma que habría de derribarle. Era una idea de una sencillez obscena. Yo misma, la esclava fría e inalcanzable, me estremecí levemente al escuchar el plan, como se estremecieron todos los que me rodeaban y se quedaron mirando boquiabiertos al hombre que lo había propuesto. Más sorprendente que la misma idea era a quién se le había ocurrido.

Lucio era un hombre joven. Acababa de volver del ejército y pronto tendría derecho a presentarse a alguna magistratura. Su familia era noble y antigua, tanto o más que la de  cualquiera de los senadores que nos visitaban. Se contaba incluso que el padre de Lucio había participado en la conjura que Násica dirigiera diez años antes para eliminar a Tiberio. Su hijo, por el contrario, se mantenía al margen de las luchas políticas, como si una derrota de los senadores no fuera a suponer también su desgracia. No participaba en las tertulias de la gente de su clase, ni había intentado aproximárseles. Nuestros contertulios, irritados por la falta de respeto de aquel joven, le auguraban un futuro bastante pobre en la carrera política. Desde luego ellos no iban a ayudarle. Su silencio se respondía con el desprecio.

Sin embargo, bajo su caparazón de desapego, yo sabía que el joven estudiaba con sumo interés las reacciones de los suyos a la amenaza que pendía sobre ellos. Varias veces, al ir a cumplir un encargo de mi ama, lo había sorprendido en la obscuridad protectora de una habitación lateral, atento a los debates. La primera vez se sobresaltó y abandonó la habitación precipitadamente, pero las siguientes permaneció sentado, sin importarle que yo le observase. Sin saber porqué, tenía la impresión de que se sonreía al percibir mi presencia, pero la obscuridad no me permitía comprobarlo. Nada más en él podía darme alguna pista sobre sus pensamientos, hasta que un día, la noche anterior a presentar su plan, se decidió a dirigirme la palabra.

- Tenemos que vivir con ello – dijo sin mirarme al rostro, como si hablara con otra persona que no estaba presente – con lo que hemos creado y con lo que nos han legado. No hay otro remedio. Los dioses no nos han concedido el derecho a la huida. Debemos representar nuestro papel, aunque lo odiemos – y desapareció sin esperar mi respuesta.

No comprendí lo que quiso decirme, pero, extrañamente, tuve la impresión de que entre él y yo se había formado algún tipo de vínculo. Algo cálido y casi olvidado se había despertado en mi interior. Hacía ya mucho tiempo, desde mi primer amo, que nadie se dirigía a mí como los seres humanos lo hacen entre sí, buscando comprensión y aprobación. Sueños vanos, como los de mi ama. Bastó la luz del día para disolverlos. Él seguía siendo el hijo de un senador y yo sólo la criada de una prostituta. El abismo era demasiado ancho para cruzarlo a la vista de todos.

El humor de mi ama sufrió un nuevo cambio. Cuando escuchó el plan de boca de Lucio y presenció la explosión de entusiasmo de los senadores, sus esperanzas se hicieron trizas. Comenzó a odiarse a sí misma. No conseguía explicarse como ella, una mujer de tanta experiencia, había llegado a creer en una esperanza tan descabellada. Así se lo confesaba, llena de amargura, a su hermano, el único, aparte de mí, que conocía la desolación en la que se hallaba sumida. Frente a los demás se esforzaba en seguir siendo la misma, solícita con los clientes, exigente con sus empleados. Un poco más impaciente e intransigente, quizás. Más cansada y envejecida también. Nada que no pudiera achacarse a la tensión de su trabajo.

Sin embargo, inesperada y tumultuosa, la esperanza volvía a renacer con la llama de antes. De vez en cuando, a mi ama se le ocurría la idea de avisar a Cayo de lo que se avecinaba. Si éste tenía la oportunidad de anticiparse, nada estaría perdido. En esas ocasiones la encontraba sentada al borde de su lecho, meditando sobre sí debería vestirse y abandonar las habitaciones que constituían su universo, pero bastaba una conversación con su hermano para disuadirla. Su propósito no serviría de nada. Nadie en el círculo de Cayo iba a creerla. Él los había visto, la idea de la victoria les cegaba el entendimiento. La pasividad de los senadores y la facilidad con que se habían dejado despojar, provocaban que un contraataque se les antojara imposible. Como mucho, mi ama sólo lograría atraer las sospechas sobre ella, pues no era una desconocida y estaba claro a quién le interesaría favorecer.

