lunes, 25 de julio de 2016

Silencios (I)




























Descubrí la obra de Chantal Akerman muy tarde en mi cinefilia y sólo gracias al doblete que publicó Criterion en su momento, con Jeanne Dielman, 23 Quai du Commerce, 1080 Bruxelles (1975) y un buen puñado de sus obras tempranas. La impresión que me causaron esta películas fue semejante a la de un enamoramiento repentino: radical y definitivo, pleno de esa pasión sin límites que borra toda capacidad de raciocinio.

Exagero. Por supuesto que exagero. Sin embargo, lo que encontré en su obra fue un alma gemela. Alguien que como yo, conocía los la laberintos de la soledad y la incomunicación, la asfixiante rutina y las prisiones autoimpuestas, pero que al contrario que yo, había sabido encontrar una cierta vía de escape, expresando sus días de condena en una forma artística válida. Con un estilo claramente experimental, sin concesiones, que la alejaba de la mayoría de los espectadores, pero capaz de fascinar a quien tuviera los ojos bien abiertos. Desgraciadamente, a pesar de este triunfo personal, no fue capaz de encontrar la solución a su propio dilema y, como sabrán, terminó suicidándose el año pasado. Una conclusión que me dolió por partida doble, tanto por la admiración que siento por su obra como por el miedo que tengo a seguir sus pasos.

Sin embargo, a pesar de estas manifestaciones de admiración, lo cierto es que no había continuado revisando su obra. Tal era el valor de mi sinceridad. Tuvo que ocurrir un hecho como su muerte para que me pusiera a buscar ediciones de sus películas y, afortunadamente, encontré una compilación de sus documentales tardíos, D'est (1993), Sud (1999), De l'autre côte (2002)  y Là Bas (2006) en una editora americana, junto con su última película, No home movie (2015), larga conversación con su madre justo antes de que ésta muriera. Desgraciadamente, las ediciones no son de buena calidad, pero al menos me han permitido apreciar como evolucionó el estilo de esta directora tras sus primeros pasos en los 70, confirmando que lo que vi en Jeanne Dielman no fue una casualidad.

¿Y qué es lo que vi en esas obras tempranas? Primero que Akerman es un cineasta que se mueve siempre entre la ficción y el documental, de manera que sus ficciones son esencialmente autobiográficas, hasta el extremo de utilizarse como actriz o buscar un alter ego, o bien se refieren a sucesos y sentimientos personales, cercanos y próximos. Por otra parte, su estilo es de raigambre experimental, siguiendo casi a rajatabla dos normas: no explicar lo que estamos presenciando, de manera que el espectador asume siempre el papel de recién llegado o visitante no invitado, mientras que el silencio de los personajes, querido o impuesto, se convierte en un puntal de la narración. El resultado es una sensación de asfixia, de agobio y claustrofobia, de habitar una prisión en la que no existen muros ni rejas, fuera de las que nosotros mismos queremos construirnos.

D'est (Del este) pertenece a la variante documental de cine de Akerman. Se trata de un viaje a los países del antiguo bloque comunista, justo tras la caída del comunismo. Busca, obviamente, saber que ocurrió allí, como las gentes de esas regiones de Europa, hasta entonces opacas e inalcanzables, zonas vacías del mapa donde podíamos proyectar todos nuestros sueños y temores, están viviendo esa nueva situación, ese cambio radical en sus vidas. La película adopta, por tanto, las formas del viaje iniciático, en las que se parte de un entorno conocido, seguro y amable, para ir modificando paulatinamente el entorno, hasta que las referencias habituales desaparecen y lo que nos rodea se hace irreconocible. Hostil y amenazante

Se podría pensar entonces que se trata de un travelogue al uso, que no pasaría de ser guía de viajes para occidentales aburridos; o que, intentando separarse de ese estereotipo cayese en otro, el del panfleto político que busca denunciar fenómenos circunstanciales, que en pocos años a nadie interesaren. Akerman sortea ambos peligros utilizando las armas del silencio, sin decirnos nunca qué es lo que estamos viendo, dónde nos encontramos, ni interpelar a las gentes que su cámara retrata. Lo que consigue con ellos es que nos sintamos como alguien ajeno, alguien que no pertenece a ese otro mundo del este, alguien que vaga sin rumbo ni destino por las calles de esas ciudades extrañas sin saber qué es lo que ocurre a las personas que ve, las motivaciones y los problemas que les ocupan. De donde vienen y a donde van, cuáles son sus sueños, cuales serán sus destino.

Completamente splo. Tanto como en su país de origen. Incluso más, porque que aquí no hay un hogar al que regresar y donde refugiarse.



























Este efecto de soledad, de aislamiento y ausencia, de ser un extraño, una molestia, un visitante no querido, incluso odiado, lo consigue Akerman dividiendo la película en una sucesión de tres tipos de planos. Largos travellings en estaciones de tren o autobuses, o por las calles de esas ciudades, interrumpidos sólo por retratos de personas en sus hogares, que se dedican a actividades rutinarias, que parecen atrapados, congelados en ellas.

Lo unico que vemos, por tanto, es gente esperando, multitudes en continuo tránsito, personas a las que sólo mantienen enteras las rutinas cotidianas. No sabemos qué esperan, desconocemos si habrá de llegar o si realmente existe eso que aguardan. Sólo somos testigos de esa espera sin fin ni alivio, de los largos tiempos muertos sin significado que consumen sus vidas, de como paulatinamente esa frustración va royendo y minando su personalidad, sus sueños y esperanzas.

En vez de ellos, la desolación. Personal y social. La de un mundo que ha perdido su razón de ser, la de unas personas que ya no tienen lugar en él. Sólo queda aguardar, encerrados en sus hogares, por si alguien viene a llamar. En frías salas de espera, donde nunca llega el tren que se desea. En estaciones de autobús a la intemperie, donde ni siquiera se sabe si se sigue prestando servicio. 

Y si no, echar a andar, por paisajes nevados, desolados y hostiles. Sólo por hacer algo, por pensar que se está actuando, que no se está simplemente esperando a que llegué la muerte.

Que tardará, pero nunca se olvidará de nosotros.