jueves, 15 de octubre de 2015

El arte de ver y de hacer ver (y VIII)

















Característico del arte de Brakhage es organizar sus cortos/mediometrajes en series o polilogías (desconozco si me he inventado este neologismo). No obstante, en su obra este concepto de serialidad es bastante laxo, ya que una misma etiqueta puede cubrir cortos/mediometrajes de muy diversa intencionalidad, significado y técnicas, sin apenas relación entre sí, como, por otra parte, ocurre con los nombres que asigna a los cortos y su contenido. Curiosamente, en la edición de Criterion de la obra de Brakhage se ha preferido no incluir polilogías completas, para así quizás dar una visión más amplia y más ajustada de la variedad creativa del cineasta americano. Aunque acertada, esta decisión significa también que se pierde la oportunidad de comprobar como una excusa temática servía a Brakhage para desarrollar esa creatividad en múltiples direcciones, no siempre concordantes y coherentes, pero sí soprendentes e inesperadas.

Que recuerde, la única polilogía incluida en la edición Criterion es la llamada Visions in Meditation (1989-1999), compuesta por cuatro cortos de aproximadamente quince minutos cada uno, tres de los cuales, los últimos, llevan asociado un subtítulo: Mesa Verde, Plato's Cave y D.H.Lawrence respectivamente. Respecto a su contenido, de nuevo el título general es engañoso. Si bien Visions es un concepto central a la obra de Brakhage, que siempre busca encontrar nuevas formas de ver subvirtiendo toda norma, escrita o tácita, de la cinematografía, el término Meditations se halla en el polo opuesto de la forma elegida por este autor. Al menos, del significado habitual de esta palabra, ya que si meditación implica contemplación, quietud y concentración, el estilo nervioso de yuxtaposición y contraposición de imágenes de Brakhage apunta precisamente a lo contrario.

Además, frente a la reclusión y aquietamiento que se supone aparejados a una meditación, los cuatro cortos de la tetralogía proponen un viaje, bien exterior, bien interior, bien ambas cosas a la vez. De este concepto contradictorio de meditación trashumante, de divagación iluminadora sin origen ni puerto, ni ruta definida, es un buen ejemplo el primero de los cortos, presentado por Brakhage sin subtítulo que nos guie para desentrañar su contenido. Ilustrado en las capturas que abren esta entrada, Visions in Meditation #1, salta sin tregua y sin aviso entre diferentes paisajes físicos y mentales, bien sean ambientes humanos, como hogares y fotos de familia, bien sean espacios naturales, playas, montañas nevadas, llanuras o cascadas, apenas punteados por alguna figura humana.

El resultado es, quizás, reflejar lo efímero de la existencia, la continua corriente de impresiones y visiones que asaltan nuestros sentidos y que es ajena, por naturaleza, a los designios de nuestro raciocinio.


















Este condición de pasajera que tiene nuestra vida se subraya de manera aún más imperiosa en la segunda parte de la tetralogía, Mesa Verde, a la que pertenecen las imágenes que anteceden este párrafo. En este corto, Brakahage contrapone la perennidad de esas ruinas indias, aparentemente inmutables desde hace siglos en su estado de abandono, con la fugacidad y la mutabilidad de lo observado en el viaje para conocerlas.

Una oposición real que en realidad no es tal, ya que las ruinas que contemplamos no se corresponden con el espacio que sus habitantes concibieron y desearon. La eternidad en la que se hayan sumidas no es otra que la de la muerte, estado en el que han sido privadas de su razón de ser, de la energía y vitalidad que les confirieron sus habitantes, cuya estancia y permanencia fueron efímeras, accidentales, desaparecieron sin dejar huella, mientras que lo que quedó, lo que permaneció, fue un esqueleto descarnado, que en realidad no deberíamos admirar, sino que debería aterrorizarnos, como señaló el propio director.


















En la tercera parte, Plato's Cave,  ilustrada en las imágenes que anteceden estas líneas, el viaje toma rasgos metafísicos, ya que el corto puede interpretarse como una huida de la caverna platónica hacia el mundo luminoso de las ideas. Transito y migración, por tanto, del mundo de las apariencias que tomamos por la realidad, un círculo vicioso de interiores, obligaciones y diversiones que confundimos con nuestra vida, a la inabarcable inmensidad de los espacios abiertos, rebosantes y cegadores de luz, al mismo tiempo acogedores e incompresibles en su pureza y su falta de límites.

Dualidad contradictoria expresada en las imágenes que constituyen el apex del corto, las largas panorámicas del desierto por las que avanza un torbellino de polvo, al mismo tiempo al borde de la disolución pero de fuerza incontenible.

















El desierto es asímismo el protagonista de la última parte de la tetralogía, subtitulada D. H. Lawrence. Se trata de un largo peregrinaje a la iglesia de Taos, Nuevo Méjico, donde reposan los restos del escritor británico del mismo nombre, muerto en el exilio americano debido al escándalo que provocó en su país su obra literaria. No obstante, como en casi toda la obra de Brakhage, ese viaje no puede ser otra cosa que circular, más un extraviarse que un alcanzar.

Taos y su iglesia, aparecerán así sólo de refilón, mientras que el origen y razón de estos vagabundeos quedará siempre oculto y misterios. Lo que sí aparecerán serán las paradas intermedias, habitaciones de motel banales e intrascendentes, dunas atravesadas por huellas humanas que no llevan a ninguna parte visible, montañas inalcanzables difuminadas por  la luz que se filtra a través de cielos encapotados. Visiones que son todas ellas trasunto de el propio embarrancamiento y naufragio vital del escritor británico, como del propio titubear y vagar, sin conclusiones fáciles, sin respuestas tajantes, del director americano.