sábado, 16 de mayo de 2015

Mostrando el Pasado (III): Problemas, limitaciones y ausencias

Bronces de Azaila, siglo II a.C.
Siguiendo con mi revisión del nuevo montaje del Museo Arqueológico Nacional (MAN) he llegado hoy a lo que son las dos áreas estrellas de la colección del museo: la Protohistoria de la península y la Hispania Romana. Ambas se caracterizan por una inmensa cantidad de hallazgos de primerísima calidad, en contraste con la Prehistoria que les antecede y los tiempos medievales que les siguen. Sin embargo, ambas épicas se distinguen claramente en el sentido y la interpretación que se les ha dado tradicionalmente.

Obviamente, en el caso de la conquista romana, el acento se halla en que en gran medida seguimos siendo ciudadanos romanos, herederos de una lengua, el Latín, y de unas ideas que aún impregnan nuestra vida cotidiana... con todas las reservas que quieran dársele a esto, ya que, al fin y al cabo, ni continuamos adorando a Zeus, ni nos entrenamos en la palestra. En el caso de la protohistoria o la Hispania/Iberia prerromana, nuestra fijación por ese tiempo se debe a que por primera vez tenemos fuentes literarias que hacen referencia a la península y, en cierta manera, se puede reconstruir una historia de la península desde la fecha mágica del 1000 a.C.


Subrayen lo de "en cierta manera". Lo que caracteriza a ese tiempo, hasta la consolidación completa del poder romano en la península en el siglo I a.C,  es que por primera vez tenemos huellas concretas de la intervención en la península de potencias/poderes externos: los fenicios, los griegos, los cartagineses y los romanos. No es como en el milenio anterior, en el que apenas hay unos pocos hallazgos singulares claramente provenientes de de culturas otro extremo del mediterráneo, junto materias primas/objetos de lujo que sólo podrían haber llegado aquí a través de rutas comerciales de difícil reconstrucción.   Es ern este periodo histórico, por el contrario,  cuando se han identificado  factorias comerciales, las muchas fenicias de andalucía,  seguidas por asentamientos coloniales  en toda regla, como Gades, Ebussus, Rhodes y Emporion, para a partir del siglo III a.C desembocar en expansión imperial y control político del territorio.

No sólo eso, sino que la influencia de estos pequeños establecimientos costeros tiene una influencia desproporcionada sobre las poblaciones del interior, que se ven literalmente inundadas por productos del mediterráneo oriental, omnipresentes en tumbas y templos. Estos productos de importación son muestras de un comercio a gran escala por el control de los recursos de la península, que incluso llega provoca una aceleración de la evolución social de la península, creando "reínos" de carácter efímero, como el de Tartessos, introduciendo la escritura y las leyes en su vida cotidiana, e incluso contribuyendo al surgimiento de un arte que en ocasiones rivaliza con el de las metrópolis. Esos fenómenos que se verán acelerados por la intervención romana y la necesidad de defenderse/sobrevivir a ella, pero que al mismo tiempo terminará por ahogarlos y hacerlos desaparecer, uniformizando toda la variedad de la península en una romanidad estándar que se extendió de un extremo a otro del Imperio.

Toros de Costitx, Cultura Talayótica
Debido a estos fenómenos, la cantidad y calidad de las colecciones del MAN referentes a esta época son insuperables. No estamos hablando ya de piezas archifamosas como la Dama de Elche o la De Baza, o del monumento de Pozo Moro. Ni siquiera estamos hablando de los toros de Cotstix- pieza única donde las haya - o de los impresionantes bronces de Azaila, extraña mezcla de modelos romanos y creencias indígenas. Estamos hablando de toda la vida cotidiana de aquellas gentes, de repente hecha visible ante nuestros ojos, en sus tareas de labranza y de cocina, en su aseo personal, en sus ritos religiosos cotidianos. Vida extraña y lejana y al mismo tiempo conmovedora y cercana, ya que muchos de esos objetos son reconocibles aún en la actualidad, así como las actitudes y ademanes representados en su arte.

No obstante, la propia abundancia de objetos constituye uno de los problemas mayores a los que se tiene que enfrentar el museo arqueológico... y que no llega a resolver del todo. Ya el montaje anterior de la colección adolecía de ser un tanto caótico, un batiburrillo que en ocasiones se asemejaba a una tienda de recuerdos en las que se amontonan todo tipo de objetos sin orden ni concierto aparente. Es cierto que se ha hecho un esfuerzo importante por delimitar y organizar, pero aún sigue siendo muy díficil para el visitante saber a qué tiempo de ese milenio pertenece lo que está viendo y dónde tiene que ubicarlo dentro de la península. De hecho, para hacer un poco de orden es necesario referirse una y otra vez a los sucintos esquemas de la escuela con su ordenación temporal Fenicios-Griegos-Cartaginese romanos, y la consabida distribución espacial entre Celtas-Celtíberos-Iberos, colocados en franjas diagonales que se suceden en un eje noroeste-suroeste.

