sábado, 2 de abril de 2011

Time Machine

Pintura de Lothar Charoux
 En el panorama expositivo madrileño, el de las exposiciones oficiales retrospectivas, la Fundación Juan March solía ser uno de sus principales motores, una institución de la que siempre se podía esperar una sorpresa, una nueva mirada a la historia archisabida y archiconocida. No obstante este año no puedo evitar una cierta desilusión y aunque la exposición América Fría, dedicada a la abstracción sudamericana de 1930 a 1970, no lleva a ser la debacle de la exposición anterior, centrada en un pintor muy menor cuya fama se reduce a ser uno de los primeros artistas de los jóvenes EEUU, si es cierto que dudo que pase a la historia y si es recordada por el aficionado será por razones muy distintas a las pretendidas por su organizadores.

De hecho, si esta exposición me ha sorprendido ha sido porque adentrarme en sus salas se asemejada a entrar en una máquina del tiempo y verme transportado a las salas del desaparecido MEAC, museo españolo de arte contemporáneo, antecesor del MNCARS o Sofidú, tal y como eran la primera vez que las visité, allá por 1981. En ese tiempo yo aún no había descubierto la grandeza del modernismo, gracias a la magnífica serie The Shock of the New, y mi postura era la de odio declarado ante aquellos pintamonas que habían renunciado a la representación de la figura humana, prefiriendo distribuir colores sobre la superficie del lienzo... algo de lo que el MEAC estab abarrotado.
Y digo estaba con toda atención, ya que el criterio con el que el museo había sido organizado, fuera de haber sido desterrado fuera de la ciudad, era correspondiente a una victoria total del modernismo, encarnado en la abstracción geométrica, que se extendía hasta el presente en las formas duales del Op Art y el Kinetic Art. Un triunfo que pronto se iba a demostrar huero, ya que en los mismos 70 el movimiento habían entrado en una crisis que pronto le llevaría a su disolución, siendo substituido por un postmodernismo del que entonces aún desconocíamos hasta el nombre.

De ahí, por tanto, mi sensación de haber viajado en el tiempo, ya que esa acumulación agobiante de obras abstractas, realizadas por autores desconocidos, entre los que aparecían, de vez en cuando, algún nombre famoso como Vasarely o Mies van de Rohe, ya no era contemporánea en absoluto, pertenecía a un tiempo completamente pasado, tan lejano y desconectado como podría serlo el siglo XVIII, y al que sólo un esfuerzo mental y la consciencia de haber pertenecido a él, podía retrotraernos, devolvernos un reflejo pálido y desvaído de lo que habíamos sentido y experimentado en ese instante.

Aún una última apreciación. Muchas veces se dice que el arte abstracto, al enfrentarnos a formas que no podemos descifrar, nos obliga a dejar de lado nuestras muletas intelectuales y a labrarnos nuestro propio camino, una tarea de elección solitaria en la que siempre se corre el riesgo de descubrir que nuestro criterio es todo menos sólido y que abandonado a sus propios medios será incapaz de separar el trigo de la paja. No obstante, al pasear entre todos estos nombres desconocidos, entre los que sólo unos pocos nos llaman la atención, no podía evitar pensar en como el tiempo es como una inundación de la que sobresalen unos pocos accidentes, cuya importancia en ese paisaje desfigurado no tiene nada que ver con la que tuvieron en realidad.

O dicho de otra manera, esa larga secuencia de nombres famosos, conectados por sus influencias mutuas y organizados en relacioens de importancia, no deja de ser un constructo nuestro, producto de los caprichos del tiempo, de las filias y fobias de los contemporáneos más dados a dejar por escrito sus impresiones. Como en definitiva, si paseásemos por una hipotética galería de todo el arte realizado hacia 1800, de la cual se hubieran borrado los nombres de artistas y pintores, no sabríamos distinguir las cumbres que admiramos de las mediocridades largo tiempo olvidadas.

Fotografía de Ohara Haruo