martes, 22 de mayo de 2012

Dynamics





















La primera vez que vi Project Eden, la película basada en la serie Dirty Pair, mítico anime ochentetero donde los haya fue en el extinto canal Locomotion de las plataformas de TV por satélite. Locomotion, activo en un breve periodo de años antes y después del 2000, era un canal bastante extraño, donde se mezclaba el anime más comercial con cortos experimentales y vanguardistas europeos. Un espacio, por tanto, en el que a pesar de su carencia, la mayor la falta de presupuesto, el espectador se veía bombardeado por cantidades ingentes de animación de todo tipo, una especie de paraíso para el aficionado, aunque quizás no pretendido por sus programadores.

Cuando vi en ese canal la película de Dirty Pair, debo admitir que no me gustó en absoluto. Era alrededor del año 2000 y yo acababa de (re)descubrir Evangelion, causante de la fiebre anime que aún me dura. Para mí, en mi ignorancia, esa escuela de animación, se igualaba con una animación limitada e incluso torpe, excepto en pequeños momentos, dispersos aquí y allá, pero sobre todo, anime era sinónimo de simbolismo, de enrevesadas historias que ocultaban (aparentes) profundos núcleos filosóficos, cuyo significado estaba envuelto en una densa red de enigmas y misterios, en cuya elucidación consistía parte del placer.

Desde ese punto de vista, Project Eden, era todo lo contrario a lo que yo consideraba bueno, noble y deseable. Sin apenas una trama discernible, la película se reducía a narrar las andanzas de dos chicas casi desprovistas de ropaje y aficionadas a utilizar armamento de grueso calibre, lo que derivaba en una fiesta de destrucción que se presentaba de manera cómica. Como pueden imaginar, la película estaba desprovista de todo tipo de pretensiones de profundidad, bien filosófica o estética, siendo su único objetivo el obsequiar a sus más que dispuestos espectadores con carretadas de entretenimiento fácil y barato.

Muchos años más tarde, el fin de semana pasado, sin ir más lejos, volví a ver esta película y deno confesar que me gustó mucho más de lo que esperaba. La diferencia no estaba en la película, que seguía respondiendo a los parámetros que he esbozado unas líneas antes, sino a mi forma de mirar. En esta última década me he educado en la historia de la animación, aprendido de la existencia de varias decenas de grandes animadores y descubiertos varios cientos de cortos esenciales, con la consecuencia de que mis ojos ya no tienen como prioridad el tema de los cortos, sino la forma en que se narra, en concreto el modo en que está animado, si el estilo es original, conservador o vanguardista, si la animación es expresiva, llena de energia o rutinaria.

Lo primero que se puede decir de Project Eden es que su animación tiene estilo y que los animadores que la crearon eran auténticos maestros en su campo, miren por ejemplo los títulos de crédito,un ejemplo de simplificación simbólica, dotado de estilo y personalidad, que en época reciente sólo tiene parangón en los títulos iniciales de un Cowboy Bepop. cuya sóla referencia basta para señalar que estamos hablando de palabras mayores.



Lo siguiente que llama la atención y que por si solo hace que la película merezca la pena es la calidad de su animación, impensable en una escuela, como la japonesa, que se asocia con la animación limitada y tosca, que busca cualquier truco para disimular su falta de movimiento. En este caso, sin embargo, como en toda buena animación, el movimiento es la razón de ser de la película, y los animadores parecen rivalizar en representar ese movimento con la mayor verosimilitud y naturalidad posible, como pueden comprobar en las capturas del principio de esta entrada, pobre reflejo de una larga secuencia dedicada mostrar las infinitas posibilidades de movimiento de una mano, o el video que les pego a continuación.



Un video que redunda en la otra virtud de la película, porque esa perfección animada no se queda en eso en perfección animada, sino que transmite una energía incontenible, aquella que a ojos occidentales es propia de la Warner, y que consigue que la comicidad no se sustente exclusivamente en los aciertos del guión sino en lo que se ve y como ha sido plasmado en la pantalla.

Una animación de una fuerza y un dinamismo poco comunes en la pantalla, incluso en estos tiempos de ordenador y CGI, y que contiene un buen número de escenas magistrales, de esas que hay que ver una y otra vez, pasándolas a cámara lenta, si realmente se quiere aprender lo que realmente significa la animación.