martes, 12 de julio de 2016

Actos cotidianos (y I)




































Tengo que reconocer que me ha costado mucho aclimatarme a los espacios fílmicos de Jonas Mekas. La primera vez que vi Walden no acabé de comprender muy bien quién era toda esa gente que allí aparecía y qué significado tenía en el mosaico de imágenes que construía Mekas. Fue sólo gracias al libro de más de cien página, que acompañaba a esa edición, donde se detallaba de forma obsesiva todo lo que había detrás de cada escena, que comencé a comprender y a estimar un tanto el estilo tan personal de este cineasta.

Este rechazo mío era en gran medida injustificado e incomprensible. Mis coordenadas estéticas se hallan próximas a las de Mekas, en el sentido de que yo también estoy enamorado de lo mínimo, de lo casi banal, pero que sin embargo constituye la casi totalidad de nuestras vidas, nuestros momentos de auténtica felicidad. Esas vivencias apenas se representan en el cine, especialmente en el comercial, que parece reducirse al mero espectáculo circense, subrayando todo lo inusual y excepcional, precisamente aquéllo que jamás viviremos en primera persona, ni siquiera como espectadores. Incluso, en estas últimas décadas, esta manera de la exageración por sistema se ha liberado de cualquier tipo de excusas, como podría ser una apelación al realismo o el compromiso, de manera que nuestros blockbusters habitan en un mundo imaginario construido a su medida, donde, curiosa paradoja, lo excepcional e inusual es cada vez más repetitivo y estereotipado. Sin que ello evite que cada año se celebre la llegada de la película más taquillera de la historia.

Lo que realmente me molestaba de Mekas era, precisamente, su aparente cercanía al cine de aficionados, a ese inmenso corpus invisible de películas familiares, de recuerdos de vacaciones, cumpleaños y fiestas, que sólo interesan a sus protagonistas y allegados, que únicamente sirven para aburrir al resto y que poco a poco se va pudriendo en sótanos, trasteros o discos duros externos. Esa aprofesionalidad se expresaba en el descuido con Mekas rueda, sin importarle los encuadres, el enfoque o la iluminación, torpezas propias de quien realmente no conoce las técnicas más básicas de la cinematografía y, como mucho, intenta suplirlas con aspaviento visuales modernos.

Estaba equivocado. Evidentemente equivocado. Mi concepción del cine, como la de todos los aficionados de cierta edad, está contaminada por los logros de ese estilo que llamamos clasicismo y que para demasiados continúa siendo el único válido, cuando no la perfección indiscutible. Ese modo de entender la cinematografía, promovido por el Hollywood de 1930 a 1960, se filtra hasta los rincones más ocultos de la cinefilia, inclus hasta las mismas películas de aficionado, que intentan adoptar el modo de las obras mayores, aun cuando sus temas y sus publicos, sean muy restringidos. Ellos, no las ambiciones de sus creadores, porque todo aficionado, por el mero hecho de manejar una cámara, acaba por creerse un Hitchcock, cuando no un Cecil B. de Mile... o cualquiera de los cineastas de éxito de ahora mismo.

En ese sentido, la obra de Mekas es el opuesto al cine de aficionados. No hay en ella ese prurito por remedar los clásicos, por buscar una respetabilidad copiando modelos consagrados. Ese alejamiento no supone tampoco de rebeldía, sino constatar que esos medios industriales, esas herramientas hartamente probadas, esos subrayados y resaltados del cine clásico, no son válidos a la hora de representar nuestra vida cotidiana de manera sincera. Lo que pretende Mekas es capturar el instante, conservando su carácter singular y efímero, de manera que el desaliño y el desarreglo se tornan marcas de autenticidad. Las señas de identidad alguien que va con su cámara a cuestas a todos los sitios, para convertirla en su tercer ojo, un ojo de la memoria que graba lo que ve en todo su desorden y multiplicidad, sin tener tiempo de prepararlo, ordenarlo y organizarlo. El fin último, por tanto, es volcar esa realidad filmada tal y como se percibió, envuelta y constituyendo una confusión visual que no es una pose, sino recuerdo de como el mundo nos sobrepasa y nos confunde.

Esa confusión, ese no saber qué acontecerá al momento siguiente, como se desarrollará la vida, siempre refractaria a nuestros planes, lleva a una segunda conclusión lógica, precisamente ésa que tanto me disgustaba. Para mantener la pureza, para no distorsionar nuestra mirada, para no romper el papel del director como guía que nos obliga a pensar de una manera determinada, Mekas nunca nos explica lo que está sucediendo en pantalla. A lo sumo largas divagaciones construidas sobre y desde el recuerdo, en las que Mekas divaga sobre el objeto de su arte, sobre los medios y las razones que le llevaron a ese modo, sobre los problemas y las traiciones que le apartan radicalmente del cine habitual.

En todo caso, somos nosotros los que tenemos que encontrar la clave de lo que se nos muestra, al igual que nos vemos obligados a encontrar una razón para continuar viviendo en este mundo que nadie nos explicó y del que no iremos estando la historia a medias. Sin embargo, el secreto de las películas de Mekas, al contrario que el de la vida es muy simple, porque todos somos humanos, todos tenemos las mismas necesidades, las mismas apetencias y temores. Compartimos, en definitiva, la misma aspiración a la belleza, de manera que para comprender las imágenes de Mekas sólo tenemos que ver con nuestros propios ojos, sentir esas escenas, disfrutar esos fragmentos, como si fueran los de nuestra propia vida. A la que tanto se asemejan.

Sí, ése es el secreto. Y llegado aquí me doy cuenta que al modo de Mekas he divagado sin rumbo, caminado en círculos, y no les he dicho nada de la película suya que vi. Ni siquiera el nombre:As I Was Moving Ahead Occasionally I Saw Brief Glimpses of Beauty (Mientras avanzaba, vi breves destellos de belleza, 2000)

Así que tengo que emplazarles para otra entrada, donde hablarles, esta vez sí, de la película.