lunes, 30 de marzo de 2015

Melancolías íntimas, soledades colectivas

Dicen que no hablan las plantas, ni las fuentes, ni los pájaros,
Ni el onda con sus rumores, ni con su brillo los astros,
Lo dicen, pero no es cierto, pues siempre cuando yo paso,
De mí murmuran y exclaman:
 
                                                —Ahí va la loca soñando
Con la eterna primavera de la vida y de los campos,
Y ya bien pronto, bien pronto, tendrá los cabellos canos,
Y ve temblando, aterida, que cubre la escarcha el prado.

—Hay canas en mi cabeza, hay en los prados escarcha,
Mas yo prosigo soñando, pobre, incurable sonámbula,
Con la eterna primavera de la vida que se apaga
Y la perenne frescura de los campos y las almas,
Aunque los unos se agostan y aunque las otras se abrasan.

Astros y fuentes y flores, no murmuréis de mis sueños,
Sin ellos, ¿cómo admiraros ni cómo vivir sin ellos?


Rosalía de Castro, En las orillas del Saar

Si he elegido este poema para hablar de Rosalía de Castro, no ha sido por su fama, que puede trabajar en su contra, sino por la fuerte resonancia personal que ese texto guarda para mí. Dada su presencia en todas las antologías, se encontraba también en los textos escolares de mi juventud, por lo que supuso mi primer encuentro con su poesía, mi conexión tempraqna con una persona cuya sentimentalidad era cercana a la mía... y lo sigue siendo.

La cuestión es que hay muchas Rosalías (y perdonen por utilizar su nombre propio, ya sé que no debería hacerlo, pero las viejas constumbres se resisten a morir). La poetisa decimonónica cuya obra se ve afectada por los resabios y lugares comunes de su tiempo, que la alejan de la sensibilidad actual. La escritora refundadora de toda una lengua, la gallega, que gracias a ella, recuperaba su lugar como vehículo de cultura. al igual que lo había sido en el medievo. La literata anfibia, capaz de moverse con igual de soltura en dos lenguas emparentadas pero casi irreconciliables, al igual que sus hablantes, pero al mismo tiempo, excelsa y defectuosa en ambas. La narradora y conservadora de las constumbres y esencias de su pueblo,  ya a punto de ser arrumbadas por el progreso y la emigración, rayana con el constumbrismo, pero al mismo tiempo cronista de la desolación íntima, de los paisajes baldíos donde unos pocos - o unos muchos - se ven forzados a habitar.

Cada uno de esos aspectos habría bastado asegurar  a Rosalía un puesto en los manuales de literatura como poetisa excelsa, para al mismo tiempo para relegarla al olvido, como tantos otros nombres famosos. Es, no obstante, de la conjunción de todos los elementos antes citados, de donde surge una Rosalía que es cercana y actual...  al menos para aquellos que (nos) sentimos como ella.


Es muy fácil, como digo, partir a Rosalía en varias. Dividirla en poetísa constumbrista, localista, incluso nacionalista, opuesta a otra Rosalía, lírica, interior y doliente.Incluso se podría asignar cada libro, cada poema dentro del libro a cada una de esas Rosalías. Sería posible, sí, pero también sería una impostura, porque lo que caracteriza a esta poetisa es precisamente la inexistencia de esas divisiones, de esas barreras. Galicia, esa patria soñada y brumosa, anclada en un pasado ancestral y a punto de desaparecer, es también ella, la poetisa, siempre dudosa, temerosa del futuro, al borde de la catástrofe definitiva, al igual que Rosalía es Galicia, quien no puede concebirse sin pertenecer, estar y ser de esa tierra.

Lo que hermana a ambos mundos, la tierra y la persona, lo local y lo privado, lo externo y lo interno, no es otra cosa que el dolor, un dolor eterno y cósmico, sin posibilidad de alivio o remisión, que al final termina convertido en característico y definitorio. Lo único en definitiva que hace de Galicia, Galicia, de Rosalía, Rosalia, entidades, seres que se saben al final de un ciclo, ambas abocadas a la muerte, y al mismo tiempo, ambas obligadas a seguir viviendo, a cantar, a gozar incluso, aunque sea tránsidas de dolor y desesperación, aunque estas acciones sean estériles, preludio de una muerte que no se sabe si habrá de venir por propia mano o por el descuido y desprecio de los otros.

Todo muy romántico, todo muy sentimental, todo muy anticuado. Excepto que no lo es. Porque, como bien señalaban mis manuales de literarua, el gran problema del romanticismo en España es que no fue planta que creciera de forma natural en nuestro suelo, sino que se redujo a una de tantas modas, atada a un momento y a unas formas ya en retirada. Nuestros románticos, independientemente de la fama y repercusión que tuvieran en la cultura europea - reflejada en tantas y tantas operas - siempre tuvieron algo de falso, de pose y de actuación consciente y preparada, excepto unas pocas excepciones, como la que constituye Rosalia.

Porque cuando esta poetisa se duele, del mundo, de la vida, de la fragilidad de ambas, de lo efímero y falso de cualquier felicidad que del disfrute de ellas pudiera derivarse, del amor, en definitiva, su voz es veraz y sincera, semejante, salvando las distancias, a la de su lejana y desconocida contemporánea americana, esa Dickinson siempre recluida en sí misma y el horizonte que veía desde su hogar. La perspectiva de Rosalía es más amplia, más universal, más de este mundo, pero el dolor, la desolación, la despesperación, beben de las mismas fuentes, igual de profundas, igual de inagotables.

Reconocibles y familiares para todos aquéllos de nosotros que también habitamos en la tristeza, convertida en nuestro hogar ancestral, nuestro ámbito cotidiano, que jamás podremos abandonar, del que incluso nos negamos a ser liberados, si es que ese milagro pudiera realmente ocurrir, si es que nosotros consintiéramos en permitirlo. Lugar de obscuridad, sin amaneceres, sin posibilidad del mismo - el sol, al fin y al cabo, nunca sale por el oeste -, del que sólo existe una posibilidad de término y conclusión: caer en una obscuridad aún más profunda, de la cual no hubiese despertar.