sábado, 24 de octubre de 2015

Acordes visuales



Cuando comencé a interesarme por el arte, era ignorante y radical a partes iguales. Apenas conocía una corta de lista de nombres,  plena en  lagunas, omisiones, sobrantes y equívocos, que defendía a machamartillo, llegando incluso a despreciar toda obra y artista que no figurase en ella. Como pueden imaginar, esta actitud no era otra cosa que ceguera juvenil, provocada por un extremo entusiasmo y amor, del cual poco a poco he ido limando sus aristas y asperezas, perdiendo también, desgraciadamente, la pasión y entrega que caracterizaba esa edad. En contrapartida, que poco a poco he ido aprendiendo a abandonar los caminos marcados, a perderme y extraviarme por los museos y la historia del arte, para encontrar pinturas, esculturas, músicas, que me hablen  en exclusiva y por ello mismo terminen enamorándome, fascinándome, aunque este sentimiento no sea siempre comunicable.

Esos mismos años de experiencia basada en el desengaño, nos hacen creer no obstante que lo sabemos y conocemos ya todo,, que sólo es necesario un cambio de perspectiva y de estado anímico, para disfrutar de aquéllo que un poco antes nos resultaba indiferente. Por eso mismo, uno agradece cada vez más esas exposiciones que nos recuerdan cuan equivocados (aún) estamos, cuánto nos queda (todavía) por aprender, los muchos nombres desconocidos de los cuales ignoramos la importancia y repercusión que habrán de tener en nuestras vidas. Impacto e importancia que sólo suele depender veces del azar y la casualidad, sin la cual seguiríamos ignorantes de su presencia, eternamente empobrecidos.

Ése el caso de la magnífica exposición en la Juan March del artista Max Bill, un nombre para mí desconocido hasta ayer mismo y que mi mente aún se niega a memorizar, pero que estoy seguro que acabará convirtiéndose en uno de mis esenciales.


¿Y quién era Max Bill? Pues uno de los artistas del pasado siglo que mejor merece el apelativo de renacentista o leonardesco. Alguien capaz de destacar en la publicidad, el diseño industrial, la arquitectura, la pintura y la escultura, especialmente en estas dos últimas. Una personalidad, por tanto, que sólo por esa facultad suya merecería figurar en todas las antologías, pero a quien, me temo han perjudicado dos características de su biografía. Primero, su nacionalidad suiza, ese país al que sólo conocemos por sus relojes, su chocolate, sus evasiones de divisas y sus montañas, sin que jamás haya pintado nada en la historia del arte, aunque grandes artistas (Klee, Le Corbusier) y algún movimiento artístico (Dadá) tengan esa procedencia. Segundo, su condición de alumno de la Bahaus, es decir, copista y adaptador de las soluciones de sus genios fundadores, sin aportar nada propio, nuevo o revolucionario.



Max Bill sería así un epígono, alguien que continuaría cultivando soluciones anticuadas que poco tienen que ver con la evolución del arte coetáneo. En cierta manera es así, ya que la trayectoria de Bill coincide en gran parte con la de los informalismos de postguerra, ese metamovimiento mundial que (re)descubrió el feísmo y el desarreglo en el arte, llevando negar irreversiblemente la necesidad de la belleza como signo de excelencia artística, mientras que Bill sigue manteniendo y cultivando el orden, la elegancia, la racionalidad típica de la Bahaus y la primeras vanguardias del siglo XX. De hecho, el mayor reproche que se le podría hacer este artista es precisamente ser vanguardista académico, de manera que gran parte de sus obras parecen no pasar de ejercicios pruebas y demostraciones, al igual que pasaba con el academicismo del XIX, ése que grandes instituciones artísticas parecen empeñadas en resucitar y hacernos admirar.

Este reproche sería perfectamente válido, incluso demoledor, si la pintura y escultura de Bill resultase encorsetada, reprimida, muerta, por los mismos límites que ella se impone. Para nuestra fortuna no es el caso, al contrario que mucha otra abstracción racionalista y platónica de los cuarente y cincuenta. En medio del estatismo y la rigidez que podrían lastrar  muchas de sus obras - y que en otros artistas menos hábiles las malograrían sin remendio - Bill sabe introducir movimiento y variedad, de ordinario por medios muy sutiles que pueden escapar a un observador no avisado.

¿Y cuales son esos medios para introducir el movimiento, la variedad? Como su maestro Josef Albers, de quien el año pasado pudimos disfrutar de otra magnífica exposición, también en la March, Bill sabe crear gamas de colores que giran y recorren el círculo cromático, sin detenerse, aquietarse, cansarse o fatigar jamás, bien construyéndolas paso a paso, en escalones perfectamente reconocibles, bien desplegándolas en series de variaciones infinitas donde las transiciones y cambios son completamente indistinguibles. Bill no se queda ahí, sino que también sabe jugar con el espacio pictórico, dejándolo vacío, relegando lo importante y esencial practicamente al marco y los márgenes, pero especialmente, girando y acotando el lienzo, de manera que la historia del cuadro, su delicada disposición y graduación de colores, parezca continuar fuera de él, solo que oculto para nosotros.

En extraña e inesperada recreación y actualización del concepto central de la pintura ilusionista renacentista, reina del arte occidental de 1400 a 1900: El cuadro como ventana abierta al mundo, desde el interior de nuestras habitaciones, al mismo tiempo cerradas y abiertas, angostas e ilimitadas, particulares y universales.