martes, 8 de septiembre de 2015

La catástrofe (y III)

Betrachte man zeitgenössische Panoramaaufnahme de Westfront, die von erhöhten Positionen aus angefertigt worden, und vergleicht sich mit Lauftaufnahmen des Frontgebiets, so verstärkt sich der Eindruck eines gleichsam unsichtbaren Krieges, der im Gegensatz zu realen Erfahrung der Soldaten in den Todeszonen der Front stand: Ausmaß und Intensität der Gewalt des Artilleriebeschusses ließen sich nicht erahnen. Gerade die von Piloten aufgenommenes Fotos lieferten abstrakte Bilder, in denen allenfalls die Linien der Schützengraben und die von Granattrichtern übersäte Landschaft zu erkennen waren. Luftbilder wie Frontpanoramen vermittelten eine weitestgehende Leere des Raumes: Auf ihnen war in der Regel kein Feind und zumeist kein Soldat zu sehen, und wo nicht zerstörte Siedlungen und Dörfer von der konkreten Gewaltbeinwirkung kündeten, ließen solche Aufnahmen nicht einmal unbedingt auf eine Kampfzone schließen, zumal wenn die Gegnerische Grabensysteme der Landschaft angepasst worden waren

Jorn Leonhard, La caja de Pandora

Cuando se observan fotos panorámicas del Frente Occidental, tomadas desde posiciones elevadas, y se comparan con las fotos aéreas del Frente,  ambas confirman la impresión de una guerra invisible, en contraste con las experiencias reales de los soldados desplegados en primera línea: no se puede advinar la medida e intensidad del fuego de artillería. Precisamente, las fotos tomadas por los pilotos muestran imágenes abstractas, en las que, en todo caso, sólo se reconocen las líneas de las trincheras y un paisaje plagado de cráteres de bombas. Tanto las fotos aéreas como las vistas del frente transmiten una impresión de vacío. En ellas, de ordinario, no se ven enemigos ni soldados, y donde no hay edificios y aldeas destruidas por la violencia del conflicto, no es posible concluir que se trata de una zona de combate, especialmente cuando las trincheras del contrario se han mimetizado con el paisaje.


La magnífica historia de la primera guerra mundial de Jörn Leohhard no se limita a seguir las operaciones desde los cuarteles generales o los consejos de ministros. Tampoco se restringe a observar el conflicto desde un elevado punto de vista, con la intención de determinar sus leyes y características generales. Por el contrario, como toda auténtica historia de este tiempo, en sus páginas se intenta también averiguar cómo el ciudadano de a pie,  tanto la población en la retaguardia como el soldado en primera línea, experimentaron ese conflicto.

No obstante, como ya les he advertido en entradas anteriores, su metodología se halla muy alejada de la propia de otros historiadores como Beevor o Hastings. Estos dos famosos divulgadores históricos hacen uso extenso de los testimonios de los veteranos, a quienes en muchas ocasiones entrevistan en persona. Obviamente, Leonhard no puede recurrir a esas fuentes, dada la distancia temporal que nos separa de la Gran Guerra, pero la diferencia no está ahí, sino en que Beevor y Hastings normalmente no realizan un análisis crítico de los que se les cuenta, sino que lo presentan tal cual.

El problema está en que esos testimonios transmiten una falsa impresión de verdad por el hecho de ser narrados por alguien en vida. Sin embargo, cualquier psicólogo sabe, como debería a su vez cualquier historiador serio, que a medida que pasa el tiempo esos recuerdos tienden a deteriorarse y embellecerse. En conclusión, cuanto más próximo al momento narrado sea el testimonio, más seguros podremos estar de que no ha sido elaborado para excusar al protagonista o ennoblecerlo. Para evitar ese peligro, Leonhard recurre casi exclusivamente al testimonio contemporáneo, a lo que se dejo escrito en ese instante, en ese lugar, prefiriendo esa inmediatez en su imperfección a la reconstrucción romantizada posterior, de lo que es un ejemplo magnifico la diferencia entre lo recogido por el escritor Ernst Jünger en sus diarios de campaña y su paso a limpio posterior en la novela In Stahlgewittern (Tormentas de acero)

La consecuencia directa de ese uso del testimonio coétaneo los hechos, sin tiempo para la reflexión posterior, es, en primer lugar, presentar una variedad de respuestas y de reacciones que huyen de la uniformidad posterior a esos acontecimientos, con las que las sociedades, a su vez, se defienden y separan de aquellos sucesos. Así, en vez de presentar unas sociedades monolíticas, unidas y unificadas por la situación del tiempo de guerra cuya descripción toma rasgos de mito - en la Segunda Guerra Mundial, sería el "todos fuimos maquisards" francés, o el "todos éramos en realidad antinazis" alemán -, lo substituye por una visión mucho más matizada y compleja de esos estados en conflicto, resaltando tensiones y divisiones. O lo que es lo mismo, la conclusión inevitable que toda guerra exterior termina adoptando rasgos, más o menos acentuados, más o menos violentos, de guerra civil, donde cada bando interno utiliza ese estado de excepción para adelantar sus posiciones y derrotar a su contrincante nacional.