Mientras mi ama se perdía entre la desesperación y las dudas, el plan ya había sido puesto en marcha. El primer paso consistía en alejar a Cayo de la ciudad. Los senadores no tenían poder suficiente para amañar las elecciones e impedir que el pueblo lo eligiese cuantas veces se le antojase, pero si podían manipular el sorteo en el que se repartían  responsabilidades entre los tribunos. Bastaba con motivar adecuadamente a los que lo llevarían a cabo, para que el resultado final fuera el más favorable para los senadores.

El hermano de mi ama le relató aquella noche la escena. Cayo estuvo a punto de derrumbarse al escuchar el resultado. Sólo la consciencia de que toda la asamblea estaba pendiente de sus reacciones le permitió guardar la compostura. Estaba fuera de juego, precisamente en el momento en que su presencia en Roma era más necesaria. Por si no fuera poco, sus enemigos habían añadido un punto cruel de ironía a la humillación que le habían infligido. En efecto, nadie había luchado tanto como Cayo para que se asentase a los campesinos desposeídos en colonias de nueva planta y ésa era precisamente la tarea que se le encargaba. Con la pequeña diferencia de que debía realizar su labor en solitario, sin la colaboración de ningún otro tribuno, y que el emplazamiento elegido no estaba en Italia, sino al otro lado del mar, en Cartago, sobre las ruinas de la ciudad destruida por los romanos y declarada maldita para toda la eternidad. Mientras Cayo permaneciera en África, las noticias de Roma tardarían días en llegarle. La más débil de las tormentas bastaría para dejarlo completamente aislado.

Era urgente elegir un substituto, alguien competente que continuase su labor y mantuviese a raya a los senadores mientras él estaba fuera. Cuando se hizo público el nombre, los senadores brindaron con el mejor vino que teníamos en la bodega. Lucio, siempre mas comedido en todos sus actos, se limitó a sonreír malignamente. Sabía que bastaba con agitar un trapo frente a Fulvio para que éste embistiera, y él tenía en su poder el señuelo perfecto para atraerlo a la trampa. El cebo tenía por nombre Druso, otro tribuno de la plebe, dispuesto a todo, incluso a vender su cargo, para satisfacer su sed de poder y riquezas.

Desde la marcha de Cayo, las asambleas se convirtieron en combates personales entre Fulvio y Druso. Cuando Fulvio proponía que se fundase una colonia, Druso reclamaba diez más. Cuando Fulvio proponía restringir la propiedad de la tierra a una extensión máxima, Druso exigía que la cifra límite fuera diez veces menor. Las aclamaciones del pueblo mostraban bien claro qué propuesta era preferida. Al verse contrariado y abandonado, Fulvio se volvía lleno de ira contra Druso y le cubría de insultos, tildándole de traidor y oportunista, de marioneta de los senadores. Por muy ciertas que fueran esas acusaciones, en boca de Fulvio se convertían en ruido sin ninguna repercusión. Su exasperación les robaba el crédito. Druso sólo tenía que permanecer tranquilo, sonriendo confiado, para derrotar a Fulvio completamente.

Cuando el hermano de mi ama llegaba a este punto de su narración, torcía el gesto en una mueca de contrariedad y permanecía unos momentos callado, meditando. Mi ama también guardaba silencio, abatida. Ya no pensaba en advertir a Fulvio o a Cayo. Su pasividad contrastaba con el entusiasmo que invadía a los senadores de nuestra tertulia. El plan se estaba cumpliendo en su totalidad.

Fulvio y con él, Graco, iban perdiendo el apoyo del pueblo. La gente sencilla que les había aupado hasta el poder, no comprendía porque Fulvio se oponía con tal violencia a medidas que él mismo había defendido poco antes. El espíritu conciliador y pacífico de Druso empezaba a ser preferido. Sin lucha alguna, simplemente con el diálogo, había obtenido concesiones del senado que Cayo y Fulvio ni se atrevían a soñar. Su voz tranquila y suave era escuchada por los poderosos. Él era sin duda el hombre elegido, no Fulvio o Cayo. Él era el único que podía restaurar la armonía de la república y evitar que estallase la guerra civil, como a punto estuvo diez años antes.

