sábado, 27 de febrero de 2016

No se puede ir más allá


Para mí - creo que lo saben - la cumbre de la pintura figurativa se halla en el siglo XVII. Exagerando, se puede decir que toda la pintura anterior no es más que preparativos para esa gloria efímera, restringida a un puñado de nombres, mientras que la historia posterior de ese arte es una serie intentos por encontrar caminos nuevos, puesto que los anteriores se han tornado intransitables, mejor dicho triviales y urbanos.

Estas reflexiones desmedidas vienen a cuento de la exposición de Georges de la Tour, recién abierta en el Prado. Un pintor que me emociona hasta la extenuación y las lágrimas, al sentir que no es posible ir más allá de esa perfección pictórica, que lo que estamos viendo es un auténtico milagro, la puerta a otro mundo ultraterreno que por un momento se ha materializado ante nosotros. Fascinación y arrebato que no es privativo mío, sino compartido con muchos para los que estos cuadros han devenido puro veneno, pero que al mismo tiempo hace difícil, casi imposible, comentar, describir, transmitir lo que uno siente y cuáles son los causas. Eliminar ese entusiasmo infantil que provoca sonrisas de ironía y escepticismo.


De la Tour fue, es, un artista máximo de la cultura occidental y dentro de ella, de ese momento de gloria que fue el barroco, pero que al igual que otros pintores de la misma época y de la misma categoría estética, no fue apreciado y juzgado como tal hasta llegada la modernidad, hasta que los romanticismos, las vanguardias y las revoluciones empezaron a gustar de otros modos, del desarreglo, la excentricidad y el arrebato. Olvido que puede justificarse por la posición periférica de este pintor en el contexto de su época, su calidad de artista provinciano, alejado de las cortes, de los centros de poder y de las tertulias anejas donde se decide el gusto, - como Grunewald o Bach -, de manera que sus contemporáneos jamás le consideraron un modelo, pero que al mismo tiempo, al aislarle y protegerle, le permitió madurar su estilo sin injerencias, llevarlo a donde el quería, sentía y ansiaba. Hasta los límites infranqueables del arte que cultivaba.

Porque bien mirado, de la Tour no es más que otro de tantos caravagistas que surgieron en el norte de Europa, a medida que la influencia del italiano se iba transmitiendo cuando los pintores de esas latitudes volvían de su aprendizaje en Roma. Se trata incluso de un artista que adopta y continua ese estilo cuando ya empieza a estar pasado de moda, cuando otros pintores geniales como Rembrandt o Ribera lo han abandonado y superado por completo, mientras que las primera academías empiezan a proponer un arte más sereno, cartesiano y luminoso, en la estela de Poussin, que apuntaba hacia un neoclasicismo al que aún le quedaba un siglo por surgir.

Alguien como digo, aislado, anticuado, fuera de corrientes y de modas, pero por ello mismo único, superior en ocasiones a todos sus contemporáneos. Alguien que concluye en su pintura por quebrar reglas y fronteras, pero sin ningún aspaviento, hasta dejarnos sobre el lienzo enigmas pictóricos similares a los que nos ocultan su vida, desconocida fuera de registros y documentos oficiales. Un pintor que busco el realismo absoluto, perfecto, en la reproducción de la luz en la obscuridad, hasta tal medida que algunos de sus cuadros, al ser fotografiados, devienen sobreexpuestos, como si realmente fueran escenas reales, captadas a la luz temblorosa de las velas

Un realismo suyo que le lleva a despojar a sus personajes de todo elemento sobrenatural, de manera que en algunos de ellos nos es imposible saber el tema que quiso representar, dejándonos sólo la humanidad de unos cuerpos que en su vejez, en su fealdad, son como los nuestros, son los nuestros. Hermanos y compañeros en la difícil tarea de vivir, sometidos a las mismas penalidades y miserias, pero que, sin embargo, aparecen dotados de una serenidad única, fuera de todo tiempo y espacio, encerrados en su meditación, en la contemplación de una gloria que somos incapaces de ver y compartir. 

Delimitando por tanto un espacio sacro del cual hemos sido excluidos, al cual no hemos sido invitados, pero que, al mismo tiempo, por ese milagro en pigmentos que es toda pintura de La Tour, pertenecemos ya para siempre, del cual nadie ya podrá separarnos.