lunes, 29 de diciembre de 2014

Mitos y Misterios

¿Y qué decir de Milans del Bosch? Su único referente político y cultural, por llamarlo de alguna manera, su referente vital, no era otro que el general Mola. Aquel organizador del 18 de julio del 36 sobre la base del "escarmiento". "Hay que dar un escarmiento a las izquierdas para que paguen sus excesos y no vuelvan a crecerse". Un escarmiento fue la base sobre la que se urdió el 23-F, y gracias a la impericia de esas acémilas uniformadas no les salió bien. Porque oposición fáctica, real, no hubo ninguna. El poder militar, el único existente, estaba dividido entre quienes se sumaron al golpe y quienes no se sumaron al golpe. La negativa del teniente coronel Tejero a consumar la operación Armada ante los parlamentarios detenidos no es más que la consecuencia de dos factores. El primero es que el golpe de Milans del Bosch ha fracasado, y el segundo es que Milans no está dispuesto a que Armada se instale, o trate de salvarse, instalándose sobre las espaldas de su fracaso. Tejero no le permitirá pasar al hemiciclo porque Milans no le ha concedido a última hora el permiso, o lo que es lo mismo, no ha dado la orden a Tejero que le permita hacerlo. Por eso va a ser a ese mismo general Armada a quien se entregue cuando fracase la intentona. Habían preparado y ejecutado un golpe de estado, no un golpe de timón, y en ese aparentemente inocuo juego de palabras está el meollo de asunto.

Gregorio Morán, Adolfo Suárez, Ambición y Destino.

Les confieso que la figura de Gregorio Morán, su independencia, su estar a la contra de la versión oficial de la historia reciente, me tenían intrigados, de ahí mi interés por leer El cura y los mandarines, que ya les comenté hace unos días. Tras terminarlo, mi curiosidad aún era mayor, así que me adentré en otra obra suya, la biografía de Suárez, escrita primero en 1979 y completada en 2009, en busca de respuesta a los hechos de una transición de la que fui en parte testigo, al superponerse a mi niñez y juventud.

Si El cura y los mandarines tenía claros defectos, estos son aún más visibles en Adolfo Suárez, Ambición y Destino, al tratarse de una obra primeriza. El peor de ellos es común a muchos libros escritos por periodistas y consiste en una dramatización de los hechos narrados que aunque posiblemente basada en los hechos, arroja serias dudas sobre su verosimilitud, ni decir tiene sobre su realidad histórica. El problema estriba que en este tipo de reconstrucciones se nos cuenta lo que los personajes pensaban, sentían y temían, cuando evidentemente nadie pudo saber en ese instante, y en muchos casos, a nadie comunicaron esos sentimientos, con lo que se hace especialmente deslindar qué es literatura, qué es especulación, qué deducción y qué hechos comprobados.

Afortunadamente este error queda limitado a secciones muy precisas del libro, básicamente las de la ascensión de Suarez durante el franquismo, que también son las que menos información de fuentes y notas tienen. Por el contrario, cuando nos enfrentamos al Suárez presidente y luego al Suárez descabalgado y busca de una revancha, es cuando la obra toma visos de ser más objetiva, más verosímil y cercana a la realidad histórica. Especialmente si se compara con el mito de Suárez como caballero andante de la transición que proclaman ahora desde todos los sectores, sobre todo desde una derecha empeñada en convertirle en uno de los suyos, mientras que cuando gobernaba lo que realmente querían es sacarle los ojos

Es ahí, en la demolición de ese mito donde el libro brilla y adquiere su auténtico valor. Una revisión crítica del antiguo presidente del gobierno que se centra en dos aspectos principales: la ascensión de Suárez a la presidencia del gobierno y los hechos aún sin aclarar que condujeron y acompañaron al 23-F

Respecto a la ascensión de Suárez, lo primero que llama la atención es que el futuro presidente de la democracia era prácticamente una nulidad. Sin un título de enjundia, que además apenas ejerció, sin conocimientos de idiomas, ni curiosidad intelectual, se dice que nunca llegó a terminar un libro, su figura es todo lo contrario a una persona preparada y con talento, como viene a confirmar que las oposiciones que ganó, según cuenta Morán, estaban más que preparadas para que las ganasen quien las ganaron. Suárez sólo tenía un talento y una pasión, la de la política y la intriga, lo que le hacía especialmente dotado para medrar en un régimen podrido como el franquista, donde la adulación, el servilismo y el mercadeo eran las vías perfectas, casi únicas, para llegar a la cumbre.

