viernes, 11 de septiembre de 2015

El arte de ver y de hacer ver (y VII)
























Como saben, si siguen este blog, llevo varias semanas, meses ya, perdido entre la espesura de la filmografía de Stan Brakhage. Creía haber llegado a conocerle, o al menos haberme aconstumbrado a su modo peculiarísimo, a su original manera de ver y de filmar, hasta que el domingo pasado me di cuenta que en realidad no había aprendido nada, que era quizás entonces cuando empezaba a comprenderlo. Ni siquiera eso, sólo a intuirlo.

El problema, la dificultad, radica que los conceptos que utiliza Brakhage no son los que usamos los demás. Mejor, dicho, que donde nosotros vemos fronteras y barreras, el ve avenidas y viaductos. Y el mejor ejemplo de esta universalidad, de este ecumenismo estético, es su uso de la abstracción. Un estilo estético que la mayoría considera un mundo aparte al de nuestra experiencia cotidiana, incomunicado e incomunicable, y que, por tanto, exige un viaje hasta llegar a él, una larga ruta de exploración, retorcida y abundante en extravíos, que exige muchos años de tránsito hasta llegar a destino, si es que alguna vez se alcanza, si es que no se se abandona la expedición a la mitad.

Para Brakage, sin embargo, la abstración es algo normal, cotidiano, casi trivial y banal. Para él, la naturaleza es en esencia abstracta, puesto que nadie es capaz de explicar con razonamientos porqué ciertas combinaciones de colores y formas nos parecen hermosas, mientras que otras nos repelen. Por esa razón, para llegar de lo objetivo a lo abstracto, no es necesario ningún esfuerzo, sólo darse la vuelta, mirar, encontrárselo ante nuestros ojos, donde siempre ha estado, esperándonos. Ni siquiera eso es necesario, basta con parpadear para toparse repentinamente con un mundo renovado, completamente desconocido, y por ello mismo, digno de ser descubierto, de entretenerse y perderse en su exploración.

Así, en una película como The Domain of the Moment (1977), una mirada de Brakhage al mundo animal desprovista de toda sensiblería, ñoñería y cursilería, la imagen real se transforma en abstracción pintada sin que sea necesario anunciarlo ni subrayarlo, sin siquiera crear una solución que las una y empalme. Una surge de la otra, la otra de la una, de manera natural y fluida, como queda ilustrado con las capturas que abren esta entrada, donde la huida asustada de un pollo a través de la vegetación se transforma en carrera de formas, unidas y hermanadas por la misma paleta de tonalidades.

O como ocurre en Arabic 12 (1982), ilustrada más abajo, donde basta con desenfocar el objetivo de la cámara, para que ese otro mundo de la forma y el color puro se manifieste. Para que la luz  y su ilustración en celuloide alcancen la categoría de tema único, aquel que, entre todos, sólo merece ser cultivado y perseguido, hasta ser retratado en toda su extensión, en toda su profundidad, en todas y cada una de sus posibilidades.

Porque esa luz, al ser descubierta por Brakhage, al ser liberada de cualquier referencia a un objeto, ya sea su fuente, ya sea iluminado por ella, acaba tornándose en trasunto de la gloria, de esa eternidad en que el gozo no tendrá fin, y cuya causa, la de ese goce, será simplemente la contemplación de la perfección y la belleza absolutas.