martes, 16 de febrero de 2016

Es el movimiento
































Intentando acabar con la inmensa pila de animes que dormita en mi disco duro, este fin de semana ha visto Nerawareta Gakuen (Escuela de parapsicología, 2012) dirigida por Nakamura Ryosuke para Sunrise. 

Digamos que este anime tiene graves problemas en su estructura narrativa. No acaba de decidir si es una comedia o un drama, de forma que varios momentos de tensión se ven negados por la introducción de un chiste y viceversa. Por otra parte, no acaba de quedar muy claro qué historia pretende narrar, si se trata de un relato de ciencia ficción o quisiera decantarse por una descripción de unos primeros amores juveniles, de manera que las diferentes peripecias que la llenan simplemente se yuxtaponen, sin que parezca haber una relación causal, mucho menos natural, entre ellas. Para terminar, el estilo hiperrealista, pirotécnico en ocasiones, de su acabado visual llega a ser demasiado forzado, cruzando ese límite con el Kitsch que tan bién sabe evitar un director como Shinkai Makoto.

Sin embargo, he disfrutado profundamente con esta película. Tanto, que he tenido que redactar la lista de defectos anterior para poder justificar - y justificarles - mi entusiasmo.

Hay dos factores principales en los que se basa mi admiración exagerada: uno objetivo/estético y otro subjetivo/personal. El objetivo/estético consiste en que durante gran parte del metraje me daban más bien igual las incongruencias e inconsistencias de la historia, incluso dejaban de molestarme las estridencias de la iluminación y el colorido. Mi atención estaba centrada exclusivamente en los movimientos de los personajes, porque si algo caracteriza a Nerawareta Gakuen es su obsesión por representar los movimientos de sus personajes en toda su amplitud y verdad. Una característica que no suele ser común en la mayor parte de las producciones japonesas, de interpretación bastante rígida, y que en este caso supera a gran parte de las películas occidentales, cuya exuberante gesticulación suele ser formulaica.

Esa pasión por el movimiento, por describir la personalidad de los personajes mediante sus ademanes y sus manierismos, conecta con uno de los invariantes, de los esenciales, de la animación. Uno de los pioneros - se me ha olvidado el nombre - describió esta forma no como la imagen en movimiento, que sería el cine normal, sino como el movimiento en imágenes. En resumidas cuentas, lo más característico de la animación sería la observación, la reconstrucción en la mente y la interpretación/reproducción en dibujos del movimiento. En toda su amplitud y en todos sus ámbitos, de manera que para esta manera cinematográfica serían tan importantes la escena de acción más compleja y acelerada, como el simple ponerse los zapatos o lavarse las manos.

Es precisamente en esta faceta donde destaca  Nerawareta Gakuen. En la descripción detallada de los movimientos más banales, pero no por ello menos trascendentales. Desde un simple paseo por la playa, o en bicicleta, o el mero placer de estirar los músculos y sentirse vivo, o la confianza sin palabras, sin barreras, sin obstáculos, sin necesidad de justificación, que se establece entre algunos componentes del reparto.

Y es aquí donde llegamos al punto subjetivo/personal que me ha echo enamorarme de esta película. Ya les había dicho que Nerawareta Gakuen es tanto historia de ciencia ficción como narración de primeros amores juveniles... y uno tiene cierta debilidad por ese tipo de historias, que acaban por hacerle llorar como una magdalena.

Ya saben, por razones personales, que no tienen - ni necesitan - de justificación objetiva