viernes, 15 de julio de 2016

Hormigueros

Differences are transformed into division because this monopolises power. It happens in terms of gender, race, religion, sexuality and class. Though there is a latent stigma against the nouveau riche in certain quarters, if you acquire enough money identities are accepted and sins forgiven. The only real crime is the absence of money. Due to the variety of ways wealth is accumulated, myths are required, not least the fabulous mirage of meritocracy. The more you own, the more you are, and the more deserving of it you have been. Those who have nothing are nothing and deserve nothing but contempt. It is a morality play so desultory that few mediaevals would have accepted it yet it plays out everyday  in tabloids and on television. It finds expression in architecture as the great Other that is the ghetto. These too are plural, from Brazilian Favelas to the crazed cube of Kowloon Walled City to the "pirate utopia"  Tower of David in Venezuela. It cannot be admitted that these are the consequence of systems that run on inequality or a failure to provide and maintain dignified social housing. Instead these areas and their inhabitants must be the product of sin, of poor breeding, savagery. It is not enough that they must face odds stacked against then. This must be compounded not just with shame. derision, and condescension but with blame; they had done this to themselves. Wealth is virtue and here there is an absence of both. This are the "sacrificial zones", mythic cities of sin and their populaces unwillingly performing the traditional ritualistic role of sineater of scapegoat. In Riallaor, Godfrey Sweven contrasts "marble palaces, margined with gleamed gardens" with "a reeking human quagmire stretched for miles over the flood-soaked borders of this noble city, like a rich robe of lace that has dragged its train through liquid filth. Groves of trees failed to conceal the squalor and destitution of these low-lying suburbs". These he suggests are not merely place where people live and struggle to but places of pollution, places and people awaiting cleansing.

Darran Anderson, Imaginary Cities

Las diferencias se transforman en divisiones porque esto otorga el monopolio del poder. Sucede en términos de género, raza, religión, sexualidad y clase. Aunque hay un estigma latente contra los nuevos ricos en ciertos sectores, si se consigue el dinero suficiente, tu identidad es aceptada y tus pecados perdonados. El único crimen real es la falta de dinero. Debido a la variedad de modos para acumular dinero, se necesitan mitos, no siendo el menor el fabuloso espejismo de la meritocracia. Cuanto más posees, más eres y más mereces lo que tienes. Los que nada tienen son nada y no merecen otra cosa que desprecio. Es una obra teatral moralista tan burda que muy pocas personas en la edad media la hubieran aceptado, pero que se representa todos los días en la prensa amarilla y la televisión. Encuentra su expresión arquitectónica en el gran Otro que es el ghetto. Estos son tambión múltiples, desde las favelas brasileñas, al cubo enloquecido de la Ciudad Amurallada de Kowloon o la "utopía pirata" de la torre David en Venezuela. No se puede admitir que son la consecuencia de sistemas basados en la desigualdad o un fracaso a la hora de disponer de viviendas sociales dignas. Por el contrario, esas zonas y sus pobladores deben ser el producto del pecado, de la herencia genética, del salvajismo. No basta con que las oportunidades estén en su contra. Hay que empeorarlo no sólo con vergüenza, burla y superioridad, sino también con culpa: se lo han hecho a sí mismo. La riqueza es la virtud y allí faltan ambas. Son las zonas sacrificiales, las míticas ciudades del pecado y sus habitantes interpretan involuntariamente el papel de chivo expiatorio. En Riallor, Godfrey Sweven opone "los palacios de mármol, rodeados de brillantes jardines" con "un pantano humano maloliente que se extiende durante kilómetros en los márgenes inundados de esta noble ciudad, como un rico vestido de encaje cuya cola hubiera sido arrastrada sobre el fango. Los bosquecillos no consiguen ocultar la miseria y abandono de estos suburbios inferiores". Esto sugiere que no son lugares donde la gente vive y lucha, sino entornos contaminados, áreas y personas a la espera de ser desinfectados.

Cuando comencé a leer Imaginary Cities (Ciudades imaginarias) de Darran Anderson, no me podía imaginar que el mayor reproche que podía hacerle era la ausencia de un Glosario.

El caso es que me compré este título porque llevaba bastante tiempo siguiendo esta cuenta de Twitter, cuyo autor es el mismo que el del libro. En ella, se mostraban diferentes aspectos de arquitectura imaginaria que no habían salido de la mesa de dibujo, de las ilustraciones de los libros o de las viñetas del cómic. Todos esos ejemplos compartían el mismo estatus de irrealizado o irrealizable, pero a pesar de ello, tenían un poder de fascinación que los convertían en plenamente reales dentro su irrealidad. Lugares, paisajes y ciudades que pertenecían de pleno derecho a nuestro mundo, que podían ser visitado y que seguramente lo serían algún día.

