jueves, 22 de octubre de 2015

El arte de ver y de hacer ver (y IX)






























Hay una diferencia notable entre las dos compilaciones realizadas por Criterion del cineasta experimental americano Stan Brakhage. En la primera, su segundo disco/parte era prácticamente un festival de la animación sin cámara, pintando directamente sobre el celuloide, en la que se enfrascó durante sus últimas décadas creativas, de 1980 en adelante. En la segunda compilación, por tanto, era previsible que a medio camino se produjera un vuelco estético similar, de la imagen real a la abstracción proyectada, confirmando así lo visto en la primera.

Sólo que este giro no llega a producirse. O si lo hace, es de forma esporádica y ya muy, muy al final de su carrera, casi como si fuera un titubeo o un arrepentimiento. Queda así establecida una contradicción entre ambas colecciones que no llega a resolverse, ya que no se sabe si realmente obedece a la evolución del artista en esas décadas o es un artefacto derivado del gusto personal del compilador.

O quizás no existe tal contradicción. Porque cuando se revisan estos cortos de las últimas décadas de vida de Brakhage, sí que se observa una obsesión temática común. Mientras en las obras anteriores la realidad quedaba siempre a la vista, como referencia, hito y pista del significado ulterior del corto, en las obras tardías se observa un claro giro hacia la abstracción, bien creada pintando sobre el celuloide, bien deformando lo rodado hasta que deje de tener cualquier relación con los objetos y parajes filmados. Tornándo así esa distorsión, paradójicamente, universal y partícular. Universal al haber sido desligada de un lugar y unos objetos determinados. Particular, porque sólo Brakhage es capaz de mirar de esa manera y convencernos luego para que compartamos esa mirada.

Este cambio cualitativo en el estilo Brakhage era ya perceptible, pero al mismo tiempo, pleno, en una obra como Arabic 12 (1982) que comente ya hace unas cuantas entradas. Allí, el cineasta americano utilizaba reflejos capturados por la cámara para trasladarnos a un mundo etéreo e inasible, donde la luz reina soberana. Sin embargo, más radical y más fascinante, incluso, es Unconscious London Strata, tambien de 1982 e ilustrada al principio de esta entrada.

En ese corto, Brakhage toma un género con demasiada frecuencia banal, el relato de viajes a una ciudad/país extranjero, para transformarlo en algo nunca visto, nunca experimentado. La ciudad en cuestión en Londres, pero no hay que esperar que lo rodado por Brakhage refleje las típicas vistas turísticas o el análisis en imágenes de la vida cotidiana que sería de esperar en un documentalista. Lo que el cineasta americano ve es una ciudad desenfocada, o  rodada en un detalle máximo que la hace irreconocible, de manera que durante minutos enteros lo único que se muestra son luces de colores que permanecen estáticas, encendiéndose o apagándose, o la cruzan fugitivas, sin detenerse ni descubrir su secreto.

Una vision que, a pesar de su radicalidad y alteridad, no resulta extraña, sino familiar. Ese Londres de Brakhage es un Londres nocturno, de estancias en habitaciones de hotel que mañana deberemos abandonar sin encariñarnos con ellas, porque no son nuestras, ni nunca lo serán. Un tiempo de habitaciones ajenas, rodeada de ruidos extraños que invaden nuestra intimidad y en cuyos techos vagan las luces de una actividad exterior, la de esa ciudad desconocida, en la que no podemos, no sabemos, no queremos, no debemos, participar

Más normal, pero al mismo tiempo también más extremo, es Boulder Blues and Pearls and... (1992), mostrado más abajo. Normal porque nuevamente tenemos las visiones del mundo real, en este caso, la ciudad de Boulder, en Colorado, en la que Brakhage había establecido su residencia. Extrema, porque esa realidad se rompe sin aviso previo, sin razón alguna, para dejarse invadir por patrones de color, líneas y formas que serpentean y se retuercen, para desaparecer repentinamente y dejarnos confusos, abandonados, en la realidad cotidiana y reconocible.

Una realidad que ya no podrá volver a ser la misma. Un mundo cuya característica, a partir de ahora y ya para siempre, es precisamente su fragilidad, que en cualquier momento podría romperse para dar paso a la abstracción, auténtica realidad, más real y firme que lo que nuestros sentidos pueden percibir y ofrecernos.