jueves, 4 de febrero de 2016

Vidas normales



























Por casualidades de los cambios de formato en el vídeo doméstico, de VHS a DVD, de DVD a BR, junto con las diferentes fechas de edición en distintos lugares del mundo, hay unas pocas películas de las que he llegado a tener hasta cuatro copias. No las que pensaba yo que eran mis favoritas de toda la vida o las que formaban parte de mi canon particular, sino otras que he descubierto más recientemente y que suelen pertenecer a regiones más periféricas de la cinematografía, pero que, a fuerza de verlas, he llegado a apreciar e incluso han substituido a algunas las que yo consideraba como intocables.

Una de las películas de este palmarés mío renovado es Walden (1969) de Jonas Mekas. Para los que no lo sepan - y si están leyendo este obscuro blog, seguro que lo saben - Mekas es una figura central dentro del cine experimental americano. Emigrante lituano que llegó a los EEUU en 1948, durante la década de los sesenta, junto con Brakhage y otros muchos, se convirtió en uno de los impulsores del nuevo cine experimental en ese país, cuando ese tipo de cine rompió con la servidumbre hacia las vanguardias plásticas típica de los años 30 y el aislamiento autista tan corriente en las obras de los años cuarenta y cincuenta. En esa década prodigiosa, los films de estos autores jóvenes llegaron por fin a un público más amplio, en sincronía con la otra revolución cinematográfica encarnada por la Nouvelle Vague, encontrando además un lenguaje visual propio, sin deudas hacia el resto de las artes y que sólo dependía ya de sus propias reglas y evolución internas.

Mekas no es importante sólo por su obra, amplia e influyente . Su papel se extendió también a la difusión del nuevo corpus experimental y su conservación, lo que le llevó a fundar una institución aún existente, Antology Film Archives, sin la cual gran parte de esa filmografía acomercial se hubiera perdido. Sólo por la creación de Antology Film Archives, Mekas ya habría pasado a la historia del cine, pero además, sentó las bases de un género que hasta entonces se consideraba menor, propio de aficionados sin formación, pero que ha devenido una de las bases del cine experimental e independiente: el diario visual.

El diario visual, como su propio nombre indica, es la traducción en imágenes del genero diarístico en la literatura: la anotación diaria, constante y pormenorizada de los sucesos cotidianos. Un genero que, tanto en sus versiones escritas como rodadas, puede reducirse a mera constatación de acontecimientos banales, sin valor alguno, fuera del personal, como desembocar en lo contrario, en apertura a nuevos mundos, a una cotidianidad reencontrada cuya belleza y transcendencia se nos pasaban sin que les prestásemos atención, sólo porque siempre estaban ante nosotros, al alcance de nuestra mano. Porque pensábamos que siempre podríamos volver a ellos, en cuanto quisiésemos y tuviésemos un poco de tiempo, sin percatarnos que su esencia era el ser efímero, que lo que no disfrutásemos en ese momento preciso, lo que no anotásemos para que otros pudieran compartirlo con nosotros, se perdería inevitablemente para siempre.

Esta reivindicación del diario visual realizada por Mekas ha llevado a redescubrir una larga serie de tesoros fílmicos en manos privadas, que estaban ya a punto de perderse. Registros rodados por personas corrientes de la vida de sus familias durante años e incluso decenios, que en su ingenuidad y su torpeza, nos resultan ahora de una espontaneidad, de una verdad y sinceridad, en claro contraste con el campanudismo y el endiosamiento del cine comercial. Sin embargo, y a pesar de que Walden y Mekas, nos hayan llevado a reconocer y apreciar estas riquezas menospreciadas, entre ellas y la obra del lituano media un abismo, amplio y profundo.

El estilo de Walden no es el de un aficionado, o al menos no el de un aficionado de antes de la película. Narrativamente, Mekas no intenta explicarnos lo que ve su cámara, el significado de lo que ha sido rodado, sino que lo presenta tal cual, sin referencias, sin transiciones que unan las diferentes secuencias, sin un hilo temporal claro, aparte de que las secciones primeras ocurrieron antes que las últimas. El resultado es una acumulación caótica de imágenes y experiencias que remedan tanto el azar con que nuestra vida se desarrolla, como el desorden con que ésta es conservada en nuestro recuerdo. 

Una confusión fílmica, producto de una multiplicidad de sensaciones y estímulos, que no sólo se limita a estos aspectos narrativos, sino que se contagia también a los visuales, donde se utiliza un montaje apresurado, cuya rápida sucesión de planos intenta simular los muchos acontecimientos que compiten por nuestra atención, sin que podemos, ni debamos, centrarnos en uno solo por entero, a menos que queramos cercenar la riqueza de la existencia. Una riqueza que en la concepción de Meka, exige también el uso de la cámara rápida, para así comprimir el tiempo real de esos acontecimientos en el exiguo espació fílmico del que se dispone, o hacer uso del desencuadre, el desenfoque, los movimientos rápidos de la cámara que dejan la imagen borrosa, para que así el espectador sienta cercanía, inmediatez, la ilusión y la emoción que se apoderó del diarista visual al testimoniar esos sucesos.

Esos sucesos. En estas dos palabras radica otro de los rasgos fundamentales de Mekas y su concepción del cine. Porque esos sucesos que se ruedan, que Mekas rueda, son en general banales e intrascendentes, pero sólo en apariencia, ya que sin ellos nuestras vidas, nuestra existencia, serían inconcebibles, invivibles. Una postura que se halla en las antípodas del cine comercial, ése con el que nos bombardean los medios y para el que siempre hay prontos aduladores, un cine donde sólo es cinematográfico lo excepcional, las pasiones devoradoras y prohibidas, las persecuciones y acrobacias, los asesinatos y violaciones, las violencia y la guerra. El horror, en definitiva, convertido en signo y razón de la existencia.

Mientras que para Mekas, para muchos de nosotros, la belleza, el sentido de la existencia está aquí mismo, ante nosotros, nos acompaña todos los días sin que nos demos cuenta, cuando sólo hace falta salir a la calle y saber ver.

E incluso unos pocos, como Mekas, sabrán compartir ese modo de mirar con los demás.