Una competición en la que Suárez se demostró uno de sus mejores contendientes y en la cual no pudo - o no quisó - evitar rodearse con personalidades nefastas del comercio y la industria española. Gentes más que famosas, que medran y medraron en las zonas grises del sistema legal y utilizan el favoritismo y la connivencia del poder político para conseguir sus objetivos y salvarse si las cosas vienen torcidas. Amistades peligrosas, como la de Jesús Gil y Gil - y otros muchos similares - que muestran lo ilegal y falso que era el sistema franquista, su desprecio de lo que sería una auténtica meritocracia, y cuya pervivencia en el presente es una de las herencias más nocivas que ha recibido la democracia. Un modo de ser y de hacer las cosas que ha acabado estallando en esa fiesta de la corrupción a todos los niveles que ha desvelado la crisis.

Respecto al 23-F, entramos en terreno más resbaladizo, simplemente por que los que sabían han mantenido un ferreo silencio que no tiene visos de romperse. El mito que nos ha llegado es el de unos cuantos militares medio locos que pretendieron retrasar el reloj de la historia y se estrellaron frente a la firmeza de la instituciones encabezadas por el rey. Demasiado bonito y conveniente para ser cierto, porque lo que ocurrió en esa noche fue cualquier cosa menos una acción coordinada de los mecanismos del estado. De hecho la población pasó esa tarde y noche envuelta en un silencio oficial completo que hacía prever lo peor y que sólo se rompió con el famoso discurso del Rey en la madrugada del 24.

Frente a esa oposición entre el mito y la realidad, lo que se vio y lo que nos han contado, la versión de Morán es mucho más lógica, más cercana a los objetivos y limitaciones de unas personas que actuaban con intereses muy concretos, los suyos propios. Para Morán, durante 1980 se produjo una operación de acoso y derribo contra Suárez por parte de los sectores más derechistas de la UCD y del propio rey. La justificación que tenían para derribar al presidente era que la evolución política capitaneada por Suárez había ido demasiado lejos, que la constitución era demasiado radical y que si no se hacía nada, los socialistas iban a acabar gobernado. En lugar de la gente de bien y de orden, se entiende.

Para hacer frente a estos temores y peligros, se pensó en construir algo similar a la dictadura de Primo de Ribera, invocar la salvación de la patria y crear un gobierno de concentración que dejase en suspenso la consitución. El presidente de ese gobierno, en el que entrarían casi todos los partidos, sería el general Armada, figura sobre la que se ha echado tierra, pero de la que Morán señala su cercanía a la corona antes y después de la muerte de Franco, hasta formar parte del equipo de la Casa Real, su cese fulminante de ese puesto una vez llegado Suárez a la presidencia y los repetidos intentos por parte del Rey durante 1980 para que se le volviese a dar un cargo de importancia: el de segundo jefe del Estado Mayor.

Lo que hizo descarrilar este plan perfecto fue que los militares implicados, especialmente Milan del Bosch, que ya había amenazado una y otra vez con dar un golpe sobre la mesa y poner orden, lo que querían no es una solución tipo Primo de Rivera, sino un nuevo Franco, con todas sus consecuencias. Es decir, algo al estilo de lo que Pinochet y Videla habían llevado a cabo en Chile y Argentina, con su reguero de desapariciones, torturas y asesinatos. Eso les llevó, como señala Morán, a rechazar a Armada, una vez tomado el parlamento, con la consecuencia de provocar la disolución del golpe, ya que lo que pedía el sector duro de los golpistas era más de lo podía ser tolerable sin causar la caída de la monarquía, antes o después.