jueves, 25 de diciembre de 2014

Viejas glorias

Sorolla, Retrato de Clotilde

Hace unas semanas les hablaba de que este tiempo del año es muy dado a las listas de mejores cosas, sean exposiciones, películas o artículos de broma. Les indicaba también que veía difícil que una muestra como la de Metamorfosis de La Casa Encendida se colase en los diferentes palmarés, pero de lo que no hay duda es que la exposición Sorolla y Estados Unidos de la Mapfre figurará en ellos. No por méritos propios, ya que tiene más de un problema y debilidad, sino porque Sorolla es un pintor popular, alguien que atrae multitudes, ya en el presente y el pasado, y cuyo nombre asegura el éxito de cualquier exposición que se le dedique.

Esa preferencia del público y de los expositores se debe en primer lugar a su afiliación impresionista, adjetivo artístico que siempre es un valor seguro para cualquier museo o institución, por lo que trae consigo de pintura que celebra el placer de vivir, la belleza del mundo y el gozo de su contemplación. Unas características que, no es sorpresa alguna, son especialmente apreciadas en una sociedad hedonista como la nuestra, donde esos placeres, antaño de ricos y privilegiados, han pasado a ser experiencia común de la mayor parte de nosotros.

A esta sintonía entre pintor y público - presentes y pasados, no lo olvidemos - se añade el hecho de que Sorolla es un artista de gran capacidad técnica, capaz de asimilar las lecciones del impresionismo y adaptarlas a tierras y paisajes que no son los originarios, de forma que su pintura se nos aparece no como la de un mero copista o seguidor, sino original y personal. Esta novedad se muestra especialmente en sus escenas de playa, donde supo representar como nadie las múltiples tonalidades y reflejos del mar, la claridad cegadora del mediterráneo y el blanco inmaculado de ropas y velas. Características que aunque tópicas, no dejan de ser menos ciertas.

Hasta aquí los elogios, pasemos ahora a los defectos.



Como también les he dicho en otras ocasiones, mi mayor pero con respecto a Sorolla no se encuentra en él, ni en su obra, sino en el modo en el que se intenta vender su figura. En las sucesivas exposiciones de estos últimos años - y llevamos ya un buen puñado - se intenta hacer creer que fue un renovador pictórico, cuando no un revolucionario, mientras que con sólo consultar las fechas, cualquiera puede darse cuenta de que es un divulgador - en ocasiones incluso un vulgarizador - del impresionismo, movimiento completamente aceptado y respetable en las fechas que Sorolla realiza su obra. Como prueba, la muestra vecina de la Thyssen, dedicada a los supuestos impresionistas americanos, tan insertados y considerados por un estamento cultural que hacía sólo unas décadas había considerado el impresionismo francés como auténtica blasfemia estética.



Prueba involuntaria de esta condición híbrida de Sorolla son las salas de la exposición de la Mapfre dedicadas a los múltiples retratos que sus contemporáneos le encargaron. En ellos se muestra una clara dependencia del artista respecto a los deseos y expectativas de sus comitentes, que en más de una ocasión le llevan a abandonar su estilo más conocido y querido, para adoptar, cuando no copiar, el de grandes nombres del pasado. Un ejemplo claro es la pintura que abre esta entrada, en la que Sorolla, retrando a su mujer, realiza una copia casi perfecta del estilo de Goya en la década de los 90 del siglo XVIII... y que no constituye el único caso de ese mimetismo,  ya que dependiendo de la ocasión y del personaje, Sorolla imitará a Velázquez, Manet, Monet o los retratistas del XVI Español como Antonio Moro y Pantoja de la Cruz.

Un problema añadido a la exposición, aparte de esta flagrante contradicción entre pintor vanguardista pero al mismo tiempo acomodaticio, estriba en que su propio título, Sorolla y los Estados Unidos,  hace referencia a una institución muy precisa, la Hispanic Society de Nueva York. Su mayor tesoro  son los magníficos cuadros de Sorolla en los que éste representó las costumbres y tipos de las diferentes regiones españolas. Unos cuadros que pudieron verse hace unos años en el Museo del Prado y de los que en este muestra apenas queda huella alguna, excepto unos bocetos indicando como deberían colgarse las obras en la salas de la Hispanic Society, una vez terminadas.

Esta ausencia se intenta suplir con las obras que Sorolla pintó para sus mecenas americanos, los estudios y pinturas que realizó en los EEUU y, en general, cualquier obra que el público americano pudiera habeo disfrutado y apreciado en las diferentes exposiciones que se organizaron al otro lado del Atlántico en vida del artista. El resultado es que la muestra rápidamente se aleja de la narración de esa relación Sorolla/América para convertirse en otra retrospectiva más, donde se realiza la acostumbrada semblanza de su carrera artística y acaba poniéndose el acento en sus paisajes y escenas de mar y playa, como era inevitable.

Punto donde se cuela una nueva contradicción, ya que al final la parte más interesante de la muestra acaban por ser los bocetos de Sorolla, no las obras terminadas. Es el caso de Corriendo por la Playa, que comparado con esos dibujos preparatorios, resulta envarado, rígido, demasiado controlado, atenuado para complacer al público de su época, mientras que los diferentes estudios rebosan de energía y audacia, de auténtica representación de un movimiento que es esencialmente inestable, del quien no se puede predecir ni el inicio ni el final.

Y si no, a las pruebas me remito. (y si quieren ver una exposición que sí merece mucho la pena, anden unos metros y visiten la del fotógrafo Alvin Langdon Coburn)