Entretanto, Fulvio enviaba carta tras carta urgente a Cayo. Así se hizo público tras su muerte, cuando los cónsules abrieron sus archivos y leyeron su correspondencia privada ante la asamblea, para mostrar a toda Roma su perfidia y doblez. Con creciente nerviosismo, Fulvio le pedía que abandonase la fundación de aquella colonia y volviese cuanto antes a Roma. La ocasión de actuar iba a malograrse. Como respuesta, Cayo sólo enviaba negativas. Si la situación no era tan gran grave como Fulvio alegaba, no podría justificar porque había abandonado la misión que el pueblo y el senado le habían encomendado. Sería una victoria demasiado fácil para sus enemigos. La incredulidad de su jefe terminó por sumir a Fulvio en la desesperación. En las últimas cartas clamaba contra los dioses por haberles abandonado.

Por aquella época, mi ama llegó también a la misma conclusión. Cuando lo comentó con su hermano, encontró que éste le daba la razón. Los dioses jamás han estado de nuestro lado, le decía, nunca podrán estarlo. Ellos son amos y señores, antes que cualquier otra cosa, y actúan como tales. Han creado el mundo de esa forma y se proponen conservarlo en ese estado, puesto que es así como lo quieren. Contra su voluntad no existe, ni existirá, salida ni esperanza posibles. Tras estas palabras, ambos se sumían en el silencio. Tan abstraídos estaban que yo podía dejar de tocar la cítara, sin que ninguno se apercibiera. A través del silencio, nos llegaban las risas apagadas de aquéllos que se entregaban al placer a nuestro lado.

Esa misma alegría infantil invadía a todo el partido de los senadores. De entre todos ellos, Lucio era el único en mantener la serenidad y pensar en el futuro. La fecha del retorno de Cayo se acercaba y Lucio se mostraba cada vez más preocupado. Fulvio perdía apoyo, cierto, pero no al ritmo necesario. La vuelta de Cayo bastaría para equilibrar la balanza. Todos los esfuerzos sólo habrían servido para tornar la lucha más dura y encarnizada, no para asegurar la victoria. El resultado final seguiría siendo incierto y, en esa nueva contienda, el tiempo jugaría a favor de Cayo. Lucio sabía que poco podía esperarse de la inconstancia de los senadores, acostumbrados a una vida de facilidad y comodidad. Había que urdir una manera para derrotar definitivamente a Cayo, pero, por mucho que se esforzase, la aguda mente de Lucio no encontraba ninguna.

Fue entonces cuando ocurrió el incidente.

Empezó como un enfrentamiento más entre Fulvio y Druso, pero está vez Fulvio perdió todo control y se lanzó sobre Druso, escupiendo espumarajos, con intención de acabar con su enemigo de una vez por todas. La falta de un arma le impidió consumar sus propósitos, pero aún así, si Escipión no se hubiera interpuesto, Druso habría salido bastante malparado.

La intervención de Escipión dejó a toda la asamblea en suspenso. Nadie se atrevía a decir o hacer nada hasta estar seguros de lo que Escipión se proponía hacer y saber de qué lado pensaba ponerse. El nombre que llevaba bastaba para infundir ese respeto. Él era el último de una estirpe que había conducido a Roma al dominio del mundo. Escipiones eran quienes habían derrotado a Aníbal, abolido el reino de Macedonia, conquistado Grecia, aplastado a los Seleúcidas. Él mismo había dado el golpe de gracia a Cartago y convertido en ruinas aquella Numancia que desafiaba a Roma desde hacía veinte años. Incluso se rumoreaba que la ley de reforma agraria presentada por Tiberio había sido en realidad obra suya.

No podía tolerar más aquellas discordias, fueron las palabras con las que rompió el silencio. Su mano temblaba de indignación al dirigirse el pueblo. Entre unos y otros iban a destruir la república. Por ese motivo, él se proponía presentar en la asamblea del día siguiente una ley con la que se daría fin a esa situación. Confiaba en que el pueblo no le negaría su apoyo. Una atronadora aclamación fue la respuesta. Sin embargo, Fulvio y Druso hurtaron la mirada avergonzados cuando Escipión se volvió a ellos, la mano extendida, recabando su colaboración.

La noche transcurrió tranquila. Arropada por la esperanza, la ciudad dormía plácidamente. Incluso en nuestra casa, una calma desusada había sucedido a las fiestas desenfrenadas de los últimos días. Los clientes habían acudido a nuestra casa como de ordinario, pero dejaban pasar el tiempo despreocupados, sin apresurarse. Toda la tensión de días pasados había sido abolida y parecía pertenecer a un pasado legendario, aquél donde tienen lugar los cuentos que se relatan a los niños.