El segundo aspecto importante de este uso de testimonios contemporáneos provenientes de muy diversas fuentes, es que así se evita crear la ilusión de inmediatez y proximidad, de estar en el campo de batalla pegando tiros con los propios soldados, tan propio y característico del estilo de Beevor y Hastings. Ese modo, en realidad, está profundamente equivocado, ya que hay tantas visiones como testigos, de manera que los historiadores antes citados están procediendo necesariamente a una selección restrictiva y equívoca, que muchas veces obedece a ideas preconcebidas. Un defecto que sería disculpable, si sólo por la cantidad de dados que nos ofrecen, pero que ha contaminado el campo de la ficción, repleto de tantas series reconstrucciones televisivas recientes que presumen de naturalismo y fidelidad.

En el caso de Leonhard, la multiplicidad de fuentes y materiales utilizados transmite la impresión opuesta: la imposibilidad de reconstruir ese pasado, de experimentar, desde la seguridad de nuestros salones, el estado de incertidumbre constante, de muerte siempre al acecho, en que vivieron durante meses, años enteros, los soldados de ese conflicto. Una barrera infranqueable entre vivencias que no se debe sólo al tiempo transcurrido, sino que existía de forma real para los contemporáneos, debido a la distancia entre el frente y la retaguardia. No solo entre esos dos ámbitos, o entre los soldados de primeras linea y los que habían quedado en el hogar, a quienes que la guerra sólo llegaba en forma predominantemente escrita, sino entre los soldados rasos y sus mandos, quienes sólo veían la guerra, el campo de batalla, de la manera abstracta que les revelaban fotografías terrestres aereas.

Un campo de batalla, no lo olvidemos, que para los soldados en primera línea de fuego, se caracterizaba por dos rasgos principales. En primer lugar su condición de lugar vacío, de donde el enemigo parecía haberse desvanecido,  mientras que a la vista sólo quedaba un desierto de destrucción que parecía haber sido causado por medios distintos a las acciones humanas. En segundo lugar, su paulatina conversión en un lugar donde la muerte reinaba de manera continua, donde esta podía llegar en cualquier momento y en cualquier lugar, sin previo aviso, sin poder ser predicha ni anticipada.

Donde quienes la habitaban no eran otra cosa que muertos de permiso.


Aus dieser Todesnähe, aus der Kontingenz der Gefähr, resultierten eine permanente Stresssituation und eine enorme Belastuing der Soldaten. Es gab hier weder Anfang noch Ende einer Schlacht in traditionellen Sinne und damit auch keine Markerungen, von denen sich eine relative Sicherheit hätte arbeiten lassen. Die Todeszone der Front war nicht allein der Raum, in dem Angriffe auf die feindlichen Stellungen und Gegenangriffe erfolgen, sondern das Gebiet, auf das artilleriesche Distanzwaffen jederzeit einwirken können. Nur wer sich aus diesem Bereich heraus bewegte, durfte sich sicher fühlen. Auf der anderen Siete bedeute der Dominanz des Maschinenkrieg, das mit der Anlage immer komplexerer Grabensysteme der Feind unsichtbar wurde. Die bedrückende Realität des Grabenkrieges verdeckte die Tatsache, dass nach den verheerenenden Verlüsten in den ersten Wochen des Krieges Schützengraben die Sicherheite der Soldaten gegenüber ungeschützten Angriffen im breiten Feld erheblich verbesserten, zumal sie nach zunächst improvisierten Graben im Laufe des Jahres 1915 immer mehar ausgebaut un vielfaltig verstärkt werden. Entsprechend gingen die Verluste gegenüber der Frühphase des Krieges mit der Übergang zum Stellungkrieg seit Ende 1914 deutlich zurück.

De esa proximidad de la muerte, de esa contingencia del peligro, resultaba una permanente situación de stress y una enorme carga para los soldados. No había ni comienzo ni fin de las batallas en un sentido tradiconali y por ellos ninguna señal, de la que los soldados pudiesen deducir una cierta seguridad. La zona mortífera del frente no era sólo aquella en la que se producían los ataques enemigos y los contraataques, sino toda el área que las armas a distancia de la artillería podían alcanzar. Solo quien podía salir de ese ámbito, podía sentirse seguro. Por otra parte, el dominio de la guerra mecanizaba significa que la continua extensión del sistema de trincheras convertía al enemigo en invisible. La aplastante realidad de la guerra de trincheras ocultaba el hecho de que tras las perdidas aniquiladoras de las primeras semanas de la guerra, las trincheras habían mejorado la seguridad del soldado, comparado con los ataques sin protección a campo abierto, tanto más cuanto las trincheras improvisadas se iban complicando y fortaleciendo a lo largo de 1915. En consecuencia, las perdidas disminuyeron claramente con la transición a la guerra de posiciones, comparadas con las fases iniciales de la guerra.