miércoles, 25 de mayo de 2005

En el valle del Nilo (y 1)

Cerca de Asuán, el valle del Nilo es muy estrecho y las arenas del desierto casi llegan a la orilla. Frente a uno, si se navega por el río, Egipto se convierte en una pintura abstracta. El negro profundo de las aguas, el turquesa de las zonas cultivadas, el oro del desierto, el azul inmutable de los cielos. Cuatro estrechas franjas en las que desarrollarse la comedia humana.

¿Cómo eran, qué pensaban aquellas gentes? En aquel tiempo no había dioses celosos y universales, que reclamasen el dominio del mundo y urgiesen a los suyos a conquistarlo para sí. Cada ciudad tenía sus propios dioses, suyos y de ninguna otra, cuya misión era proteger y defender a sus hijos frente a los de los otros dioses. Adorados y representados en cientos de formas y encarnacionas, distintas en cada población, pero que a los habitantes de aquel pasado no les provocaban extrañeza, puesto que reconocían en ellos a las mismas ideas en las que creían, y ante las que no les importaba arrodillarse.

Cientos de dioses y cientos de génesis para explicar el mundo. Todos contradictorios, todos excluyentes, todos paradójicos, pero que la gente de aquellos tiempos no intentaba rechazar para quedarse con uno, sino que tomaba de aquí y de allá lo que más le interesaba, buscaba integrarlo para conseguir algo nuevo, algo más completo, algo más cercano a esa esencia de la divinidad

Entra ellas, la teogonía de Heliopolis, la de su dios/padre Toth, que imagino primero todas las cosas del mundo antes de que existieran y que las que fue creando con sólo pronunciar su nombre. El poder tremendo de la palabra escrita, del jeroglifico (hieros-glifos, dibujo sagrado) capaz de tomar vida propia por si solo, y que llevo a los egipcios a desmembrar en las inscripciones de las tumbas todos los signos que representaban animales peligrosos, para que no cobrasen vida y dañasen al difunto.

El mismo afán que les llevo a cubrir cada centímetro de los templos con imágenes que recogían cada detalle del mundo, de forma que al leerlos se recrease el mundo y se mantuviese un día más, sin que hiciese falta necesario leerlos, que solamente el estar en el templo sirviera de garantía para el universo, que duraría mientras los templos se mantuvieran en pie.

Pero este es el arte oficial, el arte destinado para los dioses, para su vicario el faráon, para sus servidores los sacerdotes. El arte de la propaganda, ante el cual los turistas se amontonan, son amontonados, sin entender una palabra.

Hay otro arte, basta apartarse un poco de los itinerarios normales, basta acercarse a la colonia de artistas en el valle de los reyes, o las tumbas de los nobles, para encontrar allí, enterrada, petrificada, hecha eterna, la vida cotidiana de esas gentes, la vida que esperaban seguir disfrutando tras la muerte.

Los frescos jardines, los tranquilos estanques, las danzarinas, los músicos y sus intrumentos, la comida al fresco de la tarde, las actividades cotidianas, la cosecha, la siembra, el pastoreo del ganado, la fabricación del pan y la cerveza, la pesca en el río y la caza en los cañaverales, los aves acuáticas en los juncales, los peces nadando en el río.

Casi más real que el mundo de afuera.