A despejar esta confusión temporal y espacial no ayuda un hecho que se mantiene cuidadosamente en silencio. Como ya les dije, es en este milenio cuando tenemos por primera vez noticias escritas de cómo era la península, cómo se organizaban sus gentes y cuáles habían sido sus principales hechos históricos, que se han utilizado una y otra vez a la hora de organizar y explicar los datos mudos de la arqueología. El problema es que, por supuesto, muchas de esas noticias fueron recogidas muchos siglos más tarde, normalmente en tiempos del Imperio Romano, siempre desde el punto de vista de los "extranjeros" que venían aquí a comerciar o a conquistar. Como resultado, muchas de esas historias tienen un fuerte carácter mitológico, caso de los reyes de Tartessos, o bien están imbuidas de la propaganda oficial romana, que intentaba justificar las guerras y las conquistas en las que se embarcaba, sin pretender realizar un análisis exhaustivo y detallado, antropológico, de los pueblos que sometía.

En el caso de Tartessos, los cuentos fabulosos que nos han legadado historiadores y geográfos griegos no se corresponden con la realidad de la Andalucía Oriental y la Extremadura Meridional revelada por la arqueología. Mejor dicho, hay claras huellas de un salto cualitativo en la estructura social de las gentes de esas regiones, provocada por el comercio de metales impulsado por los fenicios, pero no hay huellas de un estado organizado como el que nos narran los griegos. Esta discrepancia ha tomado rasgos de auténtica quimera, llevando a muchos a buscar una capital de Tartessos a  semejanza de las polis griegas y fenicias, cuando lo más probable es que nunca existiera. Probablemente todo se redujese a una serie de tribus y confederaciones de tribus que se beneficiaban de ese comercio, sin llegar a engarzarse en un estado hegemónico que dominase el suroeste peninsular. En este modelo, los reyes tartésicos, como Argantonio, no pasarían de ser los cabecillas más proximos a Gades y las factoría fenicias, la última parada en una larga línea comercial.

De hecho, el fantasma de Tartessos llegó a alcanzar tales proporciones que cuando en el siglo V esas sociedades del sureste se derrumban, esta desaparición fue explicada por algunos, como Schulten, en términos de una expansion imperial de Cartago por el sur penínsular, que remedaría la de los Barca en el siglo III. Hipótesis que, como pueden imaginar, ya nadie sostiene. Sin embargo, la cuestión de la validez de las fuentes no se detiene ahí, si tomamos por ejemplo la colonización griega, en realidad sólo hay dos ciudades de las que tengamos pruebas irrefutables de sus existencia, Rodas y Emporion, mientras que de otras como Hemerescopión, supuestamente la actual Denia, y Mainaké, en el sur de Andalucía, sólo tenemos los testimonios literarios. De nuevo, otra quimera que ha llevado a buscar Mainaké por toda la costa de Andalucía, sin encontrar nunca nada, como era previsible, ya que poco sentido tenía una colonia griega en una coto exclusiva de los fenicios.

Ambas quimeras, Tartessos y Hemeroscopion, serían disculpables dada la parquedad y la lejanía de las fuentes, sino fuera por el mucho tiempo y esfuerzo que han hecho perder. No obstante, incluso en casos más seguros, como el de la distribución de los pueblos hispánicos a la llegada de los romanos, un análisis más profundo encuentra también graves peros. En primer lugar la lista y distribución de esos pueblos no coincide en los diferentes autores, a lo que se une que tampoco están claras sus filiaciones étnicas, ya que los romanos tendían a aplicar etiquetas que ya conocían, como la de celtas, a pueblos que pudieran o no estar relacionados entre sí o compartir la misma cultura.

Esta nueva discrepancia oculta por ejemplo otra de las polémicas viejas de la protohistoria española: la de si los celtas hispanos eran auténticos celtas, ya que sus rasgos culturales no coincidían con los de los Galos y la cultura de la Tene. No obstante, este es un problema menor, ya que el problema mayor es otro y se trata simplemente de una versión antigua del huevo y la gallina. La cuestión es que no se sabe si las entidades políticas que describen los geográfos grecorromanos son preexistentes a la expansión romana o fueron creadas por el impacto de ésta. Los pueblos con los que luchan los romanos en el siglo II a.C tienen una cara estructura preestatal, pero no sería la primera vez en la historia que éstas surgen para defenderse de un enemigo más avanzado que sigue ese modelo, en un claro intento de combatir el fuego con el fuego.

Problemas y preguntas que no tienen respuesta, ni la tendrán en muchos años, pero que no hubiera estado de más verlas apuntadas en el nuevo montaje del MAN... y en realidad lo están, sólo que hay que estar muy atento para darse cuenta de la alusión, apenas señalada en la comparación de dos mapas.