jueves, 29 de octubre de 2015

El arte de ver y de hacer ver (y X)



























Se está convirtiendo en una constumbre que dedique los jueves a comentar alguno de los cortos/mediometrajes de Stan Brakhage. Todo se acaba, desgraciada o afortunadamente, así que el domingo pasado llegué al final de la compilación de su obra realizada por Criterion, de manera que no les molestaré con más de una o dos entradas más dedicadas a este autor.

Los dos (pen)últimos cortos con los que he ilustrado esta entrada, From: First Hymn to the Night- Novalis (1994) y I take these Truths (1995) pertenecen a la fase final del estilo de Brakhage, cuando la investigación formal de este autor le llevó a (casi) abandonar la imagen real y enfrascarse en exclusiva en la abstración fílmica, en forma de pintura directa sobre el celuloide. Como ya les indiqué en otras entradas, ese giro radical no es tal, sino que emerge de manera natural de la visión fragmentada, caleidoscópica y holística de este creador, de manera que la realidad que filma va volviéndose cada vez más abstracta, hasta que esta solución se vuelve necesaria y ya no hay marcha atrás posible.

En sus manos, esa abstracción es de una belleza arrebatadora. Tanto que cada uno de sus fotogramas, apenas visibles durante una fracción de segundo, adquiere una cualidad de pintura válida por sí sola, mientras que su sucesión provoca en el espectador la sensación de un trance, de un ensueño en cuyo interior nuestra consciencia se desvanece, para despertar sin saber muy bien que ha ocurrido. Esta condición alucinatoria, de experiencia vaga, inasible e indescriptible, es otra de las características de la abstracción de Brakhage, quien extiende la abstracción no sólo a los aspectos temáticos, sino a los constructivos. Es decir, en la mayor parte de la abstracción pictórica y fílmica es posible reconstruir la urdimbre y la trama, traducir lo que se ve a un conjunto de conceptos formales que puedan ser comunicados, mientras que el estilo de Brakhage sólo se puede describrir como catarata de formas y colores, sin que sea posible determinar un hilo constructor, una secuencia, una motivación o un objetivo... aunque todos ellos estuvieran más que claros en la mente del creador.

Sin embargo, no esto lo que quería confiarles, o al menos no principalmente. Lo que realmente quería contarles es la sensación de desasosiego que siento al contemplar estos cortos. Cuando se rodaron, a mediados de los noventa, yo era ya un adulto joven que llevaba más de una década aficionado al cine, y no a cualquiera, sino al que se suponía gran cine, canónico e imperecedero. Por supuesto, no me enteré en su tiempo de la existencia de estas obras - seguramente en aquel entonces no las habría entendido - ni llegue a saber de Brakhage hasta mucho tiempo después.

Esto en cierta manera es normal - no se puede saber y ver todo - pero lo triste en que en el ambiente cultural de aquel tiempo nadie - o al menos nadie perteneciente a los órganos culturales habituales - se propuso hacer conocer, nombrar, mencionar, estas obras fronterizas. El canón era el canón clásico, como mucho complementado con la Nouvelle Vague y sus muchos epígonos, aunque con reparos, fuera del cual ya no existía nada e incluso se estaba asistiendo a la muerte del cine, confundiendo a un arte con uno de sus estilos. Tuve que esperar a la llegada de la Internet, de los foros y las descargas, para que el boca a boca - el post a post - me abriera perspectivas nunca antes imaginadas, hacia el cine experimental, la animación y el documental, que nunca antes había soñado.

No sólo en este arte. Gran parte de mis exploraciones de estos últimos años, pueden resumirse en completar y continuar desde el punto en que lo dejé en la escuela. En encontrarme con todo el arte, con todos los artistas, con todas las obras, que fueron mis contemporáneos, pero de los que nunca supe de su existencia.

Como si siempre hubiera vivido en el pasado - o en un coma - y repentinamente despertase.