jueves, 7 de julio de 2016

Entre las sombras

The historian Paul Kennedy argues that an objective assessment of wartime intelligence should highlight its preponderance of failures: the Russians' underestimate of Finnish defensive capacity in 1939-1940; British misjudgement of the Norway campaign; the confounding of French expectations by the German thrust through the Ardennes in May 1940; Stalin's rejection of predictions of the German invasion of Russia in June 1941; American blindness about the threat to Pearl Harbor; German failure to anticipate the Russian envelopment in Stalingrad, the reverse pincer at Kursk, or the central thrust of operation Bagration in 1944. The Western allies misjudged German responses to their landings at Salerno in 1943 and Anzio in 1944, and to the Arnhem airdrop. The Americans were surprised in the Ardennes in December 1944. The Japanese began by grossly underrating America's moral strength as well as industrial capacity, and were blindsided  by almost every US initiative of the later Pacific war. Kennedy concludes his catalogue of failures:  "even if one can concede that the Allied record on intelligence was far better than that of the Axis, it is easier to demonstrate where smooth logistics helped win the war than to show where intelligence led to victory"

Max Hastings, The Secret War.

El historiador Paul Kennedy aduce que una valoración objetiva del espionaje en tiempo de guerra debería destacar su abundancia en fracaso: la subestimación rusa de las capacidades defensivas finesas en 1939-1940; los errores  de valoración británicos durante la campaña noruega; la confusión de las expectativas francesas ante la ofensiva alemana en las Ardenas en mayo de 1940; la ceguera americana referente a la amenaza a Pearl Harbor; el fracaso alemán en adelantarse al cerco ruso en Stalingrado, la pinza inversa en Kursk o la ofensiva contra el centro en la operación Bagration en 1944. Los aliados estimaron mal la respuesta alemana a los desembarcos en Salerno en 1943, Anzio en 1944 y al ataque aerotransporado en Arnhem. Los americanos fueron sorprendidos en las Ardenas Los japoneses comenzaron infravalorando la fortaleza moral de América y su capacidad industrial y permanecieron a oscuras ante casi cualquier iniciativa estadounidense en la guerra del Pacífico. Kennedy finaliza este catálogo de fracasos. " incluso si se admite que el balance aliado en espionaje fue mucho mejor que el del Eje, es más fácil demostrar cuando la habilidad logística ayudó a ganar la guerra que mostrar cuando el espionaje condujo a la victoria".

Empecé a leer el libro de Hastings sobre el espionaje en la Segunda Guerra Mundial con cierta aprensión. Según los comentarios que había consultado, el historiador británico había escrito una crónica maniquea y partidista, donde dividía el mundo de los espías en buenos y malos. Los héroes, por supuesto, eran los que habían ayudado a la victoria de los aliados occidentales, mientras que los traidores no sólo eran los que se habían puesto al servicio de los Nazis, sino los que habían servido al régimen estalinista en los países aliados. 

Esta clasificación permitía realizar una condena moral de doble sentido. En nuestro presente, la de Snowden, por revelar secretos de seguridad de los EEUU y UK, para ponerse luego al servicio de una potencia extranjera, la Rusia de Putin. En el pasado, la de los agentes dobles del MI5 y MI6 británicos que tenían al corriente a la NKVD/GRU soviética de lo que se cocía en el gobierno británico, o los muchos civiles americanos que transmitieron los resultados del proyecto Manhattan, la bomba atómica, al régimen soviético. Una condena que se hacía extensible incluso al grupo de funcionarios y militares alemanes que desde el corazón del mismo sistema nazi proporcionaron información de primera clase a la URSS en el periodo 1940-1942. La llamada Rote Kapelle u Orquesta Roja, uno de los grandes éxitos del espionaje soviético durante la guerra, aunque luego sus logros fueran malgastados por la desconfianza de Stalin.

Mis temores se despejaron porque, afortunadamente, Hastings no ve las cosas tan en blanco y negro. Es cierto que condena de manera terminante a Snowden, juicio que no comparto, y que pone de manifiesto que los muchos informantes de la NKVD/GRU en USA, Inglaterra y Alemania eran traidores desde el punto de vista de sus gobiernos, algo que todos ellos sabían perfectamente, así como que no podían esperar compasión o indulgencia en caso de ser capturados. También deja claro que el régimen al que servían, el soviético, era una dictadura sanguinaria que no tenía respeto alguno para la vida humana, ni siquiera por la de sus propios agentes. Sin embargo una vez señalado esto, Hastings les disculpa y absuelve en cierta manera, especialmente a los miembros de la Rote Kapelle, al grupo  formado alrededor de Arvid Harnack y Harro Schulze-Boysen.

Ellos vivían bajo otra dictadura sanguinaria a la que buscaban derribar mediante actos de resistencia. Una de las maneras, precisamente, era espiar a cuenta de otra potencia cuya ideología, la marxista, estaba en las antípodas de la que se había adueñado de Alemania, mientras que los poderes occidentales parecían contemporizar, cuando no aprobar, las acciones de régimen nazi. La Rote Kapelle estaría así en el mismo lado de la valla que los miembros de la Weisse Rose (Rosa Blanca), o los civiles y militares de la operación Walküre que casi consiguieron asesinar a Hitler, aún cuando las diferencias políticas que separaban a unos grupos de otros fueran irreconciliables. 

