jueves, 21 de julio de 2016

Medias tintas































Si siguen este blog, habrán notado que la proporción de entradas dedicadas al anime ha decrecido bastante desde hace ya meses. Les tengo que confesar que mi pasión por esa escuela de animación se ha atenuado bastante, lo provoca - o causa - que las series y películas de cada temporada me satisfagan cada vez menos. Un desapego que no sé si atribuir a ese giro hacia el infantilismo y el complejo moe/kawai del que tanto me quejo o que fue siempre así y no quería darme cuenta. Veremos.

Shisha no Teikoku (El Imperio de los cadáveres, Makihara Ryoutarou, 2015) venía con muy buenas credenciales. Producido por el estudio Wit, uno de los nombres nuevos en el mundo del anime, la película proponía un pasado del siglo XIX done el experimento de Viktor Frankenstein había tenido éxito y había pasado a aplicarse a escala industrial, convirtiéndose en un factor decisivo en el desarrollo y consolidación del imperialismo decimonónico. Se trata así de una obra ambientada en ese género del steampunk, que sólo por esa visión alternativa del pasado merecía la pena verse. Por ello y porque podía esperarse que la propia seriedad del tema reduciría a un mínimo el infantilismo al que hacía referencia, mientras que el complejo moe/kawai quedaría descartado enteramente.

Debo decir que desde un punto de vista técnico la película es ejemplar, basta con ver las capturas que abren esta entrada, pero esto es algo que se le supone a cualquier película reciente que haga uso del ordenador. Por otra parte, esa perfección técnica es relativa, ya que las escenas de masas siguen teniendo un aspecto tosco y torpe, producto, curiosamente de ese mismo ordenador que tan beneficioso ha sido en otros aspectos. Es decir, ya no tenemos que aguantar esos paisajes urbanos en los que los paseantes quedaban congelados en una pose, pero ahora se han visto substituidos por seres robóticos que tienen dificultad en caminar... defecto que podría ser una virtud en la representación de una sociedad repleta de zombies industrializados.

El principal problema de la película es de orden narrativo. La excusa de la historia, como ya les he dicho, es que la reanimación de cadáveres se ha convertido en una industria más, mejor dicho, la industria que permite el desarrollo de la economía. Esto se traduce visualmente en un mundo en el que los seres humanos vivos parecen haber sido reducidos a un mínimo indispensable, ya que todas las actividades pesadas, peligrosas o mortales, como el trabajo en la industria o el ejército, han pasado a ser realizadas por estos zombies artificiales. El problema que este postulado presenta es, precisamente, saber de donde salen todos estos cadáveres reutilizados, normalmente jóvenes. La lógica más mínima nos hace suponer que la gran mayoría no son producto de muerte natural, sino que hay un origen mucho más lóbrego detrás de ello, pero es una cuestión moral que la película no se preocupa en abordar.

¿Y qué problema filosófico-moral pretende plantear la película? Pues es difícil de decir y me da la impresión que ninguno. Es decir, que no pasa de ser un espectáculo más de acción, explosiones y combates, que intenta apuntarse al revival reciente del género zombi. Esto viene confirmado porque al final la historia deriva en un apocalipsis zombie tradicional que nuestros héroes consiguen impedir en el último momento, como también suele ocurrir en las películas de entretenimiento tradicionales. Incluso esto sería aceptable, sino fuera porque este apocalipsis queda sin consecuencias aparte de un final feliz muy forzado, peor aún, nos quedamos sin saber qué ha pasado con la tecnología de reanimación que hasta entonces había sido el motor y el centro de toda la historia.

El deshacerse del nudo argumental como si fuera un estorbo es un claro ejemplo de mal guionista, mejor dicho, de guionista con pretensiones de profundidad que en realidad pretende darnos un poco más de lo mismo: fast food para la taquilla. Esto se ve confirmado no sólo por este final que no concluye nada, sino porque no queda nunca claro cual es el terrible problema moral que tanto atormenta a los protagonistas y que les lleva a recorrer el mundo entero, de Londres a la India, de Afganistan a los EEUU, luchando contra las potencias mundiales y otros tantos poderes en la sombra. Si es que hay un problema moral que resolver, porque, como ya les he dicho, toda la cinta no parece ser otra cosa sque una excusa para ofrecer el consabido espectáculo de acción.

Aún así, si la película aceptase su lugar como mero entretenimiento, si abandonase sus aires de seriedad y profundidad para asumir su propia vaciedad y reírse un poco de ella misma, sería perfectamente disculpable. El problema es que la historia se ve a sí misma como transcendente y determinante y utiliza todos los trucos para construir esa imagen. Entre ellos el apelar a personajes reales de la historia e imaginarios de la literatura universal, que le confieran ese aura de prestigio a la que aspira. Por ejemplo, el doctor Watson de Sherlock Holmes, el Alexei de Los hermanos karamazof, o el monstruo de El moderno Prometeo.

Esto sería ejemplar si se hiciera al modo de Alan Moore y su League of Extraordinary Gentlemen,  donde estos personajes responden a su prototipo y podrían perfectamente pasar por una continuación apócrifa de sus aventuras. Sin embargo, aquí, en Shisha no Teikoku, son simplemente objetos decorativos, cebos para que nos creamos que estamos viendo una historia muy profunda y transcendente, cuando en realidad estamos viendo otra película más de zombies, mal trabada y sin el encanto kitsch de las antiguas.