Con esos antecedentes, esperaba que Imaginary Cities fuera un catálogo visual de los muchos lugares soñados que aparecían en esa cuenta de twitter, pero cuando lo tuve entre mis manos sufrí una gran decepción. No había ninguna ilustración, mientras que el texto abandonaba toda pretensión de catálogo y ordenación, de sistema de de la imaginación humana, para convertirse en una larga e infinita digresión. Un auténtico caminar en círculos, donde los enlaces entre secciones se tendían a través de las más débiles asociaciones, casi como si fuera un cadavre exquis surrealista, escrito por muchas manos independientes sin conocimiento de lo que sus colegas hacían.

Por suerte la desilusión duró sólo un par de páginas. Hasta que ese laberinto de conexiones cobró todo significado y sentido


Lo que Anderson se propone en su libro es trazar la historia de la ciudad a lo largo de los tiempos, un poco al estilo de Lewis Mumnford en su obra clásica The City in History (La ciudad en la historia). No obstante, que si este estudioso intentaba mostrar como fueron las ciudades, como vivieron en ellas sus habitantes; Anderson intenta mostrar como las hemos imaginado, la forma en que se han plasmado en el arte universal y como estas representaciones han influido en el modo en que las hemos organizado en el mundo real. Es decir, en como hemos elegido vivir en ellas.

El objetivo de la obra deviene así enciclopedico, de tales proporciones que un estudio sistemático y organizado sería casi imposible, al requerir múltiples volúmenes y muchos años de trabajo. Incluso sería contraproducente. ya que toda clasificación estricta acabaría levantando barreras infranqueables entre las diferentes concepciones. Las aislaría unas de otras por completo, destruyendo esa red de relaciones, no sólo entre conceptos semejantes, sino entre contrarios irreconciliables, que permanece latente en la mente de todo ser humano perteneciente a una cultura y un tiempo determinado.

Si se quiere abarcar todo ese universo ideológico, mejor dicho, todos esos infinitos universos mentales, no queda otra estrategia que la aplica Anderson. Vagar, saltar de un concepto a otro sin importar los abismos estéticos e filosóficos que los separen, sin preocuparse por justificar la lógica del camino. Es más buscando el laberinto - él mismo, otro tipo de ciudad -  para dejarse perder en él, sin que importe encontrar la salida. Ni siquiera que haya una salida.

La recompensa es recorrer, en apenas 600 páginas, toda suerte utopías y distopias, de la original de Thomas Moro a la muy cierta y perenne de George Orwell, del tratado político-filosófico a la novela barata de ciencia ficción. En ellas,  las diferentes generaciones proyectaron sus sueños y temores, los sueños que creían desear antes de terminar odiándolos, los temores que aún desconocían y que ellos mismos crearon con sus acciones. Junto a estos estados ideales, todas esas arquitecturas que no fueron, que en mucho caso fue mejor que no llegaran a ser, pero que sin embargo, siguen fascinándonos a pesar del desagrado o el horror que nos producen, como la Ville Radieuse de Le Corbusier o la One Mile Tower de Frank Lloyd Wrigth. Caso extraño éste último, el de la colmena humana, viniendo de quien diseñase casas pensadas específicamente para las personas concretas que iban a habitarlas.

Y no sólo eso, también esas ciudades que nunca existieron, pero que durante mucho tiempo se pensó que eran tan reales como aquéllas en que se habitaba. De el reíno mítico del Preste Juan a las Siete Ciudades de Cíbola o el país de El Dorado, lugares donde todo lo milagroso podía existir y cobrar realidad, como la fuente de la juventud, los tesoros sin término o a las huestes cristianas que exterminarían al moro. Frente a ellas, la ciudades reales, siempre fracasadas en su función de hogar y refugio. Incluso, en el peor de los casos, auténticos infiernos en la tierra, como los muchos suburbios y barrios de chabolas que aún hoy rodean nuestras ciudades. Espacios fuera del lugar y del tiempo para los que son afortunados, y cuyos habitantes son culpables, para estos mismos agraciados, de algún pecado irredimible cometido antes de su nacimiento.

Es por eso, por esa variedad multiforme e infinita de referencias y citas que forma el libro, que su peor defecto es carecer de glosario. Porque me gustaría consultarlo para encontrar en qué página se hablaba de tal hombre, de tal ciudad, de tal libro, que no conocía y que ya no podré olvidar.

Pero esto es también típico de los laberintos, que una vez fuera de ellos se tornan incognoscibles.  Sólo queda volver a entrar. dejarse perder y extraviar, si se quiere aprender.