lunes, 29 de noviembre de 2010

FdI Cuento XXI: Año 316 a.C. Montañas de Persia

Lunes. tiempo de Forjadores de Imperios. Hoy toca otro breve cuento del ciclo alejandrino, ya muerto el conquistador, en el que se viene a mostrar como su gloria no fue más que flor de un día, y su repercusión casi nula, puesto que nadie en las tierras conquistadas por él, se siente heredero suyo.

Así que sin más dilación aquí lo tienen y alégrense porque dos cuentos más y hemos terminado.


Año 316 a.C. Montañas de Persia.


Desde lo alto de una colina, el rey Antíoco contempla como la falange del enemigo forma y se apresta a lanzarse al ataque.

“No podremos pararlos señor” dice uno de los sátrapas que le acompañan.
“Lo sabemos”
“¿Qué vamos a hacer entonces?”
“Nada.”
“¿Nada? Pero…”
“Te repetimos que nada. Eúmenes no tiene otra baza que la que se dispone a jugar ahora. El resto de su ejército se derrumbará en cuanto lo empujemos“ Antíoco sacude la cabeza “Pobre necio. Restaurar el poder real. Aún no se ha dado cuenta que Alejandro ya sólo es un nombre tallado en una losa



Alejandro ha muerto. Su madre Olimpia ha sido asesinada, como su hermano Filipo, Roxana y el hijo que ésta dio a Alejandro. Sus generales, antaño hermanos, compiten por su imperio. El orbe esta cubierto por los cadáveres de sus conquistadores. Nosotros, la falange escogida de Alejandro, también hemos participado en esa pugna. Sin fin ni esperanza. Con todos y contra todos. Según soplara el viento.

Contemplo mis manos. Son las de un viejo, secas y arrugadas. Solo la experiencia de tantos años de batalla me permite aún blandir la sarisa y dirigirla contra el pecho de los enemigos. Me vuelvo hacia mis camaradas. Sólo veo ancianos. Un niño bastaría para derribarnos y darnos muerte. Sin embargo, cuando atacamos en formación cerrada, oponiendo a nuestro oponente un bosque de lanzas, aún somos temibles. Nada ni nadie puede detenernos.

Así ha ocurrido hoy. Hemos cruzado a través de las filas de Antígono, sin que pudieran  evitarlo. Cuando hemos querido darnos cuenta estábamos ya al otro lado de su formación. Poco ha durado nuestra euforia. Antígono nos ha dejado hacer y, mientras, ha barrido las filas de nuestros aliados bárbaros. Nuestro campamento está en sus manos. El viento nos trae los alaridos de nuestras mujeres.

El general observa la escena desde una altura. El enemigo se entrega al saqueo. Dentro de poco su orden se habrá desvanecido. Será el momento de caer sobre ellos para desbaratarlos, pero, entretanto, asesinan y violan a nuestras esposas. Los murmullos se extienden por nuestras filas. Queremos atacar ahora, antes de que sea demasiado tarde, pero Eúmenes, nuestro general, permanece impasible, ajeno a nuestra angustia.

No es la primera vez. Entre él y nosotros media un abismo. No es macedonio, sino griego. No ha sido soldado, sino secretario. Sólo la desaparición de otros mucho más capaces le ha llevado a ese puesto. Sus éxitos se deben únicamente a la incapacidad de sus oponentes. Nos desprecia porque le recordamos lo que no es. No somos más que herramientas de su ambición. Prescindibles.

Ha llegado el momento. Abandono la formación y me aproximó a él lentamente, como si fuera a comunicarle una noticia. Sin levantarse, se vuelve a preguntarme. En ese momento le golpeo con el escudo. Los oficiales se quedan paralizados un instante. Su vacilación basta para salvarme y para perderles a ellos, pues, cuando intentan desenvainar, ya han sido rodeados por el resto de mis compañeros. Mejor unirse a nosotros.

El cuerpo de Eumenes yace a mis pies, inerte. El agradecimiento de Antígono no tendrá límites. Quizás nos permita volver a Macedonia, aunque sólo sea para morir allí.


“¿Cómo fue todo?”

El sátrapa se postrerna a los pies de Antígono antes de contestar “Ninguno se defendió. Aceptaron la muerte como si la esperasen. Algunos parecían incluso dichosos”

“¿Dichosos? Esos viejos estaban ya chochos. Pensar que fueron ellos quienes conquistaron el mundo para nosotros… Vete, ya no te necesito.”

Antígono queda en silencio en la tienda vacía. La preocupación nubla su rostro. Este enemigo ha sido aniquilado, pero aún quedan muchos más, demasiados para vencerlos a todos
.

Nota: Eúmenes era el único que pretendía restaurar el poder de Alejandro en la persona de uno de sus descendientes. Para cuando la batalla que se narra tuvo lugar, Antíoco se había hecho coronar rey, seguido por el resto de generales. El cuento se ajusta a los que las fuentes nos han transmitido.