jueves, 3 de septiembre de 2015

El arte de ver y de hacer ver (y VI)
































Viendo The Machine of Eden (1970) de Stan Brakhage, cuyas capturas abren esta entrada, junto con Star Garden (1974), que a su vez la cierran, tengo la impresión que ese ver y hacer vez, tan característico de Brakhage, ha adoptado la mirada y la actitud de un niño. No es sólo que en ambas aparezcan de forma repetida y destacada los niños del matrimonio Stan y Jane Brakhage, o que la forma en que se los presenta no es como si fueran otro objeto más, sino como protagonistas, observadores y descubridores de ese mundo. Se trata más bien que ese entusiasmo por explorar el mundo tan propio de los niños, casi rayano en la auténtica embriaguez vital, se contagia al propio Brakhage, quien parece complacido en mirar al mundo y señalarnos lo que ve.

No es tampoco que Brakhage caiga en la sensiblería o la ñoñeria, esos conceptos tan manidos y tan tramposos de la "inocencia", la "fantasía", la "felicidad" que se asocian con esa edad del hombre. Por estos mismos años, el cineasta experimental americano rodó una de sus películas más duras y radicales, The Act of Seeing with one's Eyes (1971) que como sabrán he sido incapaz de ver en su totalidad. De hecho, ambos tipos de obras, o incluso todas estas obras objetivas comparadas con las obras radicalmente abstractas, comparten un mismo impulso inicial y característico, el evidente placer que Brakhage siente por el hecho de ver, que le lleva a contemplar el mundo natural y el artificial en todos sus aspectos, desde todos los puntos de vista posible.

La diferencia, repito, estriba en el entusiasmo, la entrega, con que están rodadas las dos obras aquí ilustradas. No se trata, por tanto, de construir un testimonio próximo al documental, como sería el caso de The Act of Seeing with  One's Eyes, o Water Window Baby Moving (1959), ni tampoco un ensayo sobre las raíces del mito y la condición humana, como ocurre con Dog Man Star (1961-64) o 23rd Psalm Branch (1967). Ni siquiera es una exploración puramente estética, donde un impulso biográfico o intelectual lleva a construir un complejo mundo visual de formas y colores, tan típico del último periodo de este cineasta experimental.

Lo que ocurre en estos dos cortos, por el contrario, es similar a que el artista se hubiera despertado una mañana y se hubiera encontrado con un mundo completamente diferente, cuya radical novedad le moviera a mostrárselo a los demás de manera immediata, para que nadie se perdiese ese instante especial, para que todos fueran conscientes, testigos y participantes, de esa radical metamorfosis, antes de que el transcurrir del tiempo lo llevase a sumirse en la normalidad, la rutina, el aburrimiento y el hastío.

De ahí que en The Machine of Eden, se complazca en mostrarnos montañas, campos cultivados, el paso de las nubes, la ascensión de la luna, pero en la forma contemplativa, casi unitiva propia del estilo de otro romántico/enamorado de la naturaleza como James Benning. En la cámara de Brakhage ese mundo renovado, re-encontrado y re-conocido, es a su vez metamorfoseado, extraído del modo normal que tenemos de verlo, para que así podamos compartir con el cineasta norteamericano su misma sorpresa, su mismo asombro, su mismo gozo y embriaguez. De esa manera, mediante la cámara rápida (el time-lapse de los anglosajones) la nube se tornan organismos vivos, la velocidad de un coche al transitar por la carretera, consigue que una cámara transforme en abstracción los campos que rueda, mientras que la distancia que nos separa del horizonte queda abolida con la súbita irrupción del zoom.

Por el contrario, en Sun Garden los amplios espacios exteriores quedan substituidos por la restricción de nuestros hogares. El espacio, la distancia, reemplazada en su observación, por el descubrimiento del tiempo y de su transcurrir, simbolizado por los múltiples y casi imperceptibles cambios que la luz trae consigo, al deslizarse en nuestras casas. De nuevo, gracias a la técnica de la cámara rápida, que pocas veces ha sido utilizada con la propiedad con que Brahage la usa: para descubrir lo maravilloso de lo imperceptible, pero no en aquellos lugares, en aquellos objetos que ya reconocemos como bellos antes de ser sometidos a la alquimia de esa cámara acelerada.

No, esos lugares, esos ambientes, esos entornos cubiertos por densos estratos de cotidianidad y rutina, que sólo así pueden ser desenterrados, reconstruidos, revitalizados.