martes, 26 de mayo de 2015

Sin vuelta atrás



























A medida que avanzo en mi conocimiento de la historia de la animación, hay un hecho que me parece cada vez más incontestable. Esta forma puede resumirse en una serie de principios que no tuvieron continuidad, para su desgracia y la nuestra. En todas las décadas, para todas las generaciones, los creadores de esta rama de la cinematografía tienen que esforzarse en darla a conocer a los aficionados, intentando borrar los muchos prejuicios y estereotipos con que se la asocia, convirtiéndola al fin, en una manera respetable de hacer cine, como ésas de las que los críticos y los que saben se hacen lenguas. Todo para nada, porque el principio queda en sólo eso, en principio, y las obras germinales, si es que brotan, en seguida se secan y mueren, sin dejar descendencia.

Esta jeremiada, tan habitual y tan común en este blog mío, se debe a que este sábado he vuelto a ver Jin Roh (1999), esa obra maestra del anime realizada por Okura Hiroyuki, pero sobre la que pesa la sombra y la influencia de Oshii Mamoru, nombre grande donde los haya. No tengo que ni que decirles que cuando me aficioné al anime, a primeros de la década del 2000, esta película se convirtió en una de mis favoritas, tanto que llegue a estar total y perdidamente obsesionado por ella. Verla ahora, casi quince años más tarde, me daba un poco de miedo, debido al temor de que se derrumbara ante mis ojos, de que se demostrara producto de modas pasajeras, de que, como tantas otras, se revelara elaborado engaño, en el que me dejé atrapar y encerrar.

No ha sido así. Jin Roh sigue gozando de excelente salud, fuera de un pequeño resbalón de guión del que los propios creadores fueron conscientes, y que intentaron resolver de la manera más elegante posible, sin tratar de ocultarlo al espectador. No obstante, a pesar de que la fuerza, el impacto y la resonancia de la película siguen allí, innegables y conmovedores, tras haberla visto no puedo reprimir un cierto sentimiento de amargura y de fracaso.

Se debe a que Jin-Roh constituye un punto de no retorno, como dicen los ingleses. En primer lugar, se trató de una de las últimas obras realizadas al modo tradicional, con acetatos (cell-animation en la lengua del imperio), antes de que el ordenador se conviertiera en la norma, en la herramienta irrenunciable de los nuevos tiempos. En sí, este cambio no es malo, incluso ha sido beneficioso, al permitir que quede al alcance de casi cualquiera lo que en tiempos pasados eran auténticos milagros. Sin embargo, la perfección aséptica del ordenador ha robado a la animación de cierto temblor y torpeza que la dotaba de naturalidad y vida, características de las que rebosa Jin-Roh y de la que se muestran carentes muchas de sus contemporáneas, nacidas inmaculadas, pero desprovistas de alma.

Aun así, esto sería disculpable, las necesarias renuncias estéticas que permiten explorar nuevos territorios, sin las cuales nos hubiéramos quedado sin gran parte de la obra de Shinkai Makoto, Hosuda Mamoru o Kon Satoshi. El problema, no obstante, es otro. Jin Roh, y obras parecidas de esa época, la década final del siglo XX, nos hicieron creer a muchos que la características propias del anime eran las suyas, cuando en realidad esas películas no eran otra cosa que excepciones en el panorama del anime, mientras la regla se encontraba en el complejo moe/kawai, en el infantilismo, la vacuidad, el escapismo y la comercialidad omnipresente y omnipotente en estos últimos años.

Jin Roh era un espejismo. El sueño occidental de un anime que recogiera lo mejor del comic "adulto", casi underground, de raigambre europea - y japonesa, en un curioso viaje de ida y vuelta - trasladándolo a la gran pantalla. Una animación poblada por personajes que habían dejado muy atrás su adolescencia, bien por edad, bien por necesidad, cuyos conflictos estaban teñidos por las circunstancias políticas y los problemas de la existencia. En definitiva, por ese insoluble problema que se reduce a decidir si preferimos vivir en una sociedad que nos impone sus propias reglas, hasta vencer nuestra resistencia y convertirnos en siervos voluntarios; o bien decidimos embarcarnos en la transformación de esa misma sociedad. en busca de una vida donde nuestra esencia pueda desarrollarse en libertad, si es que eso es posible y no un esfuerzo vano y huero.

Política sí,pero desprovista de todo idealismo, transformada en cínico juego de engaños y traiciones en el que no hay lados buenos o malos - todos son igual de repulsivos, todos están igual de podridos -, donde a los perdedores sólo les espera la muerte, mientras que para los vencedores, el premio es la supervivencia hasta el siguiente combate. Temas adultos y complejos, lejos de los conflictos de instituto o de la confusión de los primeros amores, que reclaman un público más inteligente, más exigente, obligando, por eso mismo, a que estos conflictos sean expresados con un estilo distinto, más complejo, menos primitivo.

Acabado y plasmación donde brilla Jin-Roh, pero que no eran la norma, sino la excepción. Porque aunque su historia podría ser la de tantas y tantas olvidables películas de acción - y no huye, cuando debe hacerlo, en representarla en toda su amplitud y crudeza, incluso pirotecnia -  en realidad Jin Roh es una película contemplativa, en la que tienen muchas más importancia los largos fragmentos meditativos, la atención al detalle nímio que retrata y caracteriza a un personaje, la introducción de forma natural de los símbolos visuales y temáticos, de manera que la película acaba por tornarse en ilustración moderna y experimental de una fábula tradicional; Caperucita Roja, en versión casi irreconocible, pero mucho más auténtica y sentida que las habituales.

Acompañada toda esta meditación, todo este simbolismo, toda esta precisa observación vital, por un uso contenido y sobrio de la música incidental, que se calla para dejarnos oír el ruido ambiente y apenas se muestra, tímida, pero precisa y experta, para ilustrar las secciones más simbólicas, más meditativas, aquellas en que la acción debe interrumpirse para describir y caracterizar su mundo.

Nuestro Mundo.