Nos trajeron la noticia cuando los últimos clientes se retiraban. Historias de borrachos, exclamó mi ama enfadada. La habían sacado de la cama para comunicarle las novedades y era tanta su irritación por haber sido despertada, que llegó incluso a golpear a uno de los mensajeros, para que escarmentase y no se atreviera a volver con esos embustes. Para nuestra desgracia, no traían mentiras. Con el paso de la mañana los rumores se hicieron cada vez más insistentes y detallados. Se hizo imposible negar la evidencia. Aquella noche, nadie se presentó a nuestra casa, el miedo y la duda se habían vuelto a adueñar de la ciudad, tanto peores cuanto sucedían a la esperanza.

Escipión había muerto. Una criada lo había encontrado tendido en medio de su despacho. Aparentemente, la muerte le había sorprendido cuando estaba trabajando en su discurso. Esto era lo único cierto, porque el resto no era más que confusión e informaciones  contradictorias. El desconcierto había sido tal que nadie había pensado en avisar a la asamblea que aguardaba a Escipión. Fue la gente que entraba y salía del foro, para echar un ojo a sus negocios mientras esperaban, la que trajo la noticia. La multitud se precipitó entonces hacia la casa de Escipión, con la intención de llevar su cadáver en procesión hasta el foro, pero se encontraron un cordón de guardias que les cerraba el paso. Al poco, el cadáver fue incinerado a toda prisa y en secreto. No asistió nadie, fuera de la familia. Tampoco se le otorgaron los honores públicos que le correspondían como magistrado.

Esa premura disparó las especulaciones. Todo parecía posible. Se rumoreaba que el cadáver había sido encontrado con signos de violencia. El asesinato era la única explicación. La versión del suicidio o el ataque buscaba encubrir el alto rango de los asesinos. Un nombre empezó a sonar con insistencia en la mente de todos. Fulvio. Fulvio. No podía ser otro. Cuando Escipión le había contenido en la asamblea, todos le habían visto revolverse contra él, amenazándole de muerte si no le dejaba ajustar cuentas con Druso. Aquello había pasado desapercibido en ese instante, puesto que la costumbre era que Fulvio amenazase a todo aquél que se le oponía. Tan habitual era que incluso podía tomarse a broma. Con un muerto, aquellas palabras adquirían otro significado.

Cuando Cayo volvió de Cartago, se le vio cruzar las calles en solitario, acompañado únicamente por un exiguo número de fieles que le escoltaban. Nada quedaba de las multitudes que le habían aclamado y aupado al poder. La gente común temía su ambición. Ser los siguientes en caer.

No consiguió ser elegido una tercera vez. Todo se precipitó. Cayo se mudó a los barrios cercanos al Foro, entre los ciudadanos más empobrecidos y desesperados, buscando protección contra sus enemigos. No albergaba ya ninguna confianza en la república ni en la legalidad. Sólo creía en la acción directa. Así lo había advertido a los senadores, cuando se retiraba del campo de Marte tras fracasar en las elecciones, perseguido por sus burlas. “Peores son las tinieblas que os esperan” se le oyó decir.

Sus enemigos tampoco estaban mano sobre mano. El cónsul electo, un antiguo amigo de Cayo ganado por los senadores, informó a la asamblea que los propósitos de Escipión se reducían a presentar un senadoconsulto, el cual suspendería todas las resoluciones adoptadas en los últimos dos años, hasta que “la concordia y la paz se hubieran restablecido en la república”.

El senadoconsulto nunca llegó a aprobarse. Cuando el cónsul iba a celebrar el sacrificio que permitiría abrir la asamblea en que iba a debatirse la propuesta, un partidario de Cayo asesinó al criado que llevaba las entrañas de la víctima. Era el único medio que les quedaba para impedir la votación.

Todo esto ha tenido lugar esta mañana. Ahora, cuando la noche ha caído, mi ama y yo contemplamos la ciudad desde nuestra casa. Su hermano no está con nosotras, la legión a la que pertenece, lleva acuartelada fuera de las murallas desde que el senadoconsulto se hizo público, en previsión de lo que pudiera ocurrir. Quizás esté ya en la ciudad, pues se escucha el paso de tropas por las calles que nos rodean. Cerca del foro, entre las colinas, brillan multitud de fuegos y luces. El pueblo guarda la casa de Cayo. La venda ha caído de los ojos. Demasiado tarde.