Esta disculpa basada en el mal menor, se extendería también a las redes de espionaje que infiltraron el proyecto Manhattan, aunque no a las del MI5/MI6. En el ambiente bélico y prebélico de aquel entonces, la URSS gozaba del prestigio del haber sido el único régimen que desde un principio se había opuesto a la Alemania Nazi - si olvidamos por un instante el pacto de no agresión de 1939 a 1941 - mientras que las purgas masivas, las hambrunas y las deportaciones al GULAG eran mal conocidas y compensadas por su aparente éxito en construir la utopía. Muchos de los informantes de NKVD creían que con su acción estaban favoreciendo el esfuerzo militar aliado al poner en manos de la URSS información valiosa para el esfuerzo bélico. De hecho, como señala Hastings, personalidades como Allan Dulles, primer director de la CIA, o Robert Oppenheimer, director del proyecto Manhattan, fueron informantes involuntarios de la URSS, ya que no creían que hubiera que tener secretos con el aliado.

Sin embargo, lo más importante e interesante del libro no es esta discusión, sino la inutilidad de los métodos de espionaje tradicional durante todo el conflicto, en contra de la imagen que nos ofrecen las películas de James Bond o series como 24.

Hasting subraya que de todo el tiempo y recursos que los paíeses en guerra invirtieron en el espionaje, sólo hubo dos operaciones con éxito rotundo, la infiltración del proyecto Manhattan y los topos en el MI5/MI6. Otras acciones que podrían haber sido decisivas, como la citada Rote Kapelle, la red Lucy, dirigida desde Suiza por Rudolf Rössler o la de Sorge en la embajada alemana en Japón, fueron malgastadas por una NKVD que había sido desmantelada por las purgas, luego roto contactos con sus redes durante el periodo del tratado de no agresión germanoruso y finalmente negado la evidencia del ataque nazi porque Stalin rechazaba aceptar esa posibilidad.

Fuera de ahí, nada más, sólo fracasos u ocasiones perdidas, debidos en gran parte a que la información suministraba no era mejor que la que se obtenía leyendo los periódicos, se perdía en el ruido de las diferentes fuentes, demasiadas veces contradictorias, o bien no eran aprovechadas por falta de recursos en los frentes de batalla. Esto último, para Hastings, es capital, porque a pesar del ruido que se ha hecho con la influencia de ciertos agentes dobles, como el catalán Garbo, en el curso del conflicto, sus acciones no hubieran servido para nada si no se hubiera contado el poder militar necesario para lanzar la operación Overlord y convencer a los alemanes que se podía ejecutar otro desembarco en paralelo. Ese fracaso del espionaje es el caso, por ejemplo, de la invasión aerotransportada alemana de Creta en 1941, conocida de antemano por los británicos, pero que no pudieron contrarrestar por falta de recursos aéreos y terrestres.

El único campo del espionaje que fue determinante en el conflicto no tuvo que ver nada con los espías al estilo tradicional. Se trata de lo que en ingles se llama sigint, es decir, la estimación de las intenciones enemigas por el análisis de su tráfico radiado y el descifrado de sus mensajes. Aquí, los aliados tuvieron la gran baza de Ultra, que les permitía leer las transmisiones de la marina alemana, además de parte de las de la Luftwaffe y La Wehrmacht. Aunque la sigint presenta graves problemas, el primero que tiene que ser analizada y entrafas en tiempo real para dar tiempo a mover las fichas sobre el tablero, su aportación fue decisiva en ganar la batalla del Atlántico contra los submarinos alemanes. Especialmente en la primavera de 1943, cuando los aliados tenían el suficiente poder naval para poder aplastar las Wolfpäcke de la Kriegsmarine. Es decir, cuando disponían aviones con base en tierra con suficiente autonomía para cubrir todo el Atlántico y dotados de radar con que localizar y seguir a los submarinos, portaaviones de escolta que podían crear un paraguas aéreo de protección sobre  los convoyes, además de destructores equipados con sonar para detectar la presencia y profundidad de los U-boote y auténticas armas ofensivas de ataque submarinas, como el erizo.

Con esto último, volvemos de nuevo a la tesis central de Hastings. Sin poder militar apropiado, los mejores servicios de espionaje son irrelevantes en el transcurso de las operaciones. Más aún cuando las vías de información podían cerrarse en cualquier instante, como ocurrió en 1942, cuando una mejora en el sistema de cifrado Enigma, dejo sordos a los descifradores de Ultra. Precisamente en uno de los periodos más negros de la batalla del Atlántico, cuando la ofensiva submarina alemana pillo a los EEUU sin preparación y la Abwehr alemana podía leer los códigos navales aliados, dirigiendo a los submarinos hacia los convoyes.