sábado, 17 de octubre de 2015

Olvidados

Luis de Morales, Ecce Homo
Si son aficionados al arte, sabrán que el pintor renacentista español Luis de Morales es inseparable de su apodo "El divino". Un apelativo que, cuando me empecé a aficionar a esto de la pintura y las exposiciones, me parecía incompresible o al menos inapropiado. Sabía que ese nombre le había sido dado por sus contemporáneos por la espiritualidad y trascendencia con que dotaba a sus obras, siempre religiosas, pero en ellas no veía yo el reflejo de la gloria de los bienaventurados o la bendición de la gracia, sino dolor, desesperación y sufrimiento. La pinturas de Morales estaban así desprovistas de la serenidad, el equilibrio y la belleza que yo suponía inherente al renacimiento pleno, para asemejarse a no sé muy bien qué, pero seguro que nada que tuviese que ver con algo "divino".

Mucho tiempo ha pasado desde entonces, más de treinta años, y muchos son los modos y perspectivas pictóricas a las que he llegado a aconstumbrarme... incluso a deshabituarme y volverme a habituar, como ocurrió con la pintura renacentista, que deje de amar al aficionarme a las vanguardias, pero que recuperé tras un largo viaje a Italia. Por esa razón, cuando he visitado esta mañana la exposición que El Prado ha dedicado a Luis de Morales, he sabido entender su pintura y apreciarla en parte. Vista ahora, me parece perfectamente encuadrada en el clima intelectual de su época, dominada por la enmienda a la totalidad que la ruptura religiosa protestante y la contrarreforma católica opusierion a los ideales renacentistas, substituyendo el optimismo del humanismo en el éxito del conocimiento humano, por un control férreo y total de las ideas, en el que la más pequeña disidencia idelógica podía ser castigada con la muerte.



No es es de extrañar, por tanto, que el arte de las décadas centrales del siglo XVI esté intimamente ligado con el manierismo, un estilo frecuentemente denostado por siglos y maneras más serenas y seguras de sí mismos, pero que encarna a la perfección la confusión intelectual de ese tiempo. Habría que esperar hasta el siglo XX, con la aparición de los muchos expresionismos e informalismos, para encontrar un estilo pictórico que expresase con la misma exactitud la certeza de estar perdido, de no encontrar caminos de salida, de verse condenado irremisiblemente a sufrir, sin esperanza de consuelo. Un arte, en fin, que no teme representar la fealdad, lo excéntrico, lo repelente, el desequilibrio y la disonancia, es más, se regodea en ello y contamina con su presencia incluso lo más sagrado para el pintor y su época.

Un ethos que es precisamente el adoptado por Luis de Morales a la hora de abordar la pintura religiosa.

Luis de Morales, El nacimiento de la virgen




No obstante, si han vistado la exposición y han leído las notas del programa de mano o las explicaciones que acompañan los cuadros, les chocarán mis apreciaciones. En esos comentarios no se hace referencia alguna al manierismo italiano, sino que se conecta a Morales con la pintura flamenca. Esa influencia es natural, dada la estrecha relación de la corona española con aquellas tierras y el peso de los artistas del siglo XV de los países bajos en la historia de la pintura europea... detalle éste que se suele olvidar con demasiada frecuencia en una historia dominada por la eclosión y difusión del renacimiento pleno desde su cuna italiana.

Sin embargo, a pesar de que esa relación es innegable y afecta a todos los pintores españoles del XVI, en Morales apenas queda nada de la serenidad y belleza de los pintores flamencos del XV, como se puede comprobar en el mismo Museo del Prado, apenas unas salas más allá. Lo característico de Morales, como ya les indicaba, es precisamente la fealdad de sus modelos, a veces casi caricaturesca, aumentada por el sufrimiento que les impone su papel de protagonistas en la historia bíblica, que en la versión de este pintor se reduce a una cadena interminable e inexorable de dolores. Este padecimiento extremo de los personajes de sus cuadros, de rasgos deformados por el sufrimiento, exangües hasta el amoratamiento, explicaría paradójicamente  el apelativo de "divino", al apuntar a un intenso tormento interior del propio autor, del cual estas obras serían el reflejo sincero.

No es de extrañar, por tanto, que esta representación atormentada de la historia sacra fuera tan apreciada en un tiempo de confusión, dudas y revoluciones, de pérdida de las referencias pasadas, poseída de un ansia desesperada por encontrar otras que las reemplazaran. Tampoco debe sorprender que, pasado ese periodo de tensión y revueltas, Morales fuera dejado un tanto de lado, al no conectar con el sentir de otras época mas seguras de sus certezas... al menos hasta que llegase otro siglo de excesos y convulsiones.

¿Que nos queda de Morales, entonces? En mi opinión, y a pesar de las muchas transformaciones del arte en el siglo pasado, que nos han ayudado a comprenderlo mejor, sigue siendo un pintor que no cuadra, cuya obra se sitúa en un ámbito sentimental e intelectual con el que ya no podemos conectar. Morales es un pintor que sorprende por una condición de extremado que seguramente no fuera tal para sus contemporáneos, puesto que para ellos esa pintura religiosa, en su agitación y su fealdad, era perfecto reflejo, e incluso consuelo, de las tormentas interiores comunes en ese tiempo, al menos entre las élites cultivadas.

Luis de Morales, Cristo, varón de dolores