Nos hicieron levantar en medio de la noche. Había que cruzar las murallas y entrar en Roma. Algunos tribunos se atrevieron a discutir la orden, alegando que la ley prohibía que soldados en armas penetrarán en la ciudad, pero la presencia del cónsul y algunos senadores disipó todas las dudas. La República estaba en peligro, se nos dijo. Un grupo de traidores había tramado derribarla. El senado había investido al cónsul de poderes extraordinarios para sofocar la rebelión. No se admitiría vacilación alguna.

Atravesamos la ciudad a paso ligero. Las calles estaban desiertas y los pocos transeúntes con los que nos encontramos huían despavoridos ante nosotros. Sólo cuando nos aproximábamos a la casa de Cayo nos topamos con una multitud que nos cerró el paso.

Apretamos el paso, pero ellos, en vez de apartarse, se volvieron y nos hicieron frente, increpándonos y abucheándonos. La primera fila de legionarios se paró en seco. Toda la formación se dislocó y entremezcló, a medida que las siguientes filas encontraban el paso bloqueado. Se hizo imposible cualquier movimiento. Los centuriones tuvieron que abrirse  paso a golpes y empellones para alcanzar la cola de la columna. Los que formábamos la vanguardia teníamos que soportar los insultos de la multitud. “Asesinos”. “Cobardes”. “¿A quién vais a matar ahora?” Comenzaron a arrojarnos piedras. Algunos de los nuestros desenvainaron las espadas y estuvieron a punto de lanzarse contra ellos, pero un centurión que había permanecido en la vanguardia les contuvo. “Estáis locos” su voz apenas podía elevarse entre el griterío “no les irritéis más, pueden aplastarnos desde las azoteas.” Era cierto. Los más osados habían trepado a los techos de las casas y desde allí nos retaban y amenazaban. Cualquier paso en falso sería nuestra muerte.

Por fin, los centuriones consiguieron que la retaguardia diera media vuelta y escapamos del atolladero. Paso a paso, sin perder de vista a la multitud que nos acosaba, sin que nuestra retirada pareciese una huida, simulando bruscos ataques que disuadiesen a los más osados.

La mayoría de las tropas ocupó la colina del Capitolio, pero a nosotros nos hicieron formar en el Foro. Permanecimos allí toda la mañana, junto a la Rostra. Sobre ella, custodiado por los lictores y rodeado de antorchas, habían depositado el cadáver del patriota al que los sicarios de Cayo habían asesinado cobardemente el día anterior. Del templo de Cástor y Pólux, donde el senado se hallaba reunido en sesión de urgencia, no dejaban de entrar y salir senadores.

La mayoría, cuando reparaban en nosotros, formados y prestos para la acción, se detenían un momento para  saludarnos. Entonces prorrumpíamos en aclamaciones y comenzábamos a golpear los escudos con los gladios, para mostrarles nuestro apoyo a la República. Sumergidos por nuestro entusiasmo, aquellos hombres poderosos no podían ocultar su satisfacción. Pocos fueron los que se atrevieron a aparecer ante nosotros con semblante preocupado. Sin necesidad de que los mandos nos espoleasen, comenzábamos a abuchearlos. Ellos apretaban el paso, procurando desaparecer cuanto antes por las calles laterales, empujados por el temor de ser tomados por partidarios de Cayo y detenidos.

La espera se hacía larga, el frío de invierno nos entumecía. Teníamos que mover continuamente los dedos de las manos y los pies para que no se nos congelasen. Los centuriones ordenaron encender hogueras a intervalos regulares y aquello nos alivió un tanto.

De repente, un joven apareció en una de las callejas que desembocaban en el Foro. Vestía de suplicante y le acompañaban dos hombres, criados suyos, sin duda. Al encontrarnos allí formados, se asustó e intentó retroceder, pero los lictores ya le habían rodeado y, apoderándose de él, le obligaron a cruzar entre nuestras filas hasta el templo de Cástor y Pólux, llevándole casi en volandas. Tuve tiempo de fijarme en su aspecto cuando paso a mi lado. Era muy joven, casi un niño. Aún no había recibido la toga viril. Temblaba como un azogado y antes de que le entrasen a la fuerza en el templo comenzó a llorar. Toda nuestra formación prorrumpió en carcajadas.

