sábado, 30 de abril de 2011

Swan Song








Hace apenas veinte años, lo que la mayoría del publico no especializado y gran parte de la crítica identificaba con la animación, era lo que conocemos todos como dibujo animado y que en la literatura anglosajona se suele denominar hand-drawn animation. En la actualidad, sin embargo, lo que se suele asociar con la animación y recibe el aplauso general de ese mismo público y de esa misma crítica, es lo que se conoce como 3D generada por por ordenador, en oposición al dibujo animado tradicional que se suele denominar como 2D.

Podría pensarse que se ha producido un cambio de paradigma, en el que la 3D va a substituir a la 2D, pero como bien se ha señalado por aquellos que realmente conocen y practican la animación, lo que está sucediendo es otra cosa. El ordenador se ha convertido en una herramienta esencial de la 2D, permitiendo obtener efectos impensables hace décadas, mientas que lo que está siendo substituido por la 3D es la stop-motion, especialmente en su variante de la animación de marionetas.

La stop motion, en esa vertiente de animación de muñecos ha sido una de las manifestaciones más importantes en la larga historia de la animación, quizás la única capaz de hacer sombra a los dibujos animados tradicionales. Jugaba a su favor el hecho de introducir de forma natural la tridimensionalidad que el público estaba aconstumbrado a ver en la pantalla, en las películas normales, junto con la sorpresa que provocaba ver moverse repentinamente objetos reales que suponían muertos e inamidados. Su gran inconveniente era los errores que el propio proceso de stop motion introducía, cierta torpeza en los movimientos, especialmente en los rápidos, pero aún así, en manos de un artista de talento como Trnka, Starevich o Svankamajer, era capaz de obtener efectos sobrecogedores.

Precisamente, lo que la 3D ofrece es esa misma tridimensionalidad de la stop-motion de marionetas, sin los defectos e imprecisiones de su laborioso proceso de creación. No es de extrañar, por tanto, que se haya ganado el favor del público y de la crítica, al ofrecerle una experiencia animada cercana a lo que está aconstumbrado a ver normalmente, en un proceso de realimentación constante que hace que las peliculas de acción real tengan cada vez más secciones animadas en la 3D e, incluso, que sus temáticas comiencen a ser indistinguibles. No obstante, como sucede en arte cada vez que una técnica es subtituida por otra, la forma antigua, incitada por el reto de lo nuevo, es capaz de producir obras que superan a la mayoría de su producción hasta entonces.

El último resplandor de la llama antes de apagarse definitivamente.

No es de extrañar, por tanto, que en esta década de victoria absoluta de la 3D, la stop motion de muñecos haya experimentado un renacimiento inesperado. Ahí esta la magnífica The Amazing Mr. Fox y la no menos importante Coraline, con el añadido de que al mando de ésta última se halla un animador profesional, Henry Selick, el otro creador de Nightmare Before Christmans, tan injustamente atribuido en solitario a Tim Burton, y de la que me proponía escribir algo esta noche.

Es cierto, no obstante, que el gran defecto de Selick, como el de muchos animadores sigue siendo el de la escritura y estructuración de sus películas, ya que el animador de talento puesto a cargo de la dirección de una una película suele tender a hilar escena de lucimiento tras escena de lucimiento, en las que la dificultad del movimiento de los personajes animados deje perfectamente claro su propia habilidad. No obstante, y al contrario de las últimas producciones de Burton, cada vez convencido de su propia genialidad y sin freno alguno que le modere, Coraline puede ser la película mejor construirda de Selick, si descontamos Nightmare bedore Christmas.

Es más, puede ser una de las pocas producciones de 3D que al verla en 2D (y desgraciadamente yo sólo puedo ver las películas en 2D por razones físicas) no contiene esas escenas tan embarazosas que parecen haber sido incluidas para demostrar las posibilidades del formato. En este caso, las escenas que he podido detectar como pensadas para aprovechar la tridimensionalidad están insertadas de una forma natural en la trama y sirven perfectamente de apoyo al efecto dramático que se pretende.

No obstante, lo más importante quizás sea que Selick, en la maravillosa escena que he ilustrado con las capturas que encabezan la entrada, consigue un efecto que no se ha utilizado casi nunca en la 3D (y que para Pixar y similares sería un sacrilegio), pero que entronca con las más antiguas tradiciones de la animación, la de mostrar la tramoya del asunto, el proceso de animación y de creación, dentro de la misma película, en esos giros tan apreciados por los defensores del cine ultimísimo cuando lo ven en los autores que idolatran.

Se trata, ni más ni menos, que de la desmaterialización del fondo 3D en el que se mueven los personajes, haciendo que se descomponga en los polígonos que lo forma, hasta únicamante dejar un espacio absstracto en blanco.

Ese mismo espacio en blanco que precede a toda creación y sobre el cual todo es aún posible, nada está aún definido.