sábado, 16 de julio de 2016

Con los ojos bien abiertos


En las salas de exposiciones del Canal de Isabel II hay abierta, hasta mediados de agosto, una retrospectiva de la fotógrafa americana Vivian Maier. No voy a extenderme en detalles biográficos, ya que me temo que la novela que es su vida tiende a ocultarnos su obra, distorsionándola. Para los que no lo sepan ya a estas alturas, la vida de Maier transcurrió como la de una niñera cualquiera de la segunda mitad del siglo XX, cambiando de trabajo, residencia y ciudad con cierta frecuencia, sin que nada hiciera sospechar nada especial en ella. Fue sólo tras su muerte cuando una serie de descubrimientos casuales salvaron de la destrucción miles de sus fotografías, algunas de ellas aún sin revelar, y rescataron su figura de un olvido seguro.

De repente, el mundo supo que uno de los mejores fotógrafos contemporáneos había sido una aficionada, alguien que sin educación especial,, sin buscar fama ni gloria, sin necesidad de cámaras complejas y aún más costosas, había sabido ver el mundo de una forma nueva, única y original. 

Como los grandes maestros, en definitiva.
Maier y su obra serían así el prototipo de la leyenda romántica en el campo de las artes. El artista desconocido que se mantuvo al margen de todo y de todos, de escuelas, corrientes y controversias, pero que de repente se revela más importante que cualquiera sus contemporáneos y casi los torna anticuados, demasiado ligados al momento y sus servidumbres, mientras que ella parece haber alcanzado esa libertad absoluta a la que todos aspiramos.

Exagero, por supuesto, pero quería subrayar esa independencia, esa lejanía y esa singularidad de la obra de Maier con respecto a la fotografía en este último medio siglo. Es cierto que se pueden rastrear influencias, la más importante ese fotoperiodismo que surgió en el periodo de entreguerras, pero luego Maier no sigue la evolución posterior de esa manera, sino que parece congelarse en un pasado ya anticuado, replegándose en sí misma. Su obra se convierte así, sobre todo en sus autorretratos, en una meditación sobre lo visto y lo capturado, sobre la irresoluble oposición entre la verdad del momento efímero capturado con la cámara y la perenne artificialidad del hecho de fotografíar y retratar.

Me dejo llevar, pero esta es otra de las efecto que produce la obra de Maier. Sabemos tan poco de ella, aparte de unos sucintos datos geográficos, que esta fotógrafa es asimilable a los maestros antiguos de la pintura. Al igual que con ellos, la única forma que tenemos de conocer a Maier es a través de su obra, sin que las teorías y declaraciones del propio artista vengan a confundirnos, o sin que compañeros y amigos nos cuenten su versión interesada, ventilando rencores, odios y cuentas pendientes. No hay intermediarios que nos aparten de lo que vemos, ni discípulos o maestros que utilicen al maestro para dar un marchamo de respetabilidad a sus propias ideas.

No. En este caso la comunicación es directa. Entre el espectador y las fotografías. Entre nosotros y la fotógrafa, Vivian Maier, que nos mira desde el otro lado del espejo, con expresión seria y ausente. Sin vernos, casi sin verse a sí misma, pero consciente en todo momento de la importancia de su trabajo, de ese hobby tornado pasión al que dedicó su vida entera.

Muchos desearíamos sentir ese impulso, esa necesidad ineludible por salir a la calle y fotografíar todo lo que en ella sucede. Pero sobre todo, poseer esa su mirada precisa, ese nstinto para, en un breve instante, determinar cuál la fotografía perfecta, la que sabe hablar una con voz propia vez revelada, y pulsar el disparador sin temores ni titubeos

Pero eso está reservado a muy pocos. Muy, muy pocos afortunados.