A pesar de los esfuerzos de centuriones y tribunos por mantener el silencio, los rumores se extendieron rápidamente. Alguno había reconocido en el joven al hijo de Fulvio. Estaba claro que los rebeldes le habían encargado parlamentar ante el senado, sabedores de que su juventud nos haría respetar su vida; pero mientras los había que afirmaban que venía a pedir clemencia en nombre de su padre, otros sostenían que no era más que una añagaza para ganar tiempo, hasta poder reunir tropas con las que oponérsenos.

Poco a poco los cuchicheos furtivos se convirtieron en conversaciones. Una voz se elevó. “¡Qué nos congelamos!” Los centuriones se repartieron entre la formación pero no lograron encontrar al insolente. Otros legionarios se atrevieron a quejarse de lo mismo, esta vez abiertamente. Un centurión agarró a uno de los revoltosos e intentó sacarlo de la formación, pero las miradas hostiles de los soldados le obligaron a soltarlo y retirarse. Un sordo rumor de descontento crecía y se extendía por nuestras filas. Los tribunos nos dirigían miradas inquietas.

La salida del joven evitó el estallido. Sin mirarnos, la cara oculta entre las manos, cruzó a todo correr entre nosotros y se perdió por las callejuelas. Al volver la vista, descubrimos al cónsul sobre el podio del Templo, haciéndonos seña de querer hablarnos.

Debíamos tener calma, nos dijo, quizás la situación aún pudiera resolverse sin tener recurrir a la fuerza, sin exponer a la patria a los azares de la guerra civil. Aunque él, como ciudadano, dudase de ese feliz desenlace, como cónsul se veía en la obligación de apurar todos los extremos, antes de dar la orden fatídica. Sin embargo, no quería engañarnos, la situación se agravaba por momentos. Cayo y Fulvio se habían hecho fuertes en el monte Aventino, en el mismo corazón de la ciudad. En su locura, no habían dudado en armar y liberar a los esclavos. Ese detalle, por sí solo, debía bastar para inspirarnos el mayor de los odios, puesto que los rebeldes no dudaban en anteponer su ambición personal a la supervivencia de la patria, concitando contra ella a sus peores enemigos.

“¿Y el hijo de Fulvio? ¿qué pasa con el hijo de Fulvio?” gritó alguien y todos le acompañamos. El cónsul volvió a hacernos señas para que guardásemos silencio.

Todo tenía una explicación, continuó el cónsul, Cayo y Fulvio, en vez de solicitar clemencia, la cual el senado y el cónsul les hubiesen otorgado sin duda, se habían atrevido  a proponer por conducto de ese niño un pacto ultrajante para la república. No podía caber un ejemplo mejor de la doblez y perfidia de Fulvio y Graco, quienes hasta hacía poco habían sido considerados como los mejores ciudadanos de la República.

Nuestras aclamaciones interrumpieron su discurso. Cuando el cónsul se hubo marchado, nos dieron permiso para sentarnos y unos esclavos comenzaron a repartir comida y vino caliente entre nosotros. Sonreí con tristeza. Siempre ocurría así antes de las grandes batallas. Arengas, descanso y vino. Luego, a dejarse matar.

Apenas habíamos empezado, cuando nos sobresaltó un griterío. Los legionarios se levantaban por el lado del templo de los Dióscuros. Pronto estábamos todos en pie, estirando las cabezas para saber lo que pasaba. Un centurión se abrió paso entre nosotros. El hijo de Fulvio había vuelto.

No nos dieron tiempo a más. Las trompetas y los timbales llamaron a formar. Sin explicación alguna nos sacaron a paso ligero del foro, centuria a centuria, camino del Aventino, donde nos distribuyeron a lo largo de las pendientes del monte. En lo alto de la colina se veían aparecer y desaparecer algunas cabezas. Eran los rebeldes. No llegamos a tomar posiciones. Nuestro centurión se volvió hacia nosotros y nos animó a tomar el monte los primeros. El momento de vengar la afrenta de anoche había llegado. Además, el cónsul había prometido grandes recompensas para aquellos que le trajeran las cabezas de Cayo y Fulvio. Nos lanzamos contra el monte, gritando. No tuvimos problemas en tomarlo. La pendiente era suave y, aunque nos arrojaron alguna flecha desde arriba, tenían bastante mala puntería. Ni siquiera esperaron el choque, sino que dieron media vuelta y huyeron.

No perdí tiempo en perseguir a los fugitivos. Yo iba por Cayo y la recompensa. Le habían visto huir hacia el puente del Tíber. Eché a correr en esa dirección.

En la boca del puente, unos legionarios luchaban contra varios rebeldes que les cerraban el paso. Uno de los defensores resbaló al recular hacia el puente. Le golpeé con el gladio y salté sobre su cuerpo. Sus compañeros consiguieron bloquear el paso a los otros legionarios, pero no pudieron evitar que yo pasase. Interiormente les agradecí su valentía. Esos necios, antes de morir, iban a hacerme ganar la recompensa.

Seguí el rastro de Cayo hasta el bosque de las Furias y le encontré pasadas las primeras hileras de árboles. Ya estaba muerto. Yacía sobre el suelo, en medio de un gran charco de sangre. Un criado custodiaba su cadáver, un pie a cada lado del cuerpo. Al verme apretó los dientes y se aprestó a defenderse. Estuve a punto de echarme a reír. Se notaba que nunca había blandido el gladio. Bajé el mío y le sonreí.

- Apártate – le dije.
- No.
- Estúpido. Tú eres el que más va a perder.

Abatirlo fue demasiado fácil. Seccioné la cabeza de Cayo, la metí en una bolsa y me la até a la cintura para llevársela al cónsul. La recompensa era mía, sólo mía. Sin embargo, de camino, al sentir el golpeteo de la bolsa contra mi muslo, sentí un escalofrío. Por un instante me pareció que la cabeza que llevaba ahí dentro era la de mi hermano mayor. Apreté los dientes y continué, procurando no pensar.


Todo ha vuelto a la normalidad. El ejército ha partido hacia las provincias, para extender el nombre y la gloria de Roma entre los bárbaros que aún lo desconocen. El hermano de mi ama les ha acompañado. A casa han vuelto los clientes, no todos, es cierto, pero ella finge no darse cuenta. Los negocios van bien, muy bien. No morirá de hambre. De vez en cuando compra nuevas chicas y se deshace de las viejas, para que los clientes no pierdan su interés. Yo soy la única que permanece tras cada cambio.

Un día, al cruzar el campo de Marte, me encontré con Lucio. Lo transportaban en una litera, custodiado por varios guardias. Traté de escabullirme, pero él reparó en mí y envió un criado para que me condujese a su presencia. Una vez ante él, descendió de la litera y marchamos juntos un rato, mientras sus porteadores y escolta nos seguían unos metros más atrás. Caminábamos en silencio, la vista dirigida al frente, como si fuéramos dos desconocidos. Él sonreía, esta vez no había ninguna duda.

- En medio de tanto ruido, tu silencio es un refugio – dijo al fin – Los de atrás deben estar sorprendidos por mi interés. Si quisiera una esclava como tú, no tendría más que ir al mercado y comprarla. Sin embargo, de vez en cuando conviene hacer lo que a uno le apetece, antes de ponerse la máscara de nuevo y volver a la representación.

Se detuvo y me miró directamente a los ojos.

- Tengo que irme. No hagas ninguna tontería. Trata de mantenerte viva.

A veces las comisiones de mi ama me llevan fuera de la ciudad, entre los trigales que comienzan a amarillear. Si tengo tiempo me tumbo entre las espigas y dejo pasar las horas, oculta, protegida, contemplando el paso de las nubes sobre mi cabeza. Entonces acuden los versos a mi memoria y me parece que escucho a mi lado la voz de mi primer amo, recitándolos.

“Vientos, vientos del océano
que conducís sobre las olas
las naves veloces ¿A dónde
lleváis a esta infortunada?
¿Qué casa me recibirá,
adquirida como esclava?”


Cuando cruzo de vuelta las puertas de la ciudad no puedo evitar mirar atrás con tristeza.

Si yo fuera un hombre…

Nota: Dejando aparte la peripecia del burdel, los personajes que aparecen (Graco, Fulvio, Druso, Escipión) son históricos y los sucesos que se narran tuvieron lugar. Únicamente se ha hecho coincidir la muerte de Escipión con la marcha de Graco a Cartago para aumentar el impacto dramático. Los versos son de Eurípides