sábado, 19 de septiembre de 2015

La catástrofe (y VII)

1917 verdichteten sich in allen kriegführenden Gesellschaften die Symptome einer Krise des Liberalismus. Was der Krieg für das liberale Erbe aus dem 19. Jahrhundert bedeutete, wurde jetzt unübersehbar. Die tradierte Vorstellung nach der die politische Mittel allein in den Gesellschaften ausgehöhlt wurde, die 1918 den Krieg verlieren sollten, dass allein im Kontext des vom Krieg erzwungenen Übergangs von der Monarchie zur Republik in Deutschland, von Großreich zu Nationalstaaten in Österreich-Ungarn, die extremen Ränder radikaler links und rechts gestärkt wurden, ist in dieser Einseitigkeit falsch. Die Krise des Liberalismus war umfassender, sie begann früher, und sie wurde auch in den künftigen Siegerstaaten Großbritannischen, Frankreich und Italien erkennbar und ebenso in Gesellschaften wie Spanien und Portugal, die lange Zeit nicht direkt in den krieg involviert waren

Jörn Leonhard, La caja de Pandora

En 1917 se intensificaron los síntomas de una crisis del liberalismo en todas las sociedades en guerra. Lo que la guerra representaba para la herencia liberal del siglo XIX, era entonces impredecible. La versión recibida, segun la cual sólo se debilitaron los medios politícos en las sociedad que en 1918 perderían la guerra, y que sólo en el contexto de la transición forzada por el conflicto de la monarquía a la república en Alemania, de imperio a estados nacionales en Austria-Hungria, es falsa en esa misma simplicidad. La crisis del liberalismo era más amplia, empezó antes y fue reconocible también en los futuros vencedores de la guerra, Gran Bretaña, Francia e Italia, e incluso en sociedades como España y Portugal, que durante largo tiempo no se vieron envueltas directamente en el conflicto.

Una de las características del periodo de entreguerras es la crisis del liberalismo, caracterizada por la constitución de regímenes autoritarios, normalmente de derechas, en los estados Europeos, de manera que en 1939, excepto Francia, Inglaterra y los países escandinavos, no quedaba una sola democracia en Europa. Ese giro hacia soluciones dictatoriales se ha querido justificar en muchas ocasiones - y de forma interesada en la mayoría - como una respuesta frente a la Revolución Rusa, de manera que esos regímenes se explicarían como una maniobra de contención necesaria para detener la subversión comunista.

No es necesario recordar, supongo, los efectos deletéreos que esa interpretación tuvo - y sigue teniendo - en la vida de muchas sociedades, como la nuestra, en donde una dictadura sangrienta de ese tiempo de entreguerras se sigue calificando de mal menor. Por otra parte, y es muy necesario subrayarlo, aunque estas democracias liberales reconocían muchos de los derechos políticos que ahora consideramos normales e incluso algunas habían puesto en vigor medidas sociales parecidas a las de los actuales estados del bienestar, estos sistemas y las libertades de las que presumían seguían siendo imperfectos, restringidas sus ventajas a unos pocos privilegiados, profundamente injustos y discriminatorios, además de contar con un fuerte aparato censor y represivo en todo lo que concernía a la intelectualidad y la cultura.

Hechas estas consideraciones, lo que Leonhard además nos recuerda es que esa crisis del liberalismo no fue una consecuencia de la guerra, en el sentido de desarrollarse posteriormente a ella, sino que nació y creció con el conflicto, afectando a todos los países contendiente e incluso a los neutrales - caso de España y su crisis de 1917 -, una oportuna puntualización que deja en nada la versión de la crisis como reacción a la revolución, que muchos propagaron en su tiempo y que no pocos siguen manteniendo ahora.

Lo que Leonhard señala, muy acertadamente, es que el propio estado de guerra, la necesidad de movilizar las poblaciones de manera total para el conflicto, unido a la imprevista duración del mismo, extendido durante meses y años, convirtió las puestas en suspenso de muchos derechos fundamentales en aboliciones definitivas, que fueron aceptadas por la mayor parte de la población como necesaria contribución patriótica al combate. Esa provisionalidad convertida en norma no se detuvo allí, sino que, como la propia guerra, que cada vez exigía cada vez más soldados y  suministros, invadió más y más ámbitos de las sociedades, para ponerlos al servicio del esfuerzo bélico.

El caso paradigmático es el de Alemania, donde tanto el Kaiser Guillermo como el parlamento fueron neutralizados por el alto mando del ejército, el OHL, que durante los dos ultimos años de la guerra, bajo el mando de Hindenburg y Ludendorff, paso a controlar la actividad económica completa del estado alemán, e incluso su política exterior, sin tener que rendir cuentas a nadie. Alemania sería así el caso extremo, pero en Francia, tras los motines del ejército francés en 1917, el primer ministro Clemenceau inició una persecución sin piedad de sus rivales politicos, incluidos antiguos presidentes del gobierno, mientras que en Gran Bretaña, la creación de un ministerio de municiones, bajo el mando de Lloyd George, luego primer ministro, condujo a un control e intervención creciente del gobierno británico en la vida económica del país, algo impensable hasta entonces.

Sin embargo, esta intromisión del poder político en la vida social y económica de las naciones, no es, ni con mucho lo peor o lo más destacado de la crisis del liberalismo. Lo auténticamente destructivo fue la división de la propia población del país en amigos y enemigos, en leales y traidores, en aquellos que apoyaban el esfuerzo bélico sin reservas, dispuestos, por tanto, a cualquier sacrificio en arás de la victoria, frente a todos aquellos que se sustraían y se oponían a las obligaciones de tiempo de guerra. Una categoría, esta última, contra la que se creía estar legitimado para tomar todo tipo de acciones represivas, incluyendo la prisión y la ejecución, pero que como tal categoría, siempre estaba mal definida - e interesaba que lo estuviera - de manera que en ella pudiesen caber tanto los tibios como los que buscaban soluciones negociadas que terminasen con el sufrimiento y la matanza en el frente.

Así, poco a poco, se fue extendiendo esa idea venenosa según la cual el estado puede y debe utilizar la violencia extrema contra sus enemigos interiores, sean cuales sean, sin que sea necesario que hayan cometido ningún crimen y sin que se le puedan pedir responsabilidades a las autoridades por esa actuación. Una arbitrariedad, en su objetivo y en su aplicación, que lindaba con el terror, cuando no lo era por entero, y que pronto, en el periodo de entreguerras se convertiría en el signo y la marca de todos los totalitarismos, de todas las dictaduras.