viernes, 9 de octubre de 2015

Historia y Memoria

Josef Koudelka, Praga 1968
A pesar de lo mucho que amo el género documental - es mi favorito, junto con la animación - encuentro que se halla un escalón por debajo de la fotografía. Un escalón pequeño, pero real, que el cine nunca ha llegado a traspasar. Quizás sea porque a pesar de todos los esfuerzos del documental por transmitir una sensación de inmediatez, bien mediante montaje desarreglado, bien imitando los resultados de los aficionados, es incapaz de igualar la sorpresa y el relámpago que un buen fotoperiodista es capaz de conseguir. Un efecto de haberse topado con el hecho, sin posibilidad de reaccionar, de haber sido desarraigados y transplantados a un tiempo y una situación que no es la nuestra, y que, sin embargo, somos así capaces de experimentar y compartir.

Estas reflexiones viene a cuento de otra de las magníficas exposiciones de fotografía, con las que la fundación Mapfre está educando en ese arte a los que, como yo, somos auténticos legos en la materia. En esta ocasión, el fotógrafo al que se dedica una retrospectiva es Josef Koudelka, artista checo de largar carrera, siempre relacionada con el periodismo y la fotografía focumental, pero cuya figura se haya ligada, para bien o para mal, con un acontecimiento decisivo del siglo XX: el aplastamiento de la Primavera de Praga por las tropas soviéticas.


La historia es de sobras conocida. En aquel entonces, Koudelka era un fotógrafo principiante, pero que ya había conseguido renombre con su serie dedicada a los gitanos bohemios. Cuando se produce la invasión de Checoslovaquía, toma su cámara y se mezcla con los manifestantes que intentan pararla, fotografíando todo lo que ve y ocurre. Esas fotografías fueron luego sacadas de contrabando del país y publicadas en occidente bajo pseudónimo - CP, Fotógrafo checo  P.P. Prague Photographer.-, para ser reunidas más tarde en un libro monográfico con el apropiado nombre de Invasión

Koudelka quedaría así encuadrado sin lugar a dudas en el  fotoperiodismo, etiqueta que remite a unas coordenadas muy precisas y determinadas, hasta constituir prácticamente un movimiento oficioso de la historia de la fotografía. Característico de este modo de contemplar la fotografía, que en muchas ocasiones ha llegado a ser considerado el modo único, es obviamente su inmediatez, la suposición de que estamos observando la realidad tal y como fue, tal y como sucedió, sin adornos ni representaciones.

Sin embargo, esta cercanía del fotoperiodismo no implica la torpeza o el desaliño al que tantos videos y fotografía de móvil nos han aconstumbrado, que se suele interpretar como prueba (falsa) de verdad y sinceridad. Por el contrario, lo esencial del fotoperiodismo es precisamente que el ojo y el instinto del observador le lleva a conseguir la foto perfecta, no sólo aquella que un momento antes, un momento después habría quedado desenfocada o desencuadrada, sino la imagen que puede ser erigida en símbolo, que luego asociaremos permanentemente con ese momento, ese suceso histórico.

Josef Koudelka, Praga 1968
Es esto lo que sucede con las fotografías tomadas por Koudelka en las calles de Praga durante aquel verano del 68. Ellas no aumentan ni disminuyen la gravedad de los hechos, ya que se trató de un suceso inaudito, pero predecible, que demolió el prestigió de la URSS entre la izquierda Europea y anticipó la derrota final del comunismo mundial, primero, y de la izquierda occidental, después. Lo que si consiguen es precisamente capturar esas imágenes icónicas, construir una memoria visual que será ya inseparable de la narración histórica de esos días, obrar el milagro de llevarnos allí a todos nosotros, separados ya por decenios y por miles de kilómetros de ese tiempo y ese lugar. Sacudir y remover consciencias, en definitiva.

Unas fotografías que no han perdido nada de su impacto, de su emoción, de catarsis. Unas imágenes que resultan doblemente demoledoras, descorazonadoras, deprimentes. Porque lo que vemos es el aplastamiento, la reducción a escombros de una esperanza, quizás el último experimento válido que le quedaba al comunismo mundial para demostrar la validez de su doctrina  y su sistema... asesinado a manos de sus mismos valedores y protectores. Un acto de violencia estatal, de fría y descarnada geopolítica que provocó una brava reacción popular, victoriosa en su propia derrota, erigida en mito y sueño, en perenne recuerdo de lo que no fue y no será.

Es ese no será el segundo aspecto descorazonador de las fotografías de Koudelka. Porque esa exaltación popular, ese lanzarse a la calle en masa por defender lo que se considera justo, y por tanto irrenunciable, es imposible que se repita en nuestras sociedades acomodadas de occidente, a las que se les puede arrebatar todo lo esencial - y se les está arrebatando - , mientras se les permita bajarse series por Internet... o se les deje en un módico precio.

Sin que en esa derrota por entregas quede espacio para un simple acto de rebeldía, aunque sea simbólico y estéril.

Josef Koudelka